Es el formato, estúpido

            Ahora que ya se han calmado las olas de la pasión que excitaba a los televidentes de Operación Triunfo y su maldito share, y a punto de que se produzca un repunte en las mareas del temporal de la Eurovisión, ha llegado el momento de hablar de este tipo de acontecimientos musicales (desgraciadamente, no sólo musicales).

            Antes de nada, quisiera aclarar que no soy un gran aficionado a la televisión; intento evitarla a toda costa, pero, de vez en cuando, sí me gusta verla para ver qué tipo de ¿cultura? de masas se nos ofrece.

            El panorama televisivo está repleto de programas cuyo pretexto es la música, pero todos caen en una serie de errores, que son los que se van a repasar en estas líneas. Y el primero de ellos, el más evidente y el más peligroso es el propio formato de —casi— todos los programas musicales. Un formato que se presenta como una competición, como si el arte —en este caso, la música— pudiese compararse con un rally. Entiendo que, hoy en día, en televisión, si no hay competición, no hay forma de vender épica o de poder llegar a grandes públicos, amén de las ventajas que tiene inocular en la mente de los jóvenes el infame valor de la competitividad. De hecho, porque entiendo eso es por lo que no me interesa. Y esto ocurre en todos los programas musicales de todas las cadenas generalistas, desde Operación Triunfo a Tu cara me suena, pasando por La voz, Factor X o los slams de poesía. Y, a mí, en este sentido, siempre se me ocurren las mismas dudas: ¿quién tendría la caraja de poner a competir a Lope de Vega y a Miguel de Cervantes? ¿Quién podría afirmar rotundamente que Velázquez es mejor pintor que Goya, o viceversa? ¿Quién puede comparar a Leonard Cohen y AC/DC, tan separados artísticamente, y dirimir que uno es mejor de otro?

            El siguiente aspecto a valorar es: ¿cuándo, de una vez, se va a tener en cuenta el talento? En este tipo de programas, sólo se valora la calidad de canto de cada cual, siendo el talento, la originalidad, la cultura, etc. solamente un agravante, en positivo, en el fallo del jurado (asunto también criticable, porque Risto me puede dar lecciones de Administración y Dirección de Empresas, pero, de música, prefiero que me las dé otro). Pero, un mal cantante —ojo, que afine, pero que no tenga una voz de Pablo Alborán—, ya puede tener el verso de Quevedo, la locura de Buñuel y la capacidad intelectual de Albert Einstein, que nunca va a ganar Operación Triunfo, por el simple hecho de no tener una voz bonita, una voz de estudio, una voz fabricada en un taller. Esta gente, a la que no quiero quitar mérito, por descontado, son gimnastas de las cuerdas vocales, lo cual me interesa más bien poco. De cualquier modo, merecen respeto.

Alfred y Amaia, de OT 2017.
Fuente: La Vanguardia.

            Y, finalmente, el cariz que presentan estos formatos bañados en Gran Hermano es insoportable. Esa sentimentalidad fingida, ese llanto por la más imbécil razón, esa actitud de nini de barrio rebaja la calidad cultural de un programa cuya temática se supone artística.

            Y, en fin, éstas son mis razones. Espero que sepan entenderlas y que no me vuelvan a mirar con mala cara cuando diga que sólo no me gustan, sino que no los soporto. Que el problema no es el cantante o participante en cuestión, sino el formato.

Javier Báez

Javier Báez es un joven músico, poeta y escritor. Trabaja como sonetista para el periódico madrileño 'Distrito Villaverde' y, actualmente, es graduando en Español: Lengua y Literatura por la Universidad Complutense de Madrid. @JavierPBaez

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *