Portada «Breve tratado sobre la estupidez humana»

Yo era un tonto y lo que he leído ha sido a dos tontos

Que un libro sobre la estupidez humana escrito por un doctor en Filosofía comience con el prólogo de un catedrático en Derecho Constitucional que representa bien la estupidez humana y el cuñadismo español no puede ser, desde luego, una casualidad.

Ricardo Moreno Castillo (Madrid, 1950) publicó hace casi tres años Breve tratado sobre la estupidez humana (Fórcola Ediciones, 2018), el cual se ha reeditado recientemente, en marzo de 2021. El prólogo, a cargo de Francesc de Carreras, pretende cierta ironía desde lo que parece una superioridad intelectual, esos aires pseudodemiúrgicos que te concede hablar de los tontos distanciándote de ellos, sin conferirte a ti mismo un ápice de la duda.

Por supuesto, uno comienza a leerlo y se lo encuentra de frente, sin anestesia: no tarda más de dos parrafitos en hablar de cuestiones lingüísticas que —permítame la duda— no creo que el prologuista parezca conocer en profundidad. Me refiero concretamente a que se menciona la cuestión del lenguaje inclusivo y el grado en que un sujeto puede verse representado según qué género gramatical. Matiza, pues, que quien piense que al usar el masculino gramatical se refiere solamente a los hombres, «quizás alberga un cierto grado de estupidez pues olvida que en gramática, además de los géneros masculino y femenino, también está el neutro, lo cual permite referirse a ambos sin ser repetitivo y confuso, es decir, facilitando la comprensión». Esta cita, supongo que aprobada por el autor del libro y escrita —insisto— por un catedrático y prologuista, comete algún que otro error sin pasar del tercer párrafo.

En primer lugar, las cuestiones del género gramatical en español son realmente complejas, pues indudablemente existen los géneros masculino y femenino, pero hay distintas posturas acerca de la existencia del neutro, representado únicamente por ello y lo. Sin querer entrar más en estas cuestiones lingüísticas que perdono a Francesc de Carreras, pasamos rápidamente a la décima página para comparar una afirmación que aparece aquí con las cuestiones de género que ya se habían planteado. En esta página vemos los dos caminos del tonto —según él— ante la tradición: continuarla o entregarse a la vanguardia. Esta afirmación puede parecer una bellísima verdad filosófica, una perla del señor Francesc de Carreras, si no fuera porque estos no son los caminos del tonto, sino los caminos del pensamiento en general. Podría traducir esto al ámbito de la Historia de la Literatura, donde los escritores acogen la tradición (escribiendo un Romancero gitano) o se lanzan a la novedad (escribiendo un Poeta en Nueva York).

Sin embargo, esta afirmación del prologuista nos hace pensar un poco en sus palabras anteriores acerca del género, cuando critica el uso de portavoces y portavozas que tiene como raíz del problema haber empezado con el compañeros y compañeras, una inverosimilitud según el autor que, momentos después, se autocritica al hablar de los tontos que «se aferran a sus posiciones de siempre sin admitir ninguna rectificación», lo cual, como señala a continuación, «es lo contrario de aquello que hacen los sabios». Qué humilde es Francesc, que se posiciona como el primer tonto y más tonto incapaz de hablar de su ignorancia, ofendido por el paso del tiempo y su aferramiento a la realidad de hace cincuenta años. Habla, pues, desconociendo por completo el tema del que habla, la Historia de la Lengua. La realidad y la lengua siempre han ido de la mano en aras de la economía lingüística y la más sencilla comprensión, dando lugar a ciertos cambios de género, malentendidos a lo largo de la historia, asociaciones del género de la palabra a la terminación de la misma o viceversa, así como el fenómeno de la hipercaracterización, el cual se remonta a los inicios de la lengua castellana y llega hasta el español actual, desde el caso del latín pulicem, que evoluciona a pulgue y, dado que la –e era confusa entre el masculino o femenino, se cambia hipercaracteriza en una –a, dejándonos pulga; o ya en la actualidad lo que ocurrió hace unos años con la palabra portavoz, que acaba en –z y su femenino se hipercaracterizó con una –a.

En fin, me cuesta no pensar que Ricardo Moreno Castillo ha puesto a Francesc de Carreras en prólogo para identificar al tonto fácilmente, o algo así como lo que dicen de «cree el tonto que todos son de su condición». No rima, pero tampoco describe mal lo que ocurre en este libro. Tratado, por supuesto, que carece —como si un libro de historia de Pío Moa fuese— de bibliografía, tan solo con un índice onomástico al final que parece pretender suplir el conocimiento científico y la veracidad, que no pongo en duda, de sus fuentes.

Dejando de lado ya el divertidísimo prólogo y adentrándonos inocentemente en el libro, nos encontramos con una «Introducción» del propio autor que bien se puede resumir en dos frases: 1) los comunistas de hace cincuenta años no leyeron jamás a Marx; 2) voy a hablarte de lo que son los tontos, pero no te voy a definir lo que es la tontería. Si bien la primera de estas frases no es imprescindible en el resumen de esta introducción, sí nos da pistas de la incontinencia política del filósofo que pretende, en ocasiones, situarse en un punto central, aunque —digamos— el centro esté un poco más al lado del liberalismo; pero no pasa nada.

El primer capítulo, que comienza con una cita de Bertrand Russell, nos habla del relativismo y las verdades universales, para lo que no se le ocurre poner otro ejemplo que el de imaginar que somos antropólogos y descubrimos una raza de seres humanos que, por su propio bien, debemos esclavizar. Este ejemplo que expone para hablar de que no se puede sostener como verdad universal el hecho de que la esclavitud sea mala, ya que, como dice, puede aparecer esta raza de seres humanos suplicantes de esclavitud, no es ya de por sí peligrosísimo, sino que evita las cuestiones morales sobre el bien y rompe con los derechos humanos y la teórica igualdad. Una suerte de argumento ad consequentiam en el que podría aceptarse la esclavitud de una raza porque sería buena para la misma. Estoy seguro, de sobra, de que había más ejemplos en el mundo para sostener la afirmación de que no existen certezas totales, aunque también para tener en cuenta que no todo es relativo. Hay que, como dice, situarse en un punto intermedio —supongo que el punto en el que está él y en el que se puede dudar sobre la inmoralidad de la esclavitud en un contexto hipotético en el que se pretende un supuesto bien para el esclavizado—, evitar los extremos de lo todo relativo o la afirmación de totales certidumbres y verdades universales en relación con el progreso técnico, pues estas también existen y la ESO, en Física o Matemáticas, nos las ha enseñado. También habla sobre romper la Constitución o leerla, siendo el tonto el que la rompe e intelectual el que la lee para comprenderla, no parándose a pensar si la ruptura podría llevar en sí un acto simbólico y de profunda intelectualidad y la lectura una mera superficialidad ajena la transducción, siendo apenas la interpretación de unos caracteres que pone de manifiesto el correcto funcionamiento de la doble articulación del lenguaje. Sin embargo, sí expone a colación del tema de las constituciones algunas ideas acertadas, principalmente utópicas por el carácter subjetivo y la complejidad entre las leyes y la moral que viven de la contemporánea mano de la realidad.

El segundo, por su parte, sitúa el foco en la memoria y la renovación de ideas, pues estas deben estar siempre frescas y han de cambiar con el tiempo. Nos habla de la razón e incluso parece citar a Albert Einstein, aunque el mismo autor duda de la veracidad de la cita en ocasiones atribuida al científico, pero en ningún momento, como señalé antes, vemos algún indicio de fuentes ni de normas APA. También nos habla de que el tonto muchas veces no sabe que lo es y critica la postura de concebir el saber como «erudición memorística». No obstante, sí expone bastantes puntos interesantes, como el de que ninguna dictadura es buena, aunque tras el primer capítulo y el tema de la esclavitud da la sensación de que el filósofo Moreno Castillo no se cree bien del todo sus afirmaciones o ejemplifica desde el énfasis rotundo y la falacia. Por lo demás, entra en debates sobre la resucitación de la figura de Franco por parte de la izquierda en los últimos, criticando este afán por atacar al dictador ya muerto desde una visión superficial con la que se puede llegar a estar de acuerdo, pero que denota poco interés en el porqué.

El tercer capitulito, personalmente, lo resumiría en el meme «mucho texto» sobre el saber, la felicidad y la libertad, donde no logro obtener —discúlpeme quien lea esta crítica por mi ignorancia— ninguna idea clara más allá de que, según el autor, los inteligentes aprovechan mejor sus oportunidades en un contexto de igualdad.

El cuarto capítulo sí tiene un mayor interés, pues pone sobre la mesa el debate del canon, de la revisión de ideas, y ejemplifica con dos escritoras españolas que elaboraron un decálogo sobre una escuela feminista, de donde excluye a Pablo Neruda por machista (entiendo que, cuando el autor dice machista, usa solo este término para no ahondar en cómo Neruda describe en su autobiografía una violación suya a una mujer encargada de la limpieza mientras era cónsul de Ceilán). Aquí, el Moreno Castillo plantea la cuestión de que, como es censurable Neruda para alguien de izquierdas por ser machista, también es censurable Neruda para alguien de derechas por ser comunista, sugiriendo el autor que está en contra de ambas censuras. Aquí recurre a Oscar Wilde y menciona lo que parece ser una cita suya (ya que carece de bibliografía) donde señala que los libros no pueden ser morales o inmorales, sino que pueden estar bien o mal escritos. Insisto, creo que no hace falta que ahonde en esta cuestión sobre el canon y la separación del autor y la obra, no ya porque es infinitamente más compleja, sino porque el autor de este tratado la reduce a un caso aislado y la analiza de manera muy superficial con comparativas absurdas.

Luego, el quinto capítulo nos recuerda el tema de las portavozas que ya hemos comentado a colación del prólogo, no ofreciendo ninguna idea fuera del mostrarse como una persona que vive en el pasado y no es capaz de ver o, como dice el dicho en una analogía con la temática del libro: no hay peor tonto que el que no quiere ver. O algo así.

Después, el sexto capítulo, encabezado por una cita de Miguel de Unamuno, nos habla del nacionalismo catalán y algunos comportamientos entre el tonto y el malo, entre la ignorancia y la maldad o la bonhomía, adentrándose en los placeres del abusón escolar en el bullying que ejerce, siendo un placer estúpido porque es un niño malo, y, en suma, de las cuestiones entre la estupidez y la maldad. Eso sí, como bien dice en el título del libro, siempre con brevedad. Una brevedad que en numerosas ocasiones se hace superflua, vacua y enfática. Sinceramente, yo hubiese sacrificado la brevedad en aras de unos pocos más detalles y una buena bibliografía.

Finalmente, el autor nos muestra un epílogo de cómo luchar contra la estupidez, una cruzada a favor de la inteligencia que se queda en una suerte de resumen de estas páginas anteriores con una reveladora pregunta final: ¿cómo saber que el tonto es él y no tú? Pues eso. Yo era un tonto, pero creo que lo que he leído ha sido a dos tontos, aunque al menos me he divertido con este arrebato intelectual sobre la estupidez humana.

 

Título: Breve tratado sobre la estupidez humana

Editorial: Fórcola Ediciones

Fecha de edición: 1ª, 2018; 5ª, 2021

Nº de páginas: 120

Precio: 12’50 €

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