La vuelta a la caverna: el desalojo de la sede de la Fundación Gustavo Bueno

Imagen extraída de www.clm24.es

 

Alrededor del año 400 antes de la era común, Sócrates fue el primero: la asamblea popular de Atenas lo condenaba a muerte por corromper y embaucar a los más jóvenes; y la pena sería llevada a cabo a través del suicidio obligatorio —con la cicuta como arma fatal. Sus discípulos, entre los que se encontraban Platón y Antístenes, vivieron con desesperada resignación el desgraciado suceso: ver morir a su maestro por atreverse a pensar críticamente, buscando siempre la verdad anhelada. No obstante, la semilla plantada por Sócrates jamás pudo aplastarse: Platón fundó su Academia y, Antístenes, por su parte, desarrolló el sistema de la filosofía cínica —entre otros…

Siglos más tarde, en el 415, la víctima fue Hipatía de Alejandría. Cirilo el Cristiano, patriarca de la ciudad ya mencionada, decretó que aquella «bruja pagana», aquella «embustera infiel» fuera asesinada. Sus secuaces la siguieron, la mataron a golpes y después desguazaron su cuerpo cuarteándolo en partes; posteriormente, dichas partes fueron esparcidas por toda la ciudad egipcia para que la población viera, de dicha forma, lo equivocados que estaban los que no seguían la doctrina vigente. De nuevo, el problema de Hipatía no fue el de ser pagana, sino el de ser una mujer pensadora y crítica con las élites de entonces; es por ello que la borraron del mapa, la quitaron del medio, pero, desde luego, no del todo: en la actualidad es reconocida como una de las mejores astrónomas que ha dado la humanidad, debido, entre otras cosas, a que fue la primera en intuir y teorizar que las órbitas de los planetas y los astros eran elípticas y no circulares.

Un siglo más tarde la devastación otra vez se haría presente: el emperador bizantino Justiniano, en el 529, clausuró de manera definitiva la Academia de Platón, fundada casi un milenio antes. Las razones no variaban mucho a las ya ejemplificadas: el gran emperador de Bizancio quería unificar el imperio en torno a la religión cristiana y, para ello, la filosofía era una molestia que debía exterminarse. A pesar de esto, es sabido que a través de autores como Agustín de Hipona, Tomás de Aquino y Guillermo de Ockham se logró añadir un componente filosófico y racional a la religión; conformándose así la escolástica medieval y la teología.

Pero aquí no acaba la cosa. Muchos otros fueron los que, atreviéndose a pensar de manera crítica, molestaron a los que tenían el mando. Recordemos la quema de Miguel Servet en el siglo XVI, el arresto domiciliario que sufrió Galileo en la década de 1630, la decapitación de Lavoisier en la Revolución Francesa, las difamaciones a la persona de Charles Darwin en la segunda mitad del siglo XIX o, incluso, el exilio de gran parte de los intelectuales alemanes —entre ellos Albert Einstein— ya en el siglo XX. En el ámbito nacional, ¿cómo olvidarnos de la persecución y posterior asesinato de gran parte de todos los maestros de la Segunda República?

En nuestro tiempo esta amena e inteligentísima costumbre de los gobernantes no ha cesado. A día 20 de marzo del 2019 un nuevo y desolador revés está intentando darse a todos los artífices del pensamiento crítico: hace unos días el concejal de economía del Ayuntamiento de Oviedo acudió a la sede de la Fundación Gustavo Bueno para tramitar su desalojo. Los discípulos del filósofo español se negaron a recibirle, por lo que el mandatario, a modo de respuesta, aseguró volver con las autoridades pertinentes. Pero, ¿por qué desalojar una escuela de filosofía? ¿Por qué impedir que el pensamiento siga fluyendo entre las personas? Sencillo: Gustavo Bueno jamás se casó con nadie, y a pesar de que le llovieron cuchillas desde todos los palcos, él siempre estuvo en medio de la sangría, en medio del debate; argumentando y exponiendo sus ideas, liquidando la retórica barata que muchos cultivaban y cultivan, regaban y riegan con esmero todas las noches impares de luna semillena, o los días cuasimudos en que el sol asfixia con manos sudorosas la tierra gris celeste, la tierra armonizada.

Don Gustavo, único filósofo español que ha creado un sistema de pensamiento, tuvo siempre como premisa el razonamiento crítico: tanto es así que llegó a considerar la filosofía como una dialéctica de ideas en continuo desarrollo, como una «trituradora» que debía «destrozar» todo lo falso y lo grotesco, ya fuera de uno u otro color. Esta actitud personal —por la que fue acusado en vida de estalinista y fascista al mismo tiempo, hecho realmente curioso y reseñable— es la que enferma a los gobernantes, es la que pica como el vinagre en la llaga a los políticos, es la que produce que determinados sectores de la ciudadanía, sin antes haberse informado ni investigado lo más mínimo, confundan a Bueno como un representante de tal o cual ideología política —que suele, por supuesto, ser refutada a través de la pasión y no de la razón argumentativa, para variar. Si a esto le añadimos que el filósofo español es autor de libros como El mito de la izquierda, El mito de la derecha o Zapatero y el pensamiento Alicia, es mejor que dejemos de hablar. Lo que no saben es que, al igual que publicó dichos libros, en 1977 un coche de su propiedad fue quemado por el grupo de extrema derecha AAA, o que en 1970 un grupo de maoístas le echaron un bote de pintura a la cara y lo golpearon por apoyar, supuestamente, a la URSS frente a China —hecho que casi lo deja ciego.

Fuera de las peripecias y sucesos que conformaron su vida, es imposible e intolerable encasillar a Gustavo Bueno como filósofo, y más desprestigiar y banalizar —por razones políticas probablemente erradas— el trabajo que desarrolló durante más de sesenta años para ofrecer un nuevo sistema a la filosofía. Es intolerable, también, que se intente destruir su legado y se entorpezca su difusión —como quieren hacer los gobernantes. Por muchas guillotinas o cunetas que se intenten aplicar al pensamiento de Bueno, este jamás va a ser destruido, este jamás va a desaparecer; si no, pregúntenle a Sócrates, Platón, Hipatía, Servet, Galileo, Lavoisier, Darwin, Einstein o a cualquier otro pensador, científico, filósofo o artista al que hayan silenciado, asesinado, injuriado, maltratado o enjuiciado por causas verdaderamente lamentables y ridículas.

Muchas veces —la mayoría de las veces— un bozal no es suficiente. Busquen, señores mandatarios y políticos, un artificio más eficaz —seguro que lo hallarán de inmediato, claro.

 

El silencio en los cristales 

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