Las buenas cosas de la religión de las que hemos renegado

Fue después de aquella desbandada general, que las cosas menguaron. El pandemonio no solo se había instaurado en la vida personal de aquellas personas, sino que había llegado más allá, se había transformado en la forma de vivir de su barrio, no solo del barrio, del distrito, no solo del distrito, de la ciudad, no solo de la ciudad, de la comarca, no solo de la comarca, de la comunidad autónoma, hasta del país. Algo había generado una suerte de contiendas íntimas que resquebrajaban las paredes de los edificios donde los inquilinos ponían cuadros para disimular las fisuras en el gotelé. Los meses de abril y mayo el café se hacía muy espeso en las cafeterías, en ninguna cafetería ni hogar el café era dulce o suave, en ningún comercio se apresuraban a entregar los paquetes pedidos con premura, y los dependientes reflejaban un sinsentido hosco que se expelía en palabras obscuras salidas de la boca, palabras de las que nadie podría esperar más que la recepción de una buena opinión sobre su aspecto físico si, preguntando al dependiente de la tienda de ropa, insultaba al cliente con su cara abyecta de dependiente.

El que ruase por las calles nunca se encontraría con una bella rosa, ni con un billete de veinte euros tirado al suelo, perdido por el descuido de una anciana ya descuidada de por sí. Era mucho más proclive a pisar una caca de perro, o depararse con un robo o un crimen cruento, aunque nunca se encontrara con lo peor: un asesinato o una violación, que las hay, doy fe que las hay.

Por las tardes un perro viejo zarandeaba por una tienda de golosinas donde nadie entraba y pronto lo sacaban a patas los dependientes hoscos, los camareros desalmados, los clientes despechados.

Ya pasados los meses de abril y mayo la primavera, por fin, se había hecho notar. Aquellos meses el frío todavía era insípido e intenso, muchos habían enfermado, incluso muerto a causa de una gripe, otros habían contraído enfermedades mucho más graves, a punto de que había dificultado muchas cosas en algunas parejas, adelantando el fin de algunas relaciones ya de por sí fragmentadas que no habían empezado bien y acabaron igual de mal.

Lo más común y frecuente fue que muchas personas detuvieran su camino para tener que proveer a ciertos fumadores de un cigarro o de un mechero que muchas veces no poseían. Acto que solía demostrar más nerviosismo en el que lo pedía, normalmente estaba temblando, por el frío de las noches polares y la angustia de los cielos que no hacían nada más que llover; enseguida el solicitante de materiales para fumar entraba dentro del bar o del restaurante de donde había salido y se instalaba allí con la frustración de no haber podido fumar, pero en cuanto enlazaba alguna conversación que le entusiasmase, rápidamente olvidaba las ganas de fumar. Lo peor era cuando solo había salido para no tener que entablar conversaciones odiosas con las personas con las cuales estaba reunido, en esos momentos se solía disculpar por tener que abandonar al grupo que pensaba que iba a salir en manada a alguna discoteca. Esa decisión no disuadía a las personas ya sin ganas de fumar, en su tortuoso empeño de salir corriendo del restaurante, aunque el grupo fuera lo suficientemente grande para montar una buena excursión por las discotecas. Las personas que volvían a casa por no soportar a los grupos con los que habían cenado solían vivir solas, y cuando volvían a casa paraban la mayoría de las veces a comprar pizza o algo para comer antes de fumar, cuando llegasen a casa. Aquellas que habían decidido quedarse con el grupo, imaginaban que, cuanto más se adentrasen en la noche, todo se haría más ameno. Las mismas solían intentar otra vez salir de la discoteca en búsqueda de algún fumador y era cuando encontraban a más de uno, que con la manía que tenemos de socializarnos del pitillo, acabamos en la cama, pero solo algunos. Otros antes de volver a casa, al ser más tarde de lo que esperaban, compran churros y, por fin, abren la cajetilla de cigarrillos que se habían dejado en casa, para acabar el paquete donde solo constan tres cigarrillos, y se fuman los tres. En ningún momento mientras se fumaban los tres cigarrillos, estas personas se aseguraron de que hubieran de mirarse la espalda una y otra vez, o de apagar las luces para que no las viera nadie, buscar en las demás habitaciones, por si algún desconocido o familiar se hubiera metido en alguna de aquellas viviendas donde vivían solas; ni siquiera se acordaron del Señor, no le habían agradecido aquellos cigarrillos ni poder pagarse el alquiler, o agradecerle tener un trabajo digno, simplemente se lo fumaban, uno detrás del otro durante una hora u hora y media, simplemente entraban a casa y se parapetaban tras el cristal de la ventana. Los pensamientos eran casi idénticos, habían pensado en llamar a la persona más querida, ya que eran horas decentes para hacer una llamada, habían imaginado tener por fin una pareja para compartir gastos o simplemente vivir juntos. Dos otros pensamientos de trabajo les había mitigado el dolor de no conseguir nunca alguien con el que estar y construir una familia. Otros dos pensamientos sobre política les había hecho odiar a todo aquel que fuera humano y les había hecho pensar en adoptar una mascota, la que fuera, eso les había mitigado el dolor de odiar a la humanidad. Otros dos o tres pensamientos sobre la muerte les habían hecho entrar en un estado de letargo que les había mitigado el cansancio, el dolor en los pies o en los hombros, que sobre las diez de la mañana los había llevado a la cama, arrastrándose por los suelos.

Amanece sin suplicar. Todo el sol luce por doquier. En ninguna parte se ve que el sol esté ausente, ni siquiera en las voluntades. El verano parece que por fin toma forma, y así es anunciado, pero nada puede a la tempestad individual generalizada que hace a los dependientes hoscos, a las camareras desalmadas y a los clientes despechados, solo Dios podría intervenir en el alma de cualesquiera de aquellos que, antes de llamar humanos, es mejor usar otro nombre: personas que rezan y se saben el credo, o el Jesusito de mi vida. Personas bautizadas que han encontrado la paz en nunca encontrar la paz y se ausentan de las iglesias, porque Dios está en todas partes, Dios es para el que cree. Por las tardes, melancólicas, cuando las iglesias tañen como las placas tectónicas que no se oyen al divergir o convergir pero causan a los individuos la única sensación empírica posible de que la Tierra está viva y se mueve, los hombres se entristecen recordando a los perros que zarandean en los suburbios nocturnos, y las malas palabras lanzadas a desconocidos por dependientes hoscos se hacen granito al escuchar el tañer de las campanas que no se oyen, pero que precipitan a los humanos a un contacto con la Tierra empírico, aunque también, este tañer suponga la razón definitiva que persuade a los suicidas a caer sin final, un contacto tan materno con el ente natural de la Tierra, para ellos es un precipitarse que nunca cesa.

La caída es una plegaria de las que hizo Cristo inconsciente en la cruz, el Cristo en taparrabos de los indígenas amerindios que no oyeron hablar en cristo ni en la palabra taparrabos hasta la llegada fatídica, toda su existencia antes del acontecimiento fue la existencia del rezo sin palabras por los siglos de los siglos de los suicidas que caen a ras del suelo sin cesar, y no quedan tullidos en sus memorias que no reposen en los cementerios convencionales, de las palabras sacras que no paran de expeler. Algunos hombres por su constitución frágil, o mejor, por la constitución frágil evolutiva del hombre, están subyugados a describir únicamente lo que ven, si es que ven algo. Pero son los del otro tipo, de los que no agradecen, ya los conocemos todos, es mejor centrarse en los que todavía no han dejado de agradecer, de aquellos que no han renegado, de los que a final de cuentas no rezan, pero no blasfeman y mucho menos dejan de agradecer y reivindicar en su silencio el silencio de todos, el silencio que nos pertenece.

La falsificación es el mayor temor de los hombres buenos y de los que se suicidan, el arte del suicidio es como el de los artesanos, está circunscrito a ciertas técnicas conocidas y posibles de reproducir por todos. Nadie se ha sometido tan severamente a un análisis de sus actos y palabras por su criterio propio que les haya hecho conseguir la no repetición de todo aquello que los demás hayan dicho o hecho, cuando lo dicho y hecho es siempre una repetición más o menos ajustada al momento, que puede convertir al que lo acomete en una persona con principios no miméticos, simplemente en personas que actúan asu libre albedrío, de forma ingenua, no cometiendo la maldita falsificación. Toda esa ingenuidad de no creerse un falsificador solo es una manera sana de que el otro acepte lo que su prójimo ha dicho, de manera que no le parezca muy parecido a lo que uno mismo había dicho hace unos cuantos minutos. Pura cortesía. Nunca sabemos cuándo no hemos dicho lo que ya se había dicho hace algunos minutos o aalgunos siglos, porque el distanciamiento histórico permite que Sócrates no nos culpe de plagio haciendo de nuestra vida algo imposible, falsificación, por pura cortesía histórica, por pura cortesía personal, o por pura cortesía comercial los chinos ponen un nombre ficticio a sus productos de moda, casualmente demasiado parecidos a productos más caros, cuya originalidad solo había sido una originalidad falsificada por la obra de la naturaleza llamada cuerpo. Como los fisiócratas que se habían adueñado de algo que no les pertenecía por un plagio a la naturaleza. A día de hoy la naturaleza nos lo devuelve por cortesía elevando el nivel del mar o haciendo que nieve en el desierto del Sahara. Solo por cortesía no nos matamos en la guerra civil universal del plagio consentido, donde después de esa guerra el hermanamiento de los Estados se convertiría en algo nuevo y original que produce los meses de verano llegado el agosto, el mes donde todas las voluntades de ser bueno o malo en cualquier matiz se anulan precipitando a la no participación de todos los ciudadanos en la vida pública y social de los barrios antes mencionados.

La ingenuidad deambula distraída como las acacias vuelan por los cielos del levante donde no hay acacias, fue algo dicho tan poéticamente por uno de esos desgraciados de los barrios antes mencionados, barrios periféricos casi todos. Barrios donde ninguna estatua fue erigida a modo de edificación artística, aprovechando todo y cualquier espacio dedicado a la jardinería, y al paisaje bello con estatuas de corte militar y de corte político como es característico para mantener el orden en las periferias más rebeldes de las ciudades más decadentes, de los países más bastardos, en los continentes más pusilánimes, lugares opulentos, claro, de vida social activa si no es el mes de agosto o el principio de septiembre que se repite todos los años, porque es la naturaleza el ser más mimético de la creación, aunque unos insistan en la belleza de la nueva creación natural a cada grano nuevo que produce o a cada flor que nace. Todo no es más que flores nuevas y frutos nuevos idénticos a los ya putrefactos. La putrefacción de los minutos lleva a la circunspección del hecho del silencio reproducido por todos los que no han muerto de la muerte más original, y menos reproducida por los hombres que no admiran la naturaleza o las estatuas de los parques periféricos, no erigidos para los que son originales en algo; a cosas que se asemejan más bien al plagio de los que no han sabido maldecir y renegar de los designios del señor, rezando por fin la oración más duradera que vive en el silencio, en el silencio secular de los siglos que se reza en un paraíso a parte, el paraíso de los que rezan en la introspección continúa, la oración unipersonal que no puede ser reproducido por otro, únicamente por los malogrados que se hacen el favor de no pronunciar ninguna palabra que pueda estar contaminada por el idioma, ninguna palabra que pueda estar contaminada por la música, ninguna palabra que pueda estar contaminada por la imagen; rezan lo que a día de hoy han rezado cada día, no olvidándose del señor, durmiendo hasta las cuatro de la tarde y despertándose con la resaca pertinente para rezar la letanía ortodoxa en un idioma eslavo, los extranjeros que se mantienen fieles a sus raíces, desmintiendo a la afirmación de que todos somos iguales, todos somos humanos.

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