La primera enésima vez de todo

     Una de las sensaciones que recuerdo más amargas de mi feliz infancia es la del regreso a casa después de unas provechosas —en sentido lúdico, como niño— vacaciones de verano. Ese momento, el momento de abrir, de nuevo, después de un largo tiempo, la puerta, y notar, ya desde el propio descansillo, el olor de septiembre. Porque ese es el olor de septiembre, se huela en la época del año que sea, sin lugar a discusión. Ese olor, como digo, de septiembre, alberga, en sus matices, pinceladas a espacio cerrado,  retales de parqué barnizado, detalles de polvo acumulado. Estoy seguro de que, queridos lectores, conocen exactamente el olor al que me refiero, amén de las particularidades del caso —y la casa— de cada uno de ustedes; sabrían identificarlo sin dudarlo ni un segundo. Ese olor, que penetra directamente en los pulmones, sin previo paso por tráqueas ni faringes —qué decir de las fosas nasales—, provoca hasta un ligero aumento del pulso. Ese olor es un golpe de realidad: representa a la libertad presentándote a la rutina y dejándote a solas con ella. Pero ese desdichado olor, hay que reconocer, no es sólo un dispensador de angustia, sino que también te da la mano y te dice, en una clara mentira, que, ya luego, cada cual elige si se la cree, que toca volver a empezar. Como si a empezar se pudiese volver.

Fresco de la basílica de San Isidoro de León.
Fotografía: Arquivoltas.

     Y, más adelante, toca volver a adaptarse al entorno. Venimos de, por ejemplo, un pueblo y tenemos que volver a esa gran jungla organizada por geómetras y arquitectos: la ciudad. Se pasa de salir a la calle y cruzarte a, relativamente, poca gente —la gran parte, conocidos— a salir y cruzarte a mucha gente (en general, desconocidos). El truco consiste en coger el transporte público de nuevo, y, así, volver a intentar aprender a transigir con la mala educación generalizada, con la buena fe de muchos y con un trato amable de otros pocos. Volver a ver caras conocidas y, tal vez, a algún amigo; volver a aprenderse el callejero de Madrid y olvidar el nombre de los pájaros que aprendiste en verano; volver a comprobar que no ha nacido la empresa o institución, pública o privada, de una tienda de ropa a un ministerio, pasando por universidades —oh, dulce hogar del saber—, que funcione adecuadamente, con sus comprensibles burocracias y tiempos de espera; ah, y volver a votar, por supuesto. Volver, al fin y al cabo, es volver a hacer lo de siempre. Lo normal. Lo habitual. Y, cada vez que vuelvo, a lo que sea, me viene a la cabeza —porque es cosa de neuronas, no de pituitarias— ese aroma de septiembre, ese olor a casa recién abierta. Resumiendo, siempre es la primera enésima vez de todo.

     Y, así, contrastando mi anterior romanticismo con la modernidad, en lugar de publicar este artículo en una revista cultural impresa, con sus olores a papel y tinta, con el dulce sonido del desgaste del grafito sobre el papel de periódico, lo hago —lo de publicar, digo— en esta revista cultural en línea, a la que vuelvo no sólo después de un verano, sino de un largo período de inactividad para con esta revista. Y yo vuelvo, orgulloso, porque ellos vuelven, dejando atrás los errores del pasado. Por lo menos, vamos a intentarlo. El futuro dirá. Y, bueno, claro, como una página web no se puede oler, ni que decir tiene que, estas líneas tienen, en mi cabeza, un retrogusto a esa puerta recién abierta el primer día de septiembre. La primera enésima vez, vaya, que tampoco es para tomárselo tan a pecho.

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