El circo y el beso

Cuadro: El circo de los sueños perdidos, de Israel López Cortés, 2008

Esta rara historia comienza con un redoble de tambores, un enano musculado fumando, vestido de bailarina y presentando al público el mayor espectáculo que jamás verán.

— ¡Damas y caballeros, niños y niñas, feos y feas, raros y raras! Me enorgullece haberle traído a su ciudad el glorioso espectáculo circense más esperpéntico y onírico que jamás de los jamases verán con sus ojos. Que dé comienzo el espectáculo.

De nuevo un redoble de tambores, rugido de tigres y eructos de los condenados allí presente como público. Mientras tanto los funambulistas tullidos se acoplaban sus extremidades de mentira, el domador terminaba de pintar de verde a los tigres con espray, y la mujer barbuda estiraba las tiras de su trikini. ¡Plas!

Los focos apuntaban al centro donde hacían sombras chinescas en torno al enano presentador. El tendido aplaudía con firmeza, y cada vez más alto en insistentemente repetían: “que empiece ya, que el público se va, la gente se marea y el público se mea”.  El enano cogió el micrófono.

— ¡Para abrir apetito, amigos míos, aquí os dejo la escena que todos estabais esperando:  la ruleta rusa flaneada! —dijo haciendo énfasis en las erres.

Se retiró de la escena y de la oscuridad apareció una mesa redonda y cuatro personajes a su alrededor: un mono trajeado, un cantaor de flamenco borracho, un mago obeso tartamudo y un extraterrestre con dos cabezas. Sonó un gong y los personajes se abalanzaron sobre el flan que tenían delante engullendo como pavos. Sonó otro segundo gong y el cantaor de flamenco aún seguía tragando… El resto había ganado. El cantaor, tras su arriquitáun correspondiente, apoyó el revólver contra su sien y el resto de su materia cerebral se esparció como los virus en un estornudo. El cuerpo inerte cayó encima de la mesa. Y así hasta que únicamente quedó el extraterrestre de dos cabezas. Claro, ganó porque tenía dos cabezas. El público gritaba su nombre; CTHULHU

Se hizo un momento de oscuridad, no planeado, sino que gente del público aprovechó para robar cobre de las farolas que suministraban luz a los focos. Se fue la luz, pero no el sonido, y mientras arreglaban los problemas técnicos pusieron música ambiental sonido midi. Al arreglarse el problema, la luz volvió y el enano abrió paso al nuevo número: la mujer barbuda. Con una reverencia, se apartó y allí apareció una mujer con tanta barba que podía mesársela con dos manos. Tenía tantos granos que al explotárselos sonaba como las pompitas del embalaje de los electrodomésticos. Era dantesco, la gente comenzó a tener arcadas al verla hasta que vomitaron de verdad cuando de su vagina sacó un Nokia 3310 y un rotulador rosa fluorescente. La gente vomitaba sin parar y comenzó a irse de la carpa hasta que el presentador entró en escena empujando a la mujer barbuda sacándola de los focos y llamando la atención del público con eructos mientras imitaba a un tiranosaurio. El público rio y aplaudió este gesto.

— ¡Público querido! Sin más dilación, sin más esperas, que las que me estoy comiendo. Dijo mientras mordía dicha fruta. Les presento a los alambristas de este circo —gritó mientras hacía una reverencia hacia arriba.

De repente, de la parte más alta de la carpa apareció una pareja de jóvenes funambulistas, que parecían antiguos kurdos helenos hieráticos y arrítmicos, que se quedaron al borde de sus respectivos trampolines y en frente del fino alambre por el que iban a cruzar de un lado a otro. El presentador, con tono burlón, incitó al público a jalear y añadió un toque más de suspense al número abriendo una trampilla con una piscina desde el suelo con dos tiburones blancos.

La pareja de funambulistas comenzó el recorrido del alambre para juntarse en el centro, paso a paso, iban acercándose más, un poco más, un poco más hasta que ambos se quedaron uno frente al otro, con los brazos abiertos buscando equilibrio. Silencio sepulcral. La pareja se miró, y ante la atenta mirada de 10.000 presidiarios se dieron un beso de puro deseo candente. Tan candente, que prendió en el alma de los reos que aplaudieron con tanto ahínco que de uno de los lados se soltó el alambre y la pareja cayó a la piscina siendo desmembrada al instante por el implacable apetito de los grotescos escualos.

El público comenzó a sollozar y a arrojar cáscaras de plátano al presentador, quien respondió haciendo la peineta al tendido mientras los insultaba. Al final, el público se marchó abochornado del espectáculo y el enano llamó al contratista carnotraficante para que le buscase nuevo material para su siguiente parada en Nueva Oniria.

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