Él y las palabras

Imagen extraída de www.akantilado.wordpress.com

 

… Su mayor inquietud al respecto era cómo plantear la pregunta. ¿Es posible otra manera de conocer? ¿O acaso existe otro tipo de conocimiento? Y el lenguaje, una vez más, lo encerraba en sí mismo. Cuánta soledad. Una soledad quieta. ¿Y si nunca nadie le pudiera entender? Pero se puede vivir aislado en comunidad. Endentro y desde ahí. El espacio no resultaba neutral. Emanaciones de… que trataba de comprender. Digamos que, de lo que brotaba, solo percibir las palabras. Y así es como se traduce toda la densidad inmensa y llena de la existencia a una cabecita limitada. Además, siempre están pasando cosas. Hoy alguien le ha dicho: «en otras palabras, tienes miedo»… y, más tarde, dándole vueltas a estas cosas que pasan, han pasado otras distintas. Decididamente no volverá a hablar con nadie nunca más. Y las palabras significan las cosas. Y, sin palabras, ¿dónde aguardan las cosas? Lejos de estos problemas está lo más inmediato, lo que ocurre y cae sobre él. El deber de… el ir hacia… el hacer esto o lo otro para… porque… y los días se le acaban. Es tan importante lo que ocurre y cae sobre él como lo que ocurrió y cayó donde ahora está él cuando aún no estaba, ya que, al tener los días contados, no tendrá tiempo para hacerse a cada sitio al que vaya. ¡Esta expresión maravillosa! Hacerse a un sitio. ¡Ay! ¡Si el lenguaje también abre ventanas y puertas! Parece imposible tanta exactitud. Sí, nos tenemos que hacer a los sitios. Nosotros nos tenemos que re-hacer. Con lo que ya estaba hecho, hacer otra cosa. Y esta cosa nueva es como si desentonara menos en ese nuevo lugar. El mundo es indiferente a nuestra forma de ser y nos exige un cierto grado de complicidad. Nosotros, entonces, somos propios al mundo. ¿Y si fuera al revés? Tantas preguntas, tantas palabras… Él querría contar una historia sin más alguna vez, sin plantearse preguntas vagas, solo para que las palabras que escoja sean todas inocentes, que no sostengan absolutamente nada más que lo que cuentan. Pero se hace tantas preguntas al día que acaba exhausto para contarle nada a nadie. Por lo que calla.

Y callado le da por pensar. Piensa mucho, lo que no quiere decir que piense bien. Y piensa en eso que le ocurre donde está. Es una mofa. En lo que piensa de todo lo que ocurre es en lo que hay justo detrás. Del recorrido que hace lo que ocurre hasta que ocurre. Porque tendrán que venir las cosas que ocurren de algún sitio. No es como si, de repente, algo que no estaba aparezca. Nada surge de la nada. Y la nada, que no es nada, que solo es otra palabra más, no puede ser lo previo a lo que ocurre. Una broma, todo es una broma. Resulta que todo ha estado siempre ya aquí y allí. Por tanto, lo que de verdad le preocupaba eran las formas cambiantes, las metamorfosis eternas que testimonian que todo lo que siempre ha estado, lo que nunca ha dejado de ocurrir, cambia todo el tiempo. Esta reflexión es útil. Para el creyente o para el creído. Y podría surgir la duda, comprensible, de qué es lo que quiero contar con todo esto. Pues lo mismo que querría yo saber a qué se refiere Baudelaire con eso de «soy la herida y el cuchillo», o a Rimbaud con lo de «yo es otro», pero también podría ser, por decir algo, que no estuvieran diciendo nada más de lo que dijeron, y claro, preguntar por la nada está de más.

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