La ascensión

«Y es extraño, papá, ya eres más joven que yo…»

 R. LECHOWSKY

 

Yo tenía unos seis años, y fue en un ascensor parecido a este. Hoy, tras tanto tiempo, solo logro vislumbrar lo sucedido como si de niebla o espejismo se tratase, como se vislumbran azules las montañas desde lejos o como se vislumbra un campo tras ser cegado por el sol.

La edad borra la vida y con ella la memoria. Ya solo quedan en mí unos pequeños retazos, pinceladas difusas y sombrías, aunque certeras, y unas pequeñas verdades que destacan por su nitidez. Ahora, me veo reflejado en tus ojos de niño, en tus ojos cristalinos, auténticos y rebosados de pasión y no puedo sino fundir instantes, fundir vidas ajenas con la mía para así proseguir en otros, en ti, en quien me escucha.

Como ya dije, ocurrió en un ascensor como este. Era invierno. Recuerdo el frío calando entre la ropa y la bufanda gorda y negra de la bisa, ¿la recuerdas…? Era de lana mullida; ella la había hecho. Siempre, tras empezar el otoño, nos hacía bufandas nuevas. Cada año comenzaba su labor con una sonrisa en el rostro y, sentada silenciosa en su sillita, las horas pasaban por ella como un río en calma. Yo jugaba, sí, entre sus tobillos, pero ella no reaccionaba y cuando me miraba, esbozaba una sonrisa tenue, de consentimiento y calidez incondicional. Pero aquel invierno estaba siendo duro. La bisa me dijo que papá se había ido a un lugar mejor y yo nunca lo entendí. Lo que sí que percibí fue su ausencia extraña y desoladora, su ausencia cargada de deseos y preguntas…

Hoy, cariño, estamos aquí porque una nueva ausencia nos ha llegado. Hemos tenido que venir a este edifico gris, a esta casa donde nadie se halla…

Y al igual que este, el edificio al que fui con la bisa hace ya tantos años tenía un aura de soledad, de negrura extasiada; a él me llevaron tras recibir la noticia de papá… De la mano, entré mirando mi nueva bufanda verde. Nada sabía del lugar donde nos dirigíamos, nada del lugar del que veníamos. Solo vi, al entrar por esas puertas giratorias, un grupo de personas que nos miraban con caras de compasión y tristeza y, entre todas ellas, a la tía Rosi, esta vez sin Juliño de la mano. Yo permanecía inmutable y callado, sin saber muy bien qué decir o pensar. Los niños nunca saben qué decir o pensar cuando contemplan la melancolía… Pero… En fin, no tengo por qué decirte esto.

La bisa, con la voz llena de pausas, me dijo que me dirigiese a la tercera planta con un señor al que llamaban «Mati». Entonces, pasé del brazo bondadoso y tierno de mi madre a la dureza y rigidez del otro. Mientras caminábamos los dos por largos y pálidos pasillos, como si de un destello se tratara, recordé a papá: de repente, su mano gruesa y caliente, carnosa –rodeando mis pequeños dedos– parecía estar agarrándome, transmitiéndome su fuerza desde su piel hasta mis nervios para que me sintiera tan grande, tan invencible como él…

Y allí entramos, a aquel ascensor marrón, con parqué en las paredes y el suelo rojo, alfombrado, sin espejos ni incrustaciones de metal. Yo miraba la cara del señor… Tanto la miré que ya no la recuerdo. Solo logro apreciar unos ojos vivos pero hundidos y una barba casi gris, casi negra o blanca. Su voz ya la he perdido, pero no sus palabras de amor y afecto. Me decía que iríamos ambos a un lugar divertido en el que pasarlo bien y poder jugar, y cogía, agachándose, el camioncito que yo tenía en mi otra mano para preguntarme cosas sobre él. Cosas que ya, desgraciadamente, he olvidado.

Así, en esa amenidad, pasamos un rato larguísimo en el ascensor, parecía que jamás llegaríamos a la tercera planta. La impaciencia de poder jugar se estaba apoderando de mí, y quizá Mati lo sabía. El ascensor subía y subía y subía, como si se dirigiese a Marte o a la luna. No paraba ni un instante. La voz y la cara de Mati, en cambio, parecían relajadas, e incluso, con el paso de los minutos, cada vez se teñían de más y más felicidad. Creo que, dentro de ese ascensor, subiendo hacia arriba, pasamos unos cuarenta y cinco minutos, tanto fue así que, viendo que mis ansias de llegar eran cada vez más grandes, Mati se tumbó en el suelo y empezó a jugar conmigo. Era divertido y alegre, su cara no era de compasión ni seriedad. A la vez que me decía cosas bonitas me abrazaba, hasta que, por fin, el ascensor paró. Las puertas se abrieron y aquel señor, al que ya había cogido cariño, se separó de mí y me dijo adiós con la sonrisa. Tras de él, una habitación sin paredes ni muebles, sin gente alguna, dominada por el vacío, un vaho rojizo y una suave temperatura que impregnaba también el ascensor…

Mati se dio la vuelta y desapareció en el fondo carmesí de aquella estancia. Al instante, supe que jamás lo vería de nuevo. Fuera de eso nada comprendía. Nada de lo que estaba acaeciendo en mi vulnerable e inocente vida. No sabía a qué lugar había ido papá, no sabía qué era el edificio donde estábamos y tampoco, sobre todo, no sabía quién era Mati y por qué, estando todos, Juliño no estaba, pues hubiera querido jugar con él.

Me quedé solo en el ascensor. Después de la reciente despedida pasaron unos segundos hasta que el aparato se paró de nuevo. Una voz mecánica dijo: planta tercera. Y se abrió ante mí un piso repleto de juguetes, niños y mayores con ellos; niños jugando, corriendo, tirándose por los toboganes y columpiándose con la ayuda de sus padres. Allí me quedé, jugando y divirtiéndome, hasta que llegó la bisa. Cuando la vi entrar cogí su mano –como estamos nosotros ahora mismo– y nos fuimos a casa. Nunca me atreví a preguntarle quién era Mati ni dónde había ido papá.

En aquel invierno, desde las lluvias de diciembre hasta los aires templados de marzo, dos bufandas verdes descansaron sobre mi mesilla de noche.

 

A mis padres.

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