Juegos de niños

Mamá siempre solía decirme que era como una pequeña muñequita.

Peinaba mi cabello con delicadeza y, a la noche, me arropaba con ternura, sostenía mi mano con gentileza y bendita paciencia cuando el rugir de un motor me asustaba y, cada mañana, entraba en mi cuarto para despertarme con cuidado.

Pasaron los años y ya pronto la muñequita preciosa y de carita redonda dejó de caber en su regazo y, ahora, mis manos pueden rodear las suyas con facilidad.

Lo que no esperaba, sin embargo, era que al crecer mi cuerpo fuese a extrañar tanto ser aquella pequeña muñequita. Lo suficiente para, poco a poco, convertirme en ella.

No imaginé jamás que pronto cada mañana despertaría asfixiada, luchando por encontrar el aire, como si durante la noche mis pulmones cultivasen algodones en un temeroso intento de llenar el vacío que se expande en mi pecho a cada día que pasa.

No supuse que las risas que una vez compartí, que las charlas eternas que una vez mantuve, pronto cambiarían por sonrisas de uso rápido y mono eterno, esperando a que pasaran las horas con la esperanza de volver a sentir una sonrisa honesta asomar. ¿Cuántas noches habré estado despierta en mi cama esperando a que vuelvan?

Ahora me miro al espejo y contengo un sollozo, ¿en qué momento la porcelana se volvió mi piel? Siento que ahora respiro despacio, temiendo agrietarme y quebrarme.

Huyendo de las brisas que una vez perseguí de pequeña, cantarina, porque ahora parece que el más suave soplo sería capaz de llevarse algún otro pedazo de mí.

Ahora me siento sola en mi cuarto y me pregunto cuándo pasé de ser la pequeña muñeca de mi madre que cantaba bajo el sol, para ver los días pasar junto a las demás muñecas en lo alto de una estantería.

Desde mi estante, veo cómo el mundo gira, se retuerce, estira, expande y encoge; cómo siente, padece, ama y olvida…

Y yo, mientras tanto, observo todo en la distancia, ahogándome en el relleno y con una sonrisa agarrotada.

Veo la brisa arrastrar las hojas al otro lado de un cristal, pero bajo mi blanca piel de porcelana no la siento soplar.

Entumecida.

Olvidada.

Hecha pequeños pedacitos que intento rescatar mediante costuras de alambre viejo, pero que me aprieta tanto que me cuesta no llorar.

 

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