El hombre de la tertulia

Unos se matan por vivir de la poesía                                                                                                           y otros mueren para que la poesía sobreviva

R. Lechowski

El otro día acudí, con un amigo, a una tertulia poética en un céntrico café de Madrid. Desde antes de pisar el local, sabíamos que la asistencia al mismo no iba a ser muy grande. Finalmente, acudimos ocho personas. En medio de cafés, cervezas y rostros anónimos pero agradables, notamos cómo un ambiente de afable amistad nos iba invadiendo poco a poco. Así, la tarde-noche fue aumentando su encanto de forma paulatina. En aquel local –pequeño y acogedor– de luces tenues y música de los cincuenta, compartimos experiencias literarias de todo tipo: sobre la redacción del poema, sobre la influencia de otros autores en nuestra obra, sobre los conceptos de originalidad e imitación… La charla fue bastante orgánica y amena, sin estar sujeta a unos parámetros ceñidos o limitados en cuanto a temáticas u otro tipo de patrones preestablecidos.

De los ocho que integrábamos el cenáculo, solo uno había mantenido el silencio desde el primer instante: un hombre grueso, de considerable edad, con un aspecto un tanto descuidado e indiferente. Sentado en una silla alejada, se sujetaba la barbilla con la mano izquierda y parecía adoptar una actitud impasible; incluso, a veces, cerraba los ojos para después abrirlos con algo de cansancio y lentitud. En un momento dado, y mientras hablábamos sobre cómo nos movíamos dentro del mundo poético actual, a uno de nosotros se le ocurrió preguntar directamente al hombre callado. La contestación de este, sumada a la inmovilidad de su cuerpo, fue menos una respuesta que una actitud frente a la propia creación literaria: «Yo corrijo –dijo con una voz honda y tranquila–, corrijo y leo, y después vuelvo a leer y a corregir». Unos minutos después, otro de nosotros volvió a apelar a este individuo y su respuesta se caracterizó por el mismo laconismo: «No, yo es como si no estuviera». Este hombre, tan esquivo en su presencia, parecía estar sumergido en un sueño constante que nada tenía que ver con nuestra situación real, incluso, llegó a decir que estaba allí por no cometer una descortesía frente a la invitación, que si por él fuera, estaría en su casa leyendo y corrigiendo, ya que el tiempo era escaso.

Al salir de la tertulia no pude no reflexionar, a partir del encuentro con este hombre, sobre el extremo contraste entre su actitud y la actitud que actualmente impera en círculos autodenominados como los de la “nueva poesía”. Círculos invadidos por la exagerada mercadotecnia, la necesidad de fama y el más elevado maltrato cultural. Ellos, aferrados al continuo vaivén de un público –nótense las connotaciones ocultas (o no tanto) de esta palabra– son incapaces de priorizar la literatura por encima de los intereses empresariales o económicos; algo que puede traer consecuencias fatales a la originalidad poética que, hasta ahora, era uno de los pocos bastiones que resistían ante el descomunal poder del sistema consumista-utitilitario. Auden, en un ensayo dedicado a D.H. Lawrence, dice que hay poetas que son capaces de adoptar la misma función que los apóstoles: traer al mundo un mensaje, para ellos importante, que pretende dar cuenta de un nuevo paradigma existencial. Sin duda, este hombre, estaría más cerca de este tipo de poetas; no reveló nada de sí mismo excepto su actitud frente a su creación: la de un continuum que jamás logra alcanzar una plenitud satisfactoria. Y aunque esta postura no sea nueva, sí constituye uno de los pilares del que siente como necesaria la pervivencia de la literatura en sí, independientemente de la nueva idiosincrasia que después se manifieste en sus textos.

Una persona que ama la poesía jamás pondrá por encima de la importancia literaria la meramente económica. Para el creador, nada hay más esencial que la poesía, aunque reconozca su inutilidad. Y nada hay más esencial porque siente que su vida está enfocada por completo a ese curioso destino: el de ser un receptor, más o menos eficaz, de diferentes vibraciones que pululan invisibles para después, traerlas al mundo perceptible. La vida del poeta es una vida impropia, una vida que a veces no es vivida, porque nota la necesidad irracional de darse en cuerpo y alma a la tarea –aunque no es literalmente una tarea– de versificar y volver a versificar. Un poeta supone, más allá de un sentimiento, una cosmovisión singular y única, no compartida por nadie excepto por él mismo. Los vítores, por ello, son innecesarios debido a su insustancialidad y a su no correspondencia con la verdadera pretensión. La aceptación o el rechazo son completamente ajenos al hecho artístico. A quien ama la poesía no le importa el ruido externo y abraza más la placidez; la serenidad del que lee, escribe y corrige con gusto y sin querencias secundarias…

Yo, desde que salí de ese café, me pregunto qué hubiera opinado aquel hombre silencioso si le hubiese develado el panorama poético actual…

 

El silencio en los cristales…

Diego Godián

Alumno de Filología Hispánica en la UCM y autor de la columna semanal «El silencio en los cristales» en la presente revista; de la que es codirector. «Ser poeta no es una ambición mía, es mi manera de estar solo» (F. Pessoa)

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