De cómo llegar a ser (casi) tu propio censor (II)

Esta vez sí acabo. Este reloj no se merece que le demos más cuerda. Si aún no ha leído la Carta al señor capellán y/o la primera parte de este artículo, llega a tiempo.

Tras pasar por la exposición de los hechos y señalar las falacias del señor capellán, y luego de denunciar la existencia indisoluble de la universidad pública —recuerden, en un Estado laico— y la capilla católica, nos habíamos quedado usted y yo en ese asunto de la censura.

Pues bien, como decía, a mí se me ocurrió escribir esa Carta en esa forma por jugar un poco con la ironía. Antes de responder por vía privada al capellán, le pedí al Director de esta santa revista —que es el que se encarga de este tipo de saraos— que esperase, que quería que leyesen todos mi cuaderna vía, a ver qué les parecía la idea.

He de confesar, por cierto, que el poema tenía una última estrofa que nunca fue publicada. No por nada, sino porque consideré que, en el caso de que se diese lo que proponía en él, sería una falta de respeto para con los cristianos. La estrofa apócrifa decía así:

No obstante, le exijo que conteste aprisa,

pues jamás podrá ser un traidor quien avisa.

Si antes de los tres días da respuesta concisa,

yo le doy mi palabra de asistir a esa misa.

En fin, que, al fin y al cabo, daba igual, porque —oh, sorpresa— el señor capellán no nos lee. No le interesamos. Nos quiere sólo para servirle de altavoz, de megáfono para su dogma. Es que, como argumenté a mis compañeros, si organizase algún acto cultural, aunque con injerencias religiosas, valiese. Pero una misa es doctrina pura y dura.

Pero, bueno, nos hemos adelantado. Escribí ese poema y se lo dejé leer a mis compañeros a ver qué opinaban, si debía publicarse o no, pues entendía que podía ser un tema espinoso, y podría poner en cuestión la reputación de la revista. Una reputación, por otra parte, minada por los listos de turno, como el capellán. Por desgracia, no es el único. Algunas de las asociaciones con las que debemos en la Facultad nos llaman disidentes —¿de qué?, ¿cuál es nuestra lucha?— y se dedican a quitar los carteles de los actos que organizamos en la misma. Claro, llegados a este punto, cabe preguntarse si a la Facultad no le interesa esto, si no se interesa por que haya asociaciones que nos agredan, aunque sea de esta forma, más cuando es ella misma la que sufraga económicamente esos mismos carteles. Pero, no, claro, la Facultad también nos usa de altavoz, nos invita a ir a reuniones o a actos en los que no pintamos nada, perdiendo clases en las que deberíamos estar, para pedirnos que les demos publicidad a sus actos y para llenar las butacas de un paraninfo cuasi vacío. Y, si nosotros necesitamos algo para algún acto que organicemos, nos llega a última hora, deprisa y corriendo, que es gerundio, en el caso de que llegue.

Claro, con este panorama, ¿es un acto de valentía publicar la Carta y esta explicación que aquí se da o más bien es dispararse en el pie? Entiendo que algunos de mis compañeros tuviesen, en cierto sentido, miedo, aunque también les agradezco que me permitieran publicarlo. Cuando la autocensura puede evitar la desaparición de uno mismo, entiendo que es inteligente planteársela.

En fin, que la publicamos. Y que pasaron los días. Y que el capellán no ha contestado. Y que, a día de hoy, aún no lo ha hecho. El Director de esta revista decidió contestarle a su primer correo de manera cordial y normal, sin cartas ni ironías, defendiendo que somos una revista laica. A eso sí contestó. Y dijo que muchos de los asistentes a sus misas son laicos. Vamos, que no se lo cree ni él.

Javier Báez

Javier Báez es un joven músico, poeta y escritor. Trabaja como sonetista para el periódico madrileño 'Distrito Villaverde' y, actualmente, es graduando en Español: Lengua y Literatura por la Universidad Complutense de Madrid. @JavierPBaez

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