¡Viva la poemancia!

¿Qué fama te engañó que, en tales días,

de Falaris te metes en el toro?

LOPE DE VEGA

 

Vienen y van, fluyen como la amarga leche de la ubre de una gran vaca amarilla o como el agua fecal de los hospitales. Con un ímpetu que rompería montañas a fuerza de brazos, creen estar haciendo algo importante que va más allá de los límites de su propia persona, de su propio tiempo e incluso de la mismísima octava dimensión. Alrededor de ellos se concentran seres de toda índole: garrapatas, piojos, pulgas, amigos que se sienten obligados a acudir a sus espectáculos inanes y, a veces, gente anónima que, haciéndose la suficientemente interesada, no ven allí nada más que una oportunidad para pasar a formar parte de cualesquiera editorial, lobby o grupúsculo más o menos hermético. Así transcurren, con esta epicidad sin fin, los recitales poéticos en el barrio de Lavapiés y en todos los centros culturales, o mojigatos, que jalonan la abrupta geografía española. Muchos de los que declaman creen ser los nuevos Lorcas, los nuevos Luises Garcías Monteros, los nuevos estandartes literarios de esta u otra ideología más o menos institucionalizada, los nuevos genios incomprendidos con ínfulas de eternidad…; en realidad, sólo han leído cuatro versos del granaíno, cinco del jefazo de la Poesía Contemporánea Española y muchas noticias y tweets del político-intelectual de turno que es capaz de escribir un tratado ético-ontológico en una extensión de 140 caracteres –¡oh, surprise!–.

Todo esto pensáis mientras os bebéis un aquarius en un local; y, de repente, en medio de la paradisíaca declamación del tonto solemne, un hombre pasa por la calle con un pan al hombro: ¿escribirán, después, sobre algún doble? –os decís–. Y quizá lo hagan, extendiendo así la larga progenie literaria de doppelgängers que va desde Tomé de Burguillos a Borges, pasando por Pessoa y sin contar a los infinitos escritores del pretérito y del porvenir. Puedo asegurar, además, que dentro de cien años, cuando ninguno de nosotros respire, algún crítico usará sus poemas doblísticos para hacer una tesis doctoral y así engrosar su dulce currículum académico: ¡já, victoria total! Pero en este ambiente de impostura general y pasotismo, os decís: ¿cómo aludir, ahora, al Yo Profundo, si ese hombre que acaba de pasar tiembla de frío, tose, e incluso escupe sangre? No lo sabemos. Lo cierto es que el nuevo poetilla que ha subido a la tarima lo ha hecho, y nos ha emocionado muchísimo a todos. Démosle las gracias. También le tenemos que agradecer que nos haya instruido sobre la obra de Picasso en el ameno coloquio de después del recital, a pesar de que, unos metros más allá, en la acera del edificio de en frente, un paria esté durmiendo con el pie a la espalda. ¡Cuánto me hubiera deleitado, señores, que el genio malagueño plasmara en uno de sus cuadros la estampa de ese pobre que vemos allá lejos! (lejos, lejos, lejos…) ¡Qué noble gesto sería! ¡Qué transmutación de la miseria en algo digno, bello y suntuoso! –dice el poetilla–. Sí, tienes toda la razón –le respondéis–.

Al instante, os echáis la mano al bolsillo, sacáis la cartera y os dais cuenta de que el camarero os ha cobrado de más por el aquarius: ¿hablar, ahora, de cuarta dimensión? ¿Con qué valor hablar del psicoanálisis? ¿Seguir hablando, pues, a alguien de Picasso? Ya vemos que la perorata del poetilla sigue y sigue y sigue y sigue: a algunos les logrará impresionar, a otros les convencerá de que el arte, hoy, es algo así como un dogma de fe inquebrantable, ineludible para cualquier ser humano cultivado igual que un campo de frijoles. ¡Por la cultura, señores, se ha de llorar en el teatro, aunque un albañil se caiga de un techo, muera y ya no almuerce, qué más da! ¡Qué importa que alguien limpie un fusil en su cocina, si puede hablarse del más allá, de lo eterno! ¡Y a mí qué más me da que alguien pase contando con sus dedos! –todo esto dice el estulto ser, corto de entendederas, sin capacidad, ni tan siquiera, de creerse su propia poesía antes de que un conjunto de hastiados prorrumpa en aplausos ensordecedores por obligación–. Qué pena… ¡qué pena! ¡Y cómo hablar del no-yo sin dar un grito! –pensáis–. Seguro que uno de nuestros fantabulosos poetillas hablaría de ello hasta teniendo una viga atravesándole el abdomen. ¡Son unos genios!

Roberto Bolaño, con esa nariz de morro de avión, con esa cabeza llena de rizos en cuya coronilla asomaba el cartón moreno, dijo una vez una vez en una entrevista: a mí me encanta recordarle a los escritores que llegará el día en que todos los libros de la Tierra se hayan olvidado. En ese momento se perderán nombres, fechas, versos, novelas… ¡Tanta belleza, para qué! ¿Para nada? Y es que según el cuentista porteño por excelencia –¡oh, gran Jorge Luis!–, nuestra única meta es el olvido, y tiene razón. Ahora bien, si Cervantes, Quevedo, Dante, Ezra Pound, Kafka, Aleixandre y Whitman van a ser injustamente olvidados, aplastados por la losa del tiempo, ¿qué pensáis que sucederá con esta horda de exaltados, de pequeños mosquitos zumbadores, cuando el tiempo decida caer sobre sus textos? Seguro que resistirán. Pasarán, sin duda, algunos añitos antes de la aniquilación. En el 2040 os animo a buscar alguno de sus poemarios con tanta pompa y jolgorio publicados. ¡A ver si podéis!

PD: el autor ya se ha olvidado del artículo que acaba de escribir. Menudas amnesias tenemos. Saludos poemánticos.

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