Lo que vieron

 

Language can not imitate the universe

GRAHAM AIKE

 

Todo sucedió en una lejana noche, hace ya unos diez años.

Los meses laborales habían sido bastante exigentes: la editorial en la que trabajaba se había declarado en bancarrota y yo, por amor a la verdadera literatura, se la había comprado a mi antiguo jefe. Pensándolo más profundamente, no sé muy bien cuáles fueron los impulsos exactos que me llevaron a cometer tal irresponsabilidad, pero lo que sé es que siempre, en mi nostálgico interior, había existido un amoroso hueco para los libros que por el comercialismo de masas no eran publicados. Algunos, puedo asegurar, eran auténticas maravillas. Así pues, sin experiencia alguna, me vi siendo jefe de una nueva editorial casi apócrifa que, rehusando de la literatura de multitudes, invertía mucho dinero para intentar que se leyesen obras que realmente merecieran la pena.

Como era de esperar, al noveno mes de trabajo me sentí extenuado y cogí unas pequeñas vacaciones estivales. Tardé pocos días en decidir cuál sería mi destino: ese que me proporcionaría la fuerza necesaria para seguir, al regresar, con mi honorable y complicadísima labor.

Debido al encanto idílico que encierra, decidí pasar una semana en el norte. Allí la tranquilidad y la naturaleza se funden en una afable armonía. Esperé con impaciencia a que la costosa y trabajada semana se acabase y, al llegar el sábado, arranqué el coche y tomé la carretera.

♣♣♣

Las horas pasaban de una forma lenta y apacible. Sentado ante el volante me imaginaba el sonido de los ríos y los pájaros que, en mi memoria, parecían dotar de una bella melodía a mis nuevas vicisitudes. Pasó una hora más y contemplé un grupo de caballos en una ladera que, sin alterarse, pastaban mansamente bajo el cielo. También vi toros que corrían en plena libertad y águilas que parecían seguir mi paso sobre el aire. Todo parecía ser el vaticinio de unos días memorables dentro de mi necesaria soledad. Pero, gradualmente, la luz del sol empezó a menguar y todo lo que antes fue movimiento y alegría se convirtió, en unos minutos, en opaca oscuridad.

Las estrellas remotas brillaban como piedras deslumbrantes. Yo, dentro del coche, observaba cómo las líneas de la carretera parecían disiparse rápido; y en su contrario, a pesar de la velocidad de mi vehículo, la luna parecía permanecer inamovible sobre el cielo. Qué curioso es, a veces, el universo… -me dije- que a los seres terrenales nos hace efímeros mientras que, a los astros, les regala tanta eternidad como grandeza…

Empezó a sonar una canción lenta en la radio y los ojos me empezaron a pesar: tuve que buscar un sitio de descanso para prevenirme. Pronto hallé lo que buscaba: un pequeño motel de carretera circundado por un pueblo perdido. Sin dudarlo, aparqué el coche en el terreno arenoso y salí de él. Entre la oscuridad de la noche pude apreciar una anecdótica luz en una de las ventanas del motel; por ello, supuse que dentro había gente despierta. Esto me tranquilizó. Me dirigí hacia la robusta puerta y tras chocar varias veces mi palma contra ella, la abrí con decisión.

♣♣♣

El sitio era sórdido. Más que un simple motel, parecía un antro desusado. Las paredes, todas de color canela, tenían manchas oscuras de humedad. A la derecha se encontraba una larga barra de madera carcomida, y a su vera, varias sillas de hierro con pintura negra parecían estar esperando a que alguien se sentase en ellas. Todo en aquel lugar poseía imperfecciones: dichas sillas, probablemente antiquísimas, estaban descostradas y se lograba ver el hierro oxidado que las formaba. El techo, que mostraba un color muy sucio, rezumaba un líquido acuoso. El suelo, sucísimo, era hogar de múltiples hormigas e insectos desagradables…

En el ambiente se notaba una cierta neblina que, al contacto con la luz de la lámpara central, se trasformaba en un vapor espeso y rojizo. En las paredes, además, había bastantes fotografías antiguas: se podía notar en ellas que el lugar donde habían sido tomadas era el mismo motel, pero se mostraba un lujoso espacio donde todo tipo de personas bebían y se animaban. Sin duda, aquel lugar había sido bastante frecuentado pero ahora yacía en el más absoluto olvido. Hallé nostalgia y tristeza en aquel contraste de épocas, y de repente, me fijé en el olor que recorría el aire: un aroma intenso a puros, a humo, a grasa seca y whisky añejo.

Dirigí mi vista al fondo y encontré tres personas, las cuales me clavaron la mirada durante unos segundos. Eran dos hombres y una mujer. La vejez, por lo visto, los había alcanzado. El más arrugado de ellos tenía una barba blanca y desastrada que se repartía por toda su cara; sus ojos, ya grises, estaban muy hundidos. Portaba, también, unos ropajes extraños y peculiares, como si no le importase mucho conjuntar la ropa con la que vestía. Su pelo, canoso y dejado, era largo y frondoso, aunque en su frente se advertían unas entradas bastante bruscas. La mujer, gorda y rebosante, estaba totalmente embutida en un vestido verde y desgastado; llevaba tacones, y el maquillaje de su cara parecía una obra de arte de mal gusto. Ella no estaba tan seria, aunque sus ojos desprendían cierta melancolía. Los rulos rojos de su cabeza, en otro tiempo, habían pasado tiempos mejores. El tercer hombre estaba completamente calvo y sus ojos eran los más desenfadados, incluso, podríamos decir, que contenían cierta ternura. Sus facciones eran redondeadas y suaves, y sus arrugas parecían haberse puesto de acuerdo para converger en la frente. Tenía la camisa desabrochada y dejaba ver, en medio de su pecho, los pelos canosos que allí brotaban.

De un sobresalto, el hombre más arrugado se levantó de la silla y empezó a venir hacia mí. Sus pasos eran cortos y ruidosos, reverberaban por todo el local. El hombre, de forma trabajosa y con un bastón, al final llegó donde yo estaba. Me miró seriamente a los ojos, y tras unos segundos de silencio, habló.

  • ¿Usted lo ha visto? –dijo.
  • ¿El qué?
  • Venga conmigo –repuso.

Su voz era grave y rajada, pero a la vez, transmitía serenidad y misterio. Cuando llegué a la mesa donde los otros dos estaban sentados, pensé que aquellas tres personas habían estado reunidas en silencio en esa mesa durante horas. Quizá yo, en ese preciso instante, era el que iba a romper por primera vez aquel silencio compartido.

  • ¿Lo ha visto usted? –dijo de nuevo el más arrugado.
  • No sé a qué se refiere señor. No sé de qué me habla. Yo sólo vengo aquí buscando una cama en la que dormir.
  • No puede ser que no lo hayas visto –dijo la mujer, con una voz honda.

El hombre calvo dejó de beber, me señaló y empezó a hablar con una voz chillona.

  • Es algo tan indescriptible, tan aterrador… no hay palabras para ello. Cuando lo ves, te deja paralizado y sin vida. Te deja en silencio durante muchos minutos…
  • No sé de qué me están hablando, no tengo ni la más remota idea. Sólo quiero alquilar una cama para dormir aquí esta noche, como ya les he dicho…

La mujer gorda dejó el puro en la mesa y dirigió su cabeza hacia mí.

  • Todos los de aquí lo hemos visto. Tú se ve que no. Sube arriba y elige la habitación que quieras.
  • ¿Cuánto me costará?

La mujer no me respondió. Al final desistí y me levanté. Ellos se quedaron en silencio, como antes de mi irrupción. Me dirigí hacia arriba y escogí un cuarto.

♣♣♣

La cama era de otro tiempo. La estancia en la que iba a dormir era, además de fresca, muy húmeda; pero esto en verano se agradece. Observé los muebles de madera que poblaban las paredes y el viejo armario que había al lado de la ventana. Abrí el armario y allí deposité las pocas pertenencias que llevaba encima. Para mi sorpresa, pude apreciar un viejo pijama blanco colgado al fondo, en una de las perchas, pero preferí dormir con la ropa que llevaba.

Me acosté tras observar unos minutos el ambiente que había fuera a través de la ventana, la cual dejé abierta. A pesar de tener una sensación como de estar a la intemperie, tardé poquísimo en dormirme; estaba muy agotado del viaje.

A altas horas de la noche y tras un sueño bastante ineficaz, me despertó un sonido estridente que venía desde afuera. Me levanté adormilado, posé mi brazo sobre la cornisa, me restregué los ojos, miré por la ventana y vi aquello… vi algo inentendible…algo abominable…algo que mis ojos no pudieron tolerar más de unos cuantos segundos… Mi corazón pareció petrificarse, mis manos y pies, entumecidos, parecían no responder…

Aterrado, cogí mis cosas y salí de aquella habitación. Al pasar apresurado por la zona del bar, me percaté de que estaba desierto, y además, el ambiente estaba turbio, congelado, enrarecido… Incluso pude ver cómo salía vapor de mi angustiada boca. Llegué al aparcamiento, arranqué el coche y salí despavorido de allí.

Después de años y años de reflexión, jamás he conseguido darle un sentido lógico a lo que vi… Ni tan siquiera he podido articular un adjetivo, un sustantivo o una frase correcta y del todo precisa para referirme a ello… El lenguaje no me es apto, ni me será nunca apto para describirlo.

Desde aquel verano, la misma visión atormenta mi memoria cada noche…

Diego Godián

Alumno de Filología Hispánica en la UCM. «Ser poeta no es una ambición mía, es mi manera de estar solo» (F. Pessoa)

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