El rey a la hoguera

200 000 € por quemar la figurita del rey es una idea tan naíf y gamberra que no hace ni gracia por su obscenidad. Así es como pretenden que nos tomemos en serio el arte conceptual. Eugenio Merino solo hace reír a Eugenio Merino, y la fluidez mental de Sierra como artista es cada vez más densa.

Tras la superficialidad de la obra de Santiago Sierra el año pasado, en la que simbolizaba la desaparición pública (y alguna otra cosa) de ciertas figuras políticas mediante el pixelado de las fotografías (una resolución estética al nivel de primero de bachillerato de artes), este quiere superarse.

El problema del arte conceptual ha sido confundir la figura del creador y artista con la del «hacedor». No todo vale para realizar una obra de arte y espero que a nadie en su sano juicio se le ocurra pensar que esta, que va a ser la pieza estrella de la Feria de Arte Contemporáneo por excelencia en España, es arte contemporáneo.

La cabeza del rey ha sido valorada en 200 000 € (o eso tengo entendido), ha sido fabricada en un taller fallero, que no fachero (creo haber leído) y el posible comprador ha de comprometerse a quemarla. Santiago y Eugenio no han sido ingeniosos ni para hacer un chiste, que se hila solo y se retuerce tanto que no logra exprimir ninguna risa por encima del «qué cabrones», la carcajada del progre o el llanto de algún felipista escocido.

Sierra es un hijo de la desazón y el mal gusto. Mientras escribo esto me acuerdo de una obra suya en México (o algún país parecido) en la que cortó una carretera bajo el lema «cortando el flujo del capitalismo». Pero el muy lechón no tuvo los huevos de cortarla en algún país como España, Alemania, Francia o Italia. Un acto irrisorio, un delirio de grandeza que ni él se toma en serio y que me eriza el vello de la vergüenza ajena que me produce.

Por su parte, animo a los que hayan calificado a Eugenio de terrorista a buscar sus demás obras burlescas, en las que se ha metido también con Kim Yong-Un o el Ché Guevara. Lo aclaro para ver si alguno se lleva el susto al darse cuenta de quién es el sectario y quién el mero gamberro sin gracia de la clase: el artista o el observador enfurecido. Porque no, esto no va en serio. Ni muchísimo menos. Es sólo una burla grotesca, cursi, propia de un jovencito «prepuber» que coquetea con el humor negro. Y eso está ya tan trillado que no hace ni gracia.

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