La izquierda guay

«Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo» es una frase atribuida al excelso pensador esloveno Slavoj Žižek, que, más bien, parece ser propia del también marxista Fredric Jameson. Sea como fuera, se trata de una sentencia tan demoledora como cierta. Creo que, ávidos lectores, si se ponen a imaginar, coincidirán con quien quisiera que lo afirmase.

La primera frase de un artículo nunca debe de dar puntada sin hilo, de modo que, dada la puntada, vamos a por el hilo. Hilando e hilando, les confesaré que, el pasado viernes, participé en la huelga mundial por el clima convocada por el movimiento internacional Fridays for future. Como mero participante, vaya, no sea que alguien piense que tuve yo algún tipo de responsabilidad. Bien, pues por ahí van los tiros (perdón: las puntadas). En la derivada manifestación, pude observar escasas pancartas que culpasen del cambio climático al capitalismo y algunas más que delegasen las responsabilidades en la tímida y camuflada palabra «sistema», sin concretar el carácter económico, político, social, etc. de este. Aunque, vaya, seamos bondadosos y concertemos que, contextualmente, se puede entender que se refieren al económico.

Pues, bien, como digo, salvando estos escasos casos, las mayorías de carteles rezaban lemas que llamaban a la movilización, sí, pero individual. Llamadas —me explico a través de ejemplos— a gastar menos, a reciclar más, a no fumar, a no consumir plásticos, a no comer carne; o cánticos anunciando que «los osos polares se quedan sin hogares», en un uso horroroso del plural, pero que, más allá de lo lingüístico, demuestran no más que evidencias. Como si no fuera obvio que gastar menos, reciclar más, etc. ayuda a que se contamine menos, pero que la cuestión no es esa. Parece, de este modo, que no es tan evidente para algunos.

Así estamos, con unos que culpan acertadamente pero no movilizan —o no lo suficiente— y con otros que movilizan —quizás, suficiente— pero en el camino equivocado. Y, en este caso, no vale solo con tener fuerza o con tener razón, sino que hay que tener tanta fuerza como razón. A continuación, paso a explicar —otra puntada— el porqué del hecho de que los que culpan acertadamente no movilicen y viceversa.

Empecemos, pues, por lo más sencillo en cuanto a evidente: los que culpan acertadamente y no movilizan. Y, con esto, me refiero a los líderes, partidos, organizaciones, sindicatos… e incluso individuos que dan con la clave del problema pero, cobardes ellos, no se atreven a enfrentarse a él, por aquello de que —volvemos a Marx— «la historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa». Y, ahora, estamos en la fase de la farsa, me temo, con un chiste por fascistas, una burla por comunistas y una antítesis por liberales. Si esto no se entiende, quédense con la idea de que nada es lo que era. La desmovilización social que impera en la actualidad se debe a una causa tan sencilla como obvia: los representantes del movimiento obrero son inútiles en tanto que cobardes. Dirán, simulando incluso indignación, que nadie comienza una revolución sin apoyo social. Como si el apoyo social cayera del cielo, como si no hubiera que salir a buscarlo todos los días. Nos lideran auténticos inútiles, porque, si no son capaces de movilizar, no son capaces de nada. A estas alturas, deberíamos estar discutiendo, al menos, cómo organizar la movilización, no estar parados en cómo movilizar. Que una actriz de tres al cuarto como Greta Thunberg les haya comido la tostada a todos nuestros políticos es para echarse a rabiar por no llorar.

Para finalizar, añadiré que sí que existen movimientos, como el feminista o como la lucha contra el cambio climático, que movilizan lo suficiente como para poder hacer algo con todo eso, pero, en este caso, el problema radica en que, en general —siempre hay un justo en Sodoma—, todos esos esfuerzos se pierden porque no van dirigidos a una causa única y concreta, sino que se detiene más en tildar de machista a fulano por haber utilizado vaya usted a saber qué expresión o en pretender consumir menos plásticos que en, por el contrario, centrar todas esas energías en el enemigo común. Enemigo que, caro lector, si, a estas alturas, desconoce su nombre, mejor será que se centre en buscarlo entre estas líneas. Y toda esta energía perdida, como ni se crea ni se destruye, se transfiere a empresas —la crème de la crème del capitalismo— que utilizan causas como el feminismo o el ecologismo con el único fin que tiene una empresa: beneficio a toda costa.

Y, mientras sigamos así, me temo, y muy a mi pesar, tendremos una izquierda muy guay, que no cae del todo mal a nadie, pero que no sirve para nada.

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