Un sábado cualquiera de risas y desesperación

Le cuesta respirar. Hay niños sin camiseta en la fuente corriendo y él no puede respirar. Ellos saltan y se mojan, hace frío pero parece no importarles. Otra niña, más pequeña, les mira mientras se divierten. Ella también quiere pero su padre vigilante no le deja, no quiere que se resfríe. Otra pareja joven habla mientras su bebé duerme.

Es raro, porque él, desde la ventana, piensa que no le llega el aire y las lágrimas corren a sus ojos pero si suspira y grita al aire que no lo siente, “no lo siento, no lo siento, no lo siento”, las lágrimas desaparecen y parece que algo más de aire entra en sus pulmones. Las agujas siguen ahí, pero se sienten disminuir. Mientras la mente está entretenida se engaña al corazón. No lo entiende, quiere pero no lo entiende. Se repite todo el rato que todo está bien, que no tiene nada por lo que quejarse, que todo va bien. Pero no está bien. Y no sabe por qué. Quiere dejar de pensar y simplemente vivir, dejar de analizar cada sentimiento, cada movimiento, cada palabra. Le rompe.

¿Y si está loco? ¿Quizás “mentalmente inestable”? ¿No se supone que la gente pasa por fases? ¿Cuando se pasará esta? ¿Qué es lo que debe hacer? Ya come bien, sale de casa y habla con la gente. ¿Debe hacer más deporte? ¿Mejorar la creatividad? ¿Vitaminas? ¿Más aire? ¿Silencio? ¿Tranquilidad? Té para dormir, mantras para estudiar. ¿Qué falta?

Hace frío y tiene calor. Sigue sin poder respirar. Se tira al suelo, se hace insoportable llevar ropa. Siente como si los pantalones le aprisionaran, como si la ropa se pegara a su cuerpo. Todo, todo le molesta. Allí en el suelo comienza a quitársela, torpemente, porque casi no sabe ni lo que está haciendo. Tirado sobre la loza como una oruga siente el frío recorriendo su cuerpo. Se siente vivo. Le gusta esa sensación y quiere que no desaparezca.

Respira profundamente. Como cuando subía la alta montaña de la mano de aquella paloma. Cinco respiraciones lentas y profundas para llenarse de aire. Diez pasos y vuelta a empezar.

Cuando muera todos pensaran que fue el chico angustioso que sufrió porque quiso, porque el mal estaba en su mente y no en su corazón. No existe razón para su desesperación y eso le hace sentir cada vez más culpable. Tiene tanto que hacer… ¿Por qué mente no le dejas en paz de una vez? Se siente un juguete roto que necesita reparación. No más tiritas, está cansado de luchar para evitar su caída. Reparación, reparación total y profunda. Vida tranquila y tranquila serenidad.

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