CINE: «Pieles», el gatillazo de Eduardo Casanova

Cartel oficial de «Pieles»

Cuando vi que el implacable Jordi Costa le había puesto un punto verde en FilmAffinity, me di cuenta de que tenía que ver esta película. En internet solo encontraban halagos por parte de gente reconocida en el ámbito del cine español. Aún mayor fue mi sorpresa cuando descubrí que el productor era Álex de la Iglesia. Sin embargo, la opinión del público distaba mucho de coincidir con esa perfecta campaña publicitaria. Casanova, punto a tu favor: conseguiste que me pudiera el morbo. Decidí verla sabiendo que la amaría o la odiaría, sin término medio. Ya habréis deducido cuál fue el resultado.

 

Si te cuentan de lo que va, no encuentras nada malo: historias de varias personas con una vida bastante difícil que acaban entrelazándose. La estética, además, muy cuidada. Y el reparto no está mal. La primera escena muestra a una anciana desnuda hablando sobre fornicar con niños. Pero, claro, luego la ves y te das cuenta de que provocar por provocar no sirve de nada si el mensaje es completamente vacío… y la película ni siquiera provoca tanto como quiere.

 

Pero ¿en qué punto falló la fórmula? Lo tenía todo: una niña sin ojos que trabaja como prostituta, un adolescente que quiere cortarse las piernas para ser una sirena e, incluso, una joven que tiene el culo en la cara y la boca en el culo. Con estas cartas sobre la mesa, esperas encontrar una película cruda, que muestre la verdad más retorcida y dolorosa del comportamiento humano, la equivocada concepción sobre la belleza que tiene la sociedad, el desgarrador mundo de los marginados y antinormativos. Así nos la han vendido.

 

Pues la fórmula falló en el guión y en el (inexistente) trasfondo. No empatizo con ningún personaje. ¡No me da tiempo! Los saltos de una historia a otra parecen haberse elegido por sorteo: algunos fragmentos son medianamente intensos pero, la mayoría, aburridos para lo cortos que son. Nada en la película es capaz de disimular este desequilibrio argumental. Mucho menos sus personajes, vacíos y tremendamente predecibles.

 

No me malinterpretéis, valoro que Casanova haya decidido arriesgar y valoro asimismo la idea. De modo que, antes de que se os pasen por la cabeza sentencias como «no valoras el cine español», «no te ha gustado porque muestra una realidad muy dura» o «no estás acostumbrada al cine no convencional», permitid que lo aclare. El tema escatológico y la desfiguración física no me han molestado. Mi idea en cuanto al cine español es, ni más ni menos, que está infravalorado. Y, creedme, he visto mucho cine no convencional y presenciado historias tan crudas y grotescas que quitan el apetito y aun así me han parecido excepcionales. Pero «Pieles» no es nada de eso. El problema es que se queda corta. Las historias evolucionan, sí, pero hacia un final previsible. El ambiente no te atrapa. Los personajes podrían haberse explotado mucho más y, sin embargo, no son ni mucho menos tan carismáticos como su planteamiento. El mensaje carece de contenido. Es una película pretenciosa a más no poder y, claro, el resultado decepciona.

 

Ver «Pieles» es como quedarte en la puerta de un concierto y solo escucharlo desde fuera, es una canción que alardea de técnica pero no emociona lo más mínimo, es intentar vender un boceto como una obra maestra, es criticar algo que luego tú también haces, es querer comprar un refresco y darte cuenta de que te faltan unos céntimos, es pedir por internet un vestido que le queda precioso a la modelo pero a ti no te favorece nada, es sentarte en el sofá después de fregar los platos y darte cuenta de que te has dejado una cuchara, es un truco de magia que sale mal, es un constante quiero y no puedo, es… un gatillazo. Eso sí, un gatillazo de color rosa chicle.

Lucía Caballero

Nacida en agosto en las cálidas tierras murcianas e inquieta por naturaleza, se mudó a Madrid para ampliar horizontes en el mundo de la actuación. Mientras estudia Traducción, escribe para En plan culto y trabaja como actriz en el laboratorio experimental La escena roja.

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