De cómo llegar a ser (casi) tu propio censor (I)

En primer lugar, quiero pedirle, a usted, que aquí me lee, disculpas, porque este artículo fue anunciado para ser publicado el pasado lunes. Pero, por motivos que no le incumben a vuecencia —por no decir que a mí tampoco— no pudo ser dentro de esa temporalidad, por lo que, como ve, se publica a día de hoy. Vayan ahí mis disculpas.

Y es que, en el último El labio que suspira, publiqué la Carta al señor capellán con un párrafo a modo de introito explicativo, que encontrarán en el mismo artículo. Como en ese marco escribí, hoy, en este artículo que aquí leen, se presentaría una explicación de los hechos acontecidos a manera de prosista, esperemos que no lo suficientemente prosaico.

Pues bien, toda la historia tiene su germen en que, un buen día, recibimos un correo para esta santa revista, con remite del capellán de la Facultad de Filosofía y Letras, quien nos convidaba a asistir a una misa de fin de curso que tendría lugar el decimoséptimo día de mayo, en, como es natural, su propia capilla. Añadía, tras esto, que también nos animaba a publicitarlo y a dar cobertura al acto, arguyendo que, dado que los cristianos también sostienen —dinero de la matrícula por delante— la universidad pública, también merecen ser atendidos. Con ese argumento falaz nos despachaba, tras lo cual yo contraargumenté a mis ponderados compañeros de la directiva de En plan culto, que, claro, los cristianos sustentaban a la universidad pública como también lo hacían los rubios, los tartamudos e incluso los padres separados tinerfeños miopes, en un giro inesperado hacia Shiva la Destructora y hacia la commedia. Cualquier colectivo, por lo tanto, que pueda venir a nuestra mente sostiene de manera obligatoria —porque el pago de impuestos y de matrícula, si procede, son obligatorios para toda persona en este bendito país—, de lo que se deduce que hay que dar, según su propio razonamiento, alas a todas las fechorías de todos los colectivos. Pues, simplemente, no paso por el aro, ni aunque el aro sea una corona de espinas. Además, para más inri, el programa de la santa misa, público para cualquiera con acceso a internet, aludía a que la Virgen María era la mayor expresión de la feminidad, en un uso, de nuevo, infame, de la falacia, del oportunismo y del populismo, dados los tiempos que corren. Ay, Guillermo Toledo…

Quiero recordar, como ya hice en la mentada Carta, que me hago responsable de todas las consecuencias de mis palabras, sobre todo de las escritas, y que mi opinión es mía y no la comparto con todos mis compañeros, aunque se pueda, en algún caso, acercar a la opinión de cualquier otro.

En fin, dadas las circunstancias, el que aquí firma tuvo la ingeniosa idea de escribir una carta de respuesta en verso, más concretamente en modo de cuaderna vía. Ya saben, a sílabas cuntadas, como la curia escribía magníficamente en los tiempos del Medioevo. Ahí, como verán, expuse mis razones de por qué no debíamos dar publicidad al párroco, tras haber hecho lo contrario de una manera cuasi encubierta por la propia ironía. También quise ironizar sobre la situación de que siga siendo indivisible el concepto de universidad pública y de la existencia de una capilla adherida de por medio.

Como veo que el artículo está quedando un poco largo, el tema de la censura lo trataré el próximo lunes. Todo lo demás acontecido, vaya. Lo siento por la intriga, a quien la tenga, pero creo que me merezco reinventarme los folletines del siglo XVIII.

Javier Báez

Javier Báez es un joven músico, poeta y escritor. Trabaja como sonetista para el periódico madrileño 'Distrito Villaverde' y, actualmente, es graduando en Español: Lengua y Literatura por la Universidad Complutense de Madrid. @JavierPBaez

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