¿En qué momento me he convertido en Holden Caulfield?

Imagen extraída de http://lallanuradelosmilmundos.blogspot.com

Tenía 14 años la primera vez que leí El guardián entre el centeno. Y lo odié profundamente.

Quizá fue el hecho de que era una lectura obligada el que hizo que este libro me causara tal antipatía pero, en cualquier caso, no comprendía por qué era tan famoso. No me extraña que haya inspirado a asesinos, pensé, si Holden odia a todo el mundo sin ninguna razón. Ve a una persona a la que no conoce absolutamente de nada con, digamos, por ejemplo, una sudadera gris, e inmediatamente: «odio las sudaderas grises, odio a esa persona por llevar una sudadera gris».

Se suponía que yo era una adolescente, ¿no? Entonces, ¿por qué no me sentía identificada con un libro que trata sobre la mente de un adolescente? Bah. Lo leí (refunfuñando, eso sí), hice mi examen de lectura, lo aprobé y lo volví a dejar en la estantería.

Allí estuvo cogiendo polvo durante cinco años.

Hace apenas unos meses, una amiga me dijo que tenía que volver a leerlo, que era divertido, que me conocía y sabía que me iba a gustar. Yo le dije que no, que nunca había leído dos veces un libro y este no iba a ser el primero. Pero, vete a saber por qué, lo hice.

Fue una sorpresa agridulce. Me gustó, vale. Sin embargo, al igual que la primera vez que lo leí no me agradó porque no lo comprendí, en esta ocasión no me agradó la idea de comprenderlo. Estaba leyendo y pensaba: «Es verdad, Holden, tienes toda la razón. Esa persona es tan falsa. A mí también me da mucha rabia eso. Yo sí que te entiendo. ¿Por qué la gente es así de estúpida?». Y eso, bueno, resumámoslo diciendo que no está bien.

No llego al extremo de dejar la universidad y querer marcharme en autostop a una granja, hacerme pasar por sorda y vivir allí el resto de mi vida, claro. Tampoco tengo ese espíritu rebelde adolescente tan estúpido, ni voy en contra de las modas a propósito porque siento la faceta de «diferente» me representa y necesito sentirme arropada por algún colectivo aunque pregone que soy un alma solitaria y bohemia. No. Pero sí se podría decir que hater es una cualidad ciertamente notable de mi carácter, si bien no suelo mostrarla abiertamente.

Pero, es verdad, odio muchas cosas. A las personas que ocupan el centro de la calle y van extremadamente lentas, pero no te dejan adelantarlas, por ejemplo. A las personas que llevan paraguas cuando llueve y van por debajo de los balcones de los edificios sin dejar resguardarse a quien no lleva. A las personas que mastican muy fuerte. A las personas que hablan a voces en público. A las personas que invaden tu espacio personal cuando te hablan. A las personas que no paran de darte toquecitos en el hombro para asegurarse de que las estás escuchando. A las personas que tienen niños que están molestando en público y no les dicen absolutamente nada. A las que hablan demasiado lento. A las que hablan demasiado bajito. A las que hablan con la boca llena. A las que intentan notablemente llamar la atención de la gente a su alrededor. A las que respiran demasiado fuerte. A las que no solo interrumpen a alguien, sino que aumentan el volumen para asegurarse de que se les escucha. A las personas, en general, parece ser.

En fin. Supongo que debería ser inquietante. Quiero decir, de verdad que este maldito libro ha inspirado a asesinos. Pero es que creo que todo el mundo tiene un poquito de Holden en su interior. Yo qué sé. ¿En qué momento me ha empezado a molestar el hecho de que una persona respire? Ha tenido que ocurrir durante el transcurso de estos cinco años. ¿En qué momento me he convertido en Holden Caulfield?

Lucía Caballero

Nacida en agosto en las cálidas tierras murcianas e inquieta por naturaleza, se mudó a Madrid para ampliar horizontes en el mundo de la actuación. Mientras estudia Traducción, escribe para En plan culto y trabaja como actriz en el laboratorio experimental La escena roja.

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