Violencia racional

Leyenda:
Redonda: amigo del escritor.
Cursiva: escritor.
Negrita: boxeador.

Dioses y células, quisiera pedir unas líneas de silencio
para la memoria de una amigo mío, poeta fallecido,
que, siguiendo su última voluntad, con mucho aprecio,
se celebró con el funeral la presentación de su libro;
ya, como sabéis, todo artista solo sirve póstumo,
y él se agobiaba por no aparecer en las revistas de rótulo.

Hasta le pusimos su monóculo y, admito, la velada no fue mal,
mas resultó una pizca de raro llevarle a firmar al Fnac.
Así pues, embetunados el porte para la escucha
del capítulo final referido a una obra y vida cultas.
Comienzo:

Membrillo. Claramente, hoy me sentía como un membrillo;
era viernes y los bares de barrio funcionaban a buen ritmo,
las parejas dábanse la mano en las cafeterías, fuera del frío;
yo bebía agua de grifo y asía las palmas a los bolsillos del abrigo.
Encallados en la calle yo y mi tristeza, yo paseando, ella de rojo,
secándome las lágrimas con un pañuelo henchido de mocos;
quería rematar la fantástica tarde con algo que no fueran barbitúricos,
decantándome, finalmente, por entrar a lo más parecido a un tugurio.

Un par de sillas, una barra, lo esperable;
Un pesado contando sus mierdas (¡ay, mi madre!).
Me regué con un vaso de vino,
florecí con el tiempo,
no obstante, molesto
por el festejo del joven a gritos,
que me invitó a una al ver en mi cara un grillo.
—Alegre ese gepeto, amigo mío,
hoy por fin he logrado mi mayor sueño:
he vencido a mi rival desde pequeño.
—Oh, ¿y a qué ha sido una vistario tan emotiva?:
acaso a cartas, ajedrez, o escritura creativa?
—Yo el único lenguaje que conozco es el boxeo;
mi puño es mi pluma, mi cuaderno, el cuerpo ajeno
y hoy he escrito un poema sobre una estúpida sonrisa.
—¡Santo ateo! ¿Y cómo se encuentra el reo?
—¿El qué? No entiendo.
—¡Aquel al que ha dado una paliza, so memo!
—¡Ah! Pues muerto.
—¿¡Cómo muerto?! ¿Ha matado a un ser humano?
—Claro, ¿no conoces la función de un puñetazo?
—Yo fui cultivado en lo gentil, lo civil, lo urbano;
mis padres tuvieron a bien de no enseñarle lo vano,
esto es, evitar la violencia, propia de animales.
La cultura dignifica hasta al hombre en pañales;
soy un ente tan hecho de cultura
que yo mismo me declaro, leches: soy Cultura;
y si para ello debí deshacerme de películas, libros y riñas
de joven,
le afirmo lo debido: yo maté a mi episteme del golpe.
—Vamos, que eres un mariquita.
—¿Usted me escucha o solo saliva?
—plano, el boxeador es anchamente plano;
no entiendo cómo nos comunicamos.
—Pero no se pudo evitar la pelea en realidad,
¿de qué trabajáis los que huís de la brutalidad?

—En la orfebrería cuántica, como es natural:
música, danza, escritura y tantos o más -ismos;
obrando por encima, bajo nosotros mismos;
somos una divinidad, nos concedemos la inmortalidad,
tan astral y conje… —me permiten si un par de páginas omito,
ya que en este punto se vuelve un poco pesado el libro.

[…]

A los siete años tomé la gran decisión de escribir mi obra;
recabé durante semanas sobre la temática información de sobra:
si los grandes embalsaman a sus mejores ideas en el papel,
¿por qué no perder el tiempo y encuadernarme a mí? —Pensé.
Debido a ello, me he escrito con absoluto costumbrismo;
hasta el dialogo más soporífero, cada pensamiento marchito
y toda acción mundana: respiración, pulsación o lavado de calzoncillo.
Ya solo quedó lo fácil y obvio: comedia o drama;
aunque se lo dejo intuir, al verme se me percata.
—Me ha interesado, ¿cuándo piensa sacarlo en físico?
—A partir de esta misma noche triste,
terminando en lo más alto: en suicidio.
—¡Qué dice!, ¿está seguro de veras?
—Hombre claro, no se sorprenda,
aquí no es el único que algo celebra;
no hay mejor final al de un cuchillo en las venas.
—Pues qué objetivo de mierda tiene en la vida.
—El suyo hasta ahora ha sido matar con ira.
—¡Y el suyo matarse, es la misma movida!
—¿Ah sí?, ¿qué hará después de haber matado a su oponente?
—Hombre, a ver…
—Irá en busca de otro menos fuerte, esperando tener suerte.
—¡No tiene por qué!
—No es más que un cerdo de bellota intentando ser valiente.
—¡Que te den, joder!
—Usted a los míos les sirve el café,
creamos las leyes para eso, ¿no lo ve?
puede golpearme, no tiene permiso,
¡ahora la fuerza está por escrito!

Marché a casa medio vivo,
habiendo sido sorprendido
de que nada ha servido,
que ante estos dos ridículos,
puñetazo cerró el capítulo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *