El escaparate

Supongamos que el ser humano consta, solamente, de dos partes. La primera es la esencial, la que tiene que ver con todo lo que es, fue y será a lo largo de toda su vida. La segunda tiene que ver con lo que aparentará ser, pero probablemente no llegue a ser nunca. Llegados aquí, nos hemos sumergido casi mágicamente en el mundo de las esencias y de las apariencias, en el mundo de lo verdadero y de lo real, en el mundo externo e interno que todos padecemos; y por ende, en el mundo del que hablaré en las siguientes líneas.

Al contrario de lo que ha pensado el cristianismo, no es abominable que el ser humano posea una naturaleza externa, una naturaleza ajena al “alma” que siempre vibra en su interior. Por ello, no es desdeñable que una persona posea un cuerpo y unas apariencias como tales. La realización máxima de una persona, probablemente, sea el resultado del equilibrio entre estas dos partes, no la preponderancia de una sobre la otra. En el mundo actual, hemos pasado de opuesto a opuesto, de extremo a extremo, de polo a polo. Durante cientos de años se despreció de forma casi mecánica la importancia de la naturaleza externa del humano, y en los tiempos actuales, se ignora repetidamente la naturaleza interna, la esencial.

Lo que importa es cómo la sociedad es capaz de percibirnos, o cómo la masa social acepta o rechaza nuestras acciones. Esto nos lleva a pensar que en el mundo actual se ha olvidado por completo la naturaleza interna, la naturaleza que realmente nos hace ser y no aparentar ser. Como dije anteriormente, es erróneo subyugar tanto una como otra, es igual, incluso, de peligroso. Pero, ¿por qué digo peligroso? Porque si alguien intenta aparentar ser algo que no es, al final, esa misma persona acabará perdiéndose a sí misma, acabará desconociendo quién es, acabará guiándose por lo preestablecido colectivamente; y una persona que no sabe quién es, una persona a la que la naturaleza externa le ha abolido completamente la naturaleza interna, es alguien que jamás hallará un equilibrio.

De este problema, del problema de que las apariencias nos han destruido, es de donde nacen las grandes vicisitudes de la sociedad (acaso imperceptibles para los ya contaminados). Se debería aparentar, tan solo, lo que uno es realmente, pero por desgracia, este mundo adolece de ser un escaparate, una gran feria en la que lo único que importa es el ornamento, la pompa y la carcasa. En este mundo la naturaleza externa ha destruido completamente la espiritualidad: los poetas hacen versos para lograr fama y dinero, los pintores hacen cuadros para obtener miles de euros, los cantantes obedecen a las discográficas para crear productos lucrativos, los estudiantes priorizan una nota (un número) al placer que pueden obtener a través del conocimiento… Como es natural, en todos los ejemplos existen honrosas excepciones (yo sólo hago un ejercicio de crítica a la colectividad).

Todo está malversado por la cáscara, por lo fútil, por lo vacuo. Somos habitantes de una tierra, de una tierra que sólo es superficie.

Diego Godián

Alumno de Filología Hispánica. "Me verás partir con dos versos bajo el alma, me verás morir sobre un poema que no es mío".

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