Tanatofobia: un miedo absurdo

La muerte ha sido siempre uno de los fenómenos que más han llamado la atención de los hombres. El hecho mismo de que ellos se hallen incluidos en este acontecimiento hace de suyo más trágico el estado del problema. No solamente somos espectadores, sino actores en un hecho profundamente personal.
¿Qué fue primero, la muerte o la vida? ¿Son tangibles? ¿Existen? Consideremos. Los límites puestos a la muerte son la cesación o término de la vida, con lo que eso significa de dolor, etc., y nos quedamos más anchos que largos. Usando una lógica muy básica, podríamos decir que primero fue la vida y después la muerte. Y no solo eso… las consecuencias derivadas de este silogismo tan simple son bastante significativas, puesto que dan existencia a la vida, e inexistencia, en su definición, por finalización de aquella, a la muerte. Punto, fin de la historia. Fin del problema. A otra cosa.
Pero esto es casi casi una falacia triple… primero es falacia post hoc ergo propter hoc porque se da por sentado que si un fenómeno ocurre después de otro (la muerte tras la vida), es que está causado por este, a falta de más pruebas que indiquen que eso es así; es falacia ad ignoratiam porque no se puede demostrar si es cierto o no (no se puede probar que la muerte sea cesación de la vida, porque lo que hay antes de la vida, ¿qué es? Así las cosas, eso no es cierto); y casi lo es ad consequentiam porque intenta hacer ver que la validez de esta idea depende de que lo inferido a partir de ella resultaría indeseable.
¿La muerte es o no es? Desde luego, lo que no es, es vida… ¿Pero es que nadie se ha planteado, en este caso, si hay más certeza en la existencia de lo que no es (vida), que certeza en lo que decimos que es (cese de la vida)? Pareciera una contradicción de la ontología de Parménides, pero todo lo contrario. Me explico… otorgamos una certeza de existencia casi absoluta a la vida, y una certeza de existencia relativa a la muerte, porque, decimos, es el final de aquella… eso es si seguimos sosteniendo esa triple falacia con la que empezábamos. Por otro lado, afirmar la existencia de algo negando la existencia de otra cosa o afirmando su inexistencia o ausencia, es casi casi un error. ¿Acaso realmente la guerra es ausencia de paz? ¿La oscuridad de luz? ¿El odio es ausencia de amor? En este último caso parece más claro ¿Y por qué no al revés? Decir lo que algo es diciendo lo que no es, es fatigoso y poco preciso… Lo apofático no define, solo indica. Entonces, ¿por qué la muerte ha de ser ausencia de vida o cesación de ésta? Planteémoslo de otro modo, pues.
Antes de la vida hay no-vida (pido licencia por y para usar apófasis) y después de la vida (al menos tal como entendemos la vida), hay no-vida. Si la muerte es el final y la ausencia de la vida (cesación), la no-vida es la muerte y, siguiendo este hilo, es más abundante lo inexistente por negación de lo que es (no-vida), que lo existente por afirmación de lo que es (vida). Es evidente que la abundancia de algo no le confiere existencia, por supuesto… eso sería darnos de bruces con el argumento ontológico de san Anselmo, pero sí hace recapacitar en la extrañeza de lo que pensamos es la existencia de su contrario. Y también deberíamos empezar a dudar de la propia existencia de la vida. ¿Por qué motivo? Ni tan siquiera sabemos si estamos vivos o no… ¿Cómo podemos demostrarlo, demostrárnoslo? Conocemos sobradamente las películas Matrix, El Show de Thruman… pero no quiero entrar en el relativismo de lo vital. Sigamos.
Decía el eleata a quien citaba un poco más arriba “lo que es, es, y lo que no es, no es”, y esto lo que es, es una tautología derivada, quizá, de una traducción no muy correcta, aunque sí largamente aceptada… así que yo coincido, auctoritate mea, en este caso con W.W. Jaeger y lo traduzco como “lo que es, existe, y lo que no es, no existe”, que también parece una tautología, pero nada más lejos de la realidad… creo que queda claro por dónde voy, y niego, pues, la existencia de la muerte. Lo que es, existe (la vida existe) y lo que no es, no existe (la no-vida no existe); así, pues, temer la muerte es absurdo, porque no existe. Si a alguien le chirría esta afirmación, o discrepa, relea el argumento con detenimiento y dígame, si es falaz o no. Pero, ¡cuidado! Que yo postule la inexistencia de la muerte no quiere decir que con ello afirme la existencia de la vida eterna.
Y, sin embargo, la gente muere. ¡Pues claro que sí! ¡Menudo festival de cuerpos sería la Tierra si no, cuando se calculan aproximadamente 100 mil millones de seres humanos habidos! Yo no niego el morir, o que la gente muera, que eso es algo innegable. Niego la existencia de la muerte. Una cosa es el transcurso y otra bien distinta el punto absoluto. Podríamos adentrarnos en la siempre maravillosa y misteriosa física cuántica y empezar a hablar de la relatividad del tiempo y de la imposibilidad fáctica de delimitar el instante preciso en que aparece la muerte… el tiempo es infinito en tanto que, en este caso, sucesión numérica…
Esto anterior en lo tocante al objeto… pero, ¿qué hay del miedo? El miedo, cuyo origen se halla exclusivamente en la mente, es una emoción que aparece con el fin de supervivencia para medir el peligro, y nunca está relacionado con el presente… si analizamos, cuando tenemos miedo siempre se trata de una proyección temporal de nuestra mente hacia el pasado o hacia el futuro. No existe en el presente, es una ilusión y, como tal, no tiene poder ni existencia real. Pensemos que el pasado ya no es y el futuro aún no es y, si el miedo no existe en el presente, tampoco existe en el pasado que ya no es, ni existe en el futuro que todavía no es. Por tanto, no se puede tener lo que no existe. No puedo tener en mis vitrinas una colección de gamusinos porque no existen. Como decía Epicuro en Meneceo, 125: para qué preocuparse de la muerte si cuando el ser humano vive, ella no está presente; mientras que cuando ella llega, él ya no está.
Démosle un enfoque radicalmente distinto (o no, al final, quién sabe si el presocrático y samosata Aristarco no sería un buen paradigma de pensador para nuestro “hoy”) y contemplemos el tema que nos ocupa desde la perspectiva de la mecánica relativista. Conste que no soy físico ni nada que se le parezca, pero unos rudimentarios conocimientos del tema sí que tengo.
Veamos. Todo cuanto nos rodea, y en eso debemos estar todos de acuerdo, (también) es energía. Eso es algo incuestionable (esto sin entrar a valorar ni a hablar sobre el alma y sus 21 gramos de peso como decía Einstein.). Einstein hablaba de la materia como un tipo de energía, por lo que voy a utilizar ambos elementos. Materia y energía y los cambios que la una produce y la otra padece (aunque siempre seguirá habiendo dos elementos), no hay otra cosa en el Universo.
Empecemos, entonces, por la casi siempre visible materia. Ocupamos un espacio (somos, como decía Descartes, res extensa, sustancia extensa, tenemos longitud, latitud y profundidad), poseemos unas cualidades físico-químicas perceptibles por los sentidos, sean estos cuales sean, incluso si diéramos cuartel a aquellas personas que consideran que existen más de los cinco tradicionales, estamos sujetos a cambios en el tiempo y a interacciones con aparatos de medida, por lo que somos detectables por medios físicos, y todo aquello que llamamos materia lo es y lo está.
Por otro lado, todo cuanto nos rodea, por ser materia, posee energía también, es decir, la capacidad que tiene un cuerpo de producir un trabajo o de producir cambios en las cosas y, aunque no ocupe espacio ni pueda percibirse por los sentidos, sí pueden ser percibidos por estos los cambios que produce, sus manifestaciones o efectos. Esto debería indicar el camino que estoy siguiendo.

Si no existe otra cosa en el Universo que materia y energía (quizá el recientemente fallecido S. Hawking pudiera corroborar mi aserto), con estos presupuestos no resultará muy difícil para nadie negar la existencia de la muerte. Es incuestionable la afirmación de que la muerte carece de cuerpo por lo que emplear tiempo y espacio en demostrarlo pudiera resultar insultante para el lector. Pero, ¿qué hay de la energía? Teoricemos con que pudiera ser energía porque sus efectos serían visibles, pero si atendemos a E=mc2 (donde “E” es energía, “m” es masa y “c2” es la constante de la velocidad de la luz al cuadrado) enton-ces deberían ser dos formas de un mismo elemento… si es así, y aceptamos que la Muerte es un tipo de energía desconocido, pues produce cambios que son perceptibles por los sentidos, deberíamos poder despejar “m” de tan famosa ecuación (m=E/c2) y eso es del todo imposible, por la sencilla razón de que no nos es posible medir la cantidad de energía de la que hablamos. Supuestamente percibimos los cambios que la Muerte produce, pero no podemos atribuir a la Muerte el hecho de ser una energía, puesto que es inmensurable.
La muerte ni tiene masa ni tiene energía, entonces ¿cómo puede producir cambios? Desde luego de ningún modo, porque no existe. Si todo lo existente puede ser “reducido” a materia y sus tipos y/o energía y sus tipos, y la muerte no se puede encuadrar en ningún caso en ninguno de esos elementos, debemos concluir que la muerte no existe. Sí, pero… ¿qué produce los cambios? La muerte no, insisto, sino la propia masa del cuerpo muerto, que no dejaría de ser un a posteriori. Einstein, en su teoría decía que todo cuerpo en reposo, por el hecho de tener masa, almacena o dispone de una energía que sería la que se liberaría si el cuerpo se desintegrase, por eso decía que eran la manifestación de una misma cosa. Eso nos explicaría los cambios a posteriori, pero no el cambio entre la vida y la no-vida, que es un cambio sustancial y sustantivo. Por tanto, también desde la física, negamos la existencia de la muerte y no podemos dar respuesta al cambio del ser al no ser.
Claro, así las cosas… recapitulemos con la frase atribuida a Isabella d’Este: nec spes nec metu, sin esperanza ni miedo. Esto roza el estoicismo más desgarrador. Pero leámoslo de otro modo y digamos sin esperar la muerte ni tener miedo de ella. No puedo tener miedo a la muerte porque no puedo tener lo que no existe (el miedo), ni temer lo que no existe (la muerte).
Aunque, ciertamente, el miedo es libre, como dicen… pero cabe la posibilidad de empezar a plantearnos que nos preocupamos y tememos lo inevitable (la muerte) y no vivimos al final, que, en realidad, es lo importante.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *