Ser culto un solo día

            Resulta paradigmático que este artículo vaya a ver la luz concretamente hoy, Día del Libro. El Día del Libro se estableció, como ustedes, caros lectores, sabrán, en el vigesimotercero de abril debido a que es éste el día que hemos convenido —amén de los diferentes calendarios y de la inconcreción de los estudios al respecto— que coincidió el óbito de dos escritores ínclitos y contemporáneos: don Miguel de Cervantes y sir William Shakespeare. Ya ven, dos olvidados del mercado editorial, si bien no tan desarrollado en su época comercialmente —pues, en su tiempo, el capitalismo era un sueño y el comercio, un asunto local—, que, con el tiempo, se han esgrimido como dos de los adalides de la literatura universal. Me gusta imaginarme al bueno de don Miguel de Cervantes, del que se sabe que no vendió más de dos mil ejemplares de El inxenioso Fidalgo don Quixote de la Mancha en vida, paseando por la madrileña Feria —bien llamada feria— del Libro y observando cómo presentadores de cualquier telecirco y yutubers, entre otros homeópatas culturales, venden más libros y disfrutan de más fama —conformémonos con que sólo es fama premortem— que él. O al bardo inglés entrando en cualquier Hogar del Libro —líbreme de la querella el sinónimo— y darse conque el catedrático Álvaro Ojeda —experiencia personal— está firmando su libro España con dos cojones ante una horda de hijos de padres hermanos. Y, como digo, sir William, diciéndose: To be or not to be? Like this, not to be.

            Y éste es, a grandes trazos, el panorama cultural de nuestro país. El viernes pasado, anteponiéndose al fatídico Día del Libro, que no es sino el Día del Comercio Editorial, se celebró en Madrid —desconozco si en más lugares— la Noche de los Libros. Las calles de Madrid se llenaron de actos reivindicativamente culturales, espectáculos, lecturas, conferencias, charlas, representaciones teatrales, cuentacuentos, exposiciones, jornadas de puertas abiertas, famoseo cultural, conciertos y demás actividades. Actividades, muchas de ellas, indiscutiblemente interesantísimas.

Fuente: Voz populi.

            El problema de este tipo de celebraciones, como otras del tipo, como la Noche de Max Estrella, es la concurrencia de actividades. Un verdadero programa cultural, un verdadero proyecto no puede aglomerar todas estas actividades en un solo día, menos en una sola noche. Un gobierno culturalmente responsable no puede derrochar el dinero de su departamento cultural en noches de concentración. No. La oferta cultural debe ser mucho más amplia. ¿De qué sirve empacharse en una cena si no se tiene para comer en todo el año? ¿De qué sirven unos fuegos artificiales que, al explosionar, toman la forma del ojete de Benito Pérez Galdós? ¿De qué?

            Y así es como España sigue siendo un país culturalmente desastroso, no sólo en un nivel académico como el informe PISA sugiere todos los años, sino también en el nivel cultural del propio desarrollo de un verdadero proyecto al respecto. Hagan algo, por Dios, hagan algo. Un programa cultural no debe consistir sólo en reducir el tipo de IVA mal llamado cultural de la industria cinematográfica. Un verdadero programa cultural debe tener una planificación presupuestaria continua a lo largo del año. Y así estamos en Madrid, con un Ayuntamiento que regala las entradas a cinco espacios culturales a todos los jóvenes —¿para cuándo los parados tendrán su medio pan y su medio libro?—, una presidenta de la Comunidad de Madrid que no es capaz de comprender la conexión moral que existe entre hacer el ridículo y dimitir y un presidente del Gobierno que, en  siete años de mandato, aún no ha tenido el decoro de poner ni medio pie en la Real Academia Española.

Javier Báez

Javier Báez es un joven músico, poeta y escritor. Trabaja como sonetista para el periódico madrileño 'Distrito Villaverde' y, actualmente, es graduando en Español: Lengua y Literatura por la Universidad Complutense de Madrid. @JavierPBaez

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