La poesía y su servibilidad

Imagen extraída de independent.co.uk

A finales del siglo XIX, en el prefacio de cierta novela, un escritor se atrevió a hacer una atrevida afirmación: «El arte es completamente inútil». Fuera de las indignaciones u opiniones contrarias que pueda suscitar dicha sentencia, debemos asumir una cosa: Oscar Wilde estaba realizando, más allá de si acertara o no, un acto de inmensa honestidad como creador y receptor artístico. El escritor irlandés se percató de algo esencial: las artes (dentro de las que se halla la poesía) son infértiles para el beneficio utilitario inmediato, pues su naturaleza no es –y nunca ha sido– la de un producto que se pueda consumir y desechar en una ínfima franja de tiempo.

En el ámbito de la poesía esa inutilidad se ve acrecentada con respecto a otras artes, pues su belleza no puede ser percibida al instante y de forma involuntaria, como por ejemplo sí sucede con la música o la pintura. La poesía se caracteriza por una estética no visible, una estética que solo puede ser disfrutada a través del pensamiento y no a través de los sentidos. Este hecho –para algunos bastante desgraciado– convierte a la poesía en una de las artes más inútiles, pero a la vez más indispensables dentro de un mundo invadido por la violencia del utilitarismo. Dentro de una realidad que ve como negativas a las cosas infructuosas, la poesía se eleva tornándose un factor de vital relevancia: se postula como esa milagrosa gota de agua en medio de un desierto devastador, como un antídoto escasísimo que, en plena agonía, nos ofrece una última gratitud.

En este punto, debemos hablar de la servibilidad de la poesía y no de la utilidad de la misma ya que, efectivamente, la poesía sí nos sirve para infinidad de asuntos, pero dicha servibilidad no es una utilidad en sí, pues los asuntos que le pertenecen tienen que ver con el cultivo del ser, y dicho cultivo jamás está enfocado a funciones de uso; está enfocado a funciones espirituales que persiguen ideales de perfección. Así, las personas que encuentren aspectos negativos en la inutilidad estarán cayendo, sin darse cuenta, en un pequeño error incentivado por la amalgama que promueve el consumismo contemporáneo; una amalgama que nos cubre los ojos privándonos de observar una verdad más que agradable: la poesía es inútil, y es inútil porque responde a objetivos más sensibles y humanos que la mera producción en masa. Una amalgama que, ya sea por la diferencia temporal o por su lucidez propia, a Oscar Wilde nunca le llegó a cegar.

El silencio en los cristales…

Diego Godián

Alumno de Filología Hispánica en la UCM y autor de la columna semanal «El silencio en los cristales» en la presente revista; de la que es codirector. «Ser poeta no es una ambición mía, es mi manera de estar solo» (F. Pessoa)

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