¿Obligaciones?

En tiempos tan convulsos en lo que al ámbito de la universidad se refiere, dejando de la lado las infames actuaciones de ustedes saben qué personas y qué universidad en concreto, que no dejan de ser cuestiones administrativas, hoy vengo a escribir un replanteamiento de la universidad desde otra óptica, desde mi experiencia personal, aunque, como es obvio, lo administrativo también se cuela en lo personal.

Como sabrán, caros lectores, yo, como gran parte de los componentes de esta revista que aquí leen, estudio lo otrora denominado Filología Hispánica, ahora llamado Español: Lengua y Literatura, en una clara devaluación, aunque sea por la falta épica del segundo nombre, de lo que es nuestro grado. Bien, pues, me explico por si lo desconocen, en mi carrera se estudian cuatro ramas de la filología, si bien muchos departamentos se han unificado en uno solo —más devaluación—, a saber: literatura española, literatura hispanoamericana, lengua y bibliografía. Una carrera que, como muchas otras, se compone de cuatro años, incluyendo los dos primeros de estos asignaturas que se consideran básicas —aspecto más que discutible en alguna de ellas— y los dos últimos, haciendo una mezcolanza entre las obligatorias y las optativas. Mi carrera, además, se encuentra en ese reducido grupo de grados que no obligan a las prácticas a sus alumnos.

Bien, pues yo, como, por otro lado, la mayor parte de los estudiantes de mi grado, he optado por la literatura española, lo que merece un ingente trabajo, sin desmerecer el que conllevan las demás ramas, por descontado. Pero quiero orientar hacia ahí mi texto porque es así como está orientado el sistema educativo universitario. Porque es cierto que la parte lingüística está mejor orientada, pues, por ejemplo, apenas hay lecturas obligatorias. Y, de haberlas, suelen ser manuales, que sirven de apoyo a lo que en clase se ve. Pero, en literatura, es harto diferente.

Los cursos son cuatrimestrales, es decir, consisten en dos períodos en los que lo normal es cursar cinco asignaturas por cuatrimestre, ergo diez al año, siempre que haya que cursar alguna de otro curso anterior que se haya quedado atrancada. Yo, por ejemplo, para que se hagan una idea, sirva como verbigracia, el cuatrimestre pasado cursé una asignatura que presentaba el nombre que sigue: Cervantes y su Tiempo. Bien, pues, en esta asignatura, aparte de la asistencia obligatoria a clase, el trabajo de final de asignatura —maldito plan boloñés—, la asistencia también obligatoria, pues de él dependía el trabajo final, a conferencias, obras de teatro, etc. y la realización de un examen final más o menos presentable, debía hacer la lectura obligatoria de toda la obra de don Miguel de Cervantes, aparte de El Quijote apócrifo de Avellaneda. Recuerden: ¡en cuatro meses! Y eso es sólo una asignatura. Estoy convencido de que nos quieren volver locos. Súmenle cuatro asignaturas más, de las cuales, por lo menos otras dos, son también sobre literatura, ergo semejantes en este aspecto.

¿Qué ocurre? Pues, como es natural, que no da tiempo a leerse todas las obras, y el alumnado siempre opta por dejar unas de lado, cuya lectura necesaria para el examen final, se reduce —y se confía— a lugares escabrosos como El rincón del vago, Wikipedia o similares. Así me he leído yo Los trabajos de Persiles y Sigismunda, las Novelas ejemplares y El Quijote de Avellaneda, que prometo leer en algún momento de una forma seria y comprometida. Por otro lado, esta planificación obliga a una velocidad en la lectura que no permite la detención en aspectos que uno considera interesantes, bellos o dignos de estudio. No hay un estudio del libro —que es lo que debería hacer un aspirante a filólogo—, sino una lectura rápida e insubstanciosa.

Soy, señor, un estudiante de filología y, además, que se centra en la rama de la literatura. Se me supone un cierto interés por la lectura. ¿Qué carajo es eso de obligar a leer? ¡Pero es que ni un libro! ¿Se piensa que no lo voy a hacer por mi cuenta? ¿De verdad, a estas alturas? Ustedes, profesores, deberían darme las herramientas para, cuando yo quiera o pueda leer cualquier libro de… Cervantes, si es el caso, pueda hacerlo, entendiéndolo como un filólogo debe. Cíñanse a eso, que ya somos mayores y se supone que hacemos esto por gusto, que lo hemos elegido nosotros.

Por otro lado iría la manera en la que se valoran estas lecturas en la nota final y la subjetividad que existe en sus derredores, pero eso, amigos, lo dejo para otro artículo.

Javier Báez

Javier Báez es un joven músico, poeta y escritor. Trabaja como sonetista para el periódico madrileño 'Distrito Villaverde' y, actualmente, es graduando en Español: Lengua y Literatura por la Universidad Complutense de Madrid. @JavierPBaez

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