Mi parte de vuestra memoria

Queridos inolvidables;

Solíamos bailar a los pies de aquella larga roca y de vez en cuando caíamos exhaustos a la sombra de los negrillos, pero nunca decidimos irnos de nuestro rincón. Desde el otro lado, como cada mañana, disfrutabais del tan anhelado sol. Dedicabais cada instante a cuidar aquella tierra. Jamás vi junto tanto esfuerzo y compenetración.

Pasaron los años y nuestros pies se cansaron de bailar, sin embargo nuestro rincón de baile se convirtió en manjar de otras tantas inquietudes. Parecía como si ese lugar estuviese encantado y hubiese en su día atrapado nuestros cuerpos como hoy atrae mis recuerdos. Quizás haya olvidado las palabras, pero no sus sonidos. Con ellas lograsteis hacernos los niños más adultos del mundo —Saraaaa, Daviiiid—, vuestros gritos eran casi mejores que la alarma de fin de clases en el colegio. Inmediatamente sabíamos qué había que hacer.

Cruzar aquellos bosques significaba tanto… Saltar la roca, hacer de espías para no levantar sospechas entre nidos de culebras y abejas o hacer de funambulistas por huertos de lechugas, patatas, judías y berzas; son algunas de las sensaciones que solo nosotros podremos comprender y que vosotros observabais desde el otro lado y otra perspectiva. Seguro que nuestro bosque solo era un jardín mal segado bajo vuestros ojos. Llegar al otro lado era una gran aventura que recuerdo con mucho cariño, y  dolor, pero volver a ello siempre me trae lágrimas sanas.

Cada vez que vuelvo allí estoy más convencida de que aquellos negrillos que marcaban el límite no fueron los hechiceros de aquel lugar. Mi compañero de aventuras y vosotros fuisteis los magos de mi cuento. Llegar allí y veros era lo que realmente movió algo dentro de nosotros y por lo que hoy recuerdo aquello con tanta ternura. Esos ojos cristalinos nos transmitieron una felicidad y cariño incompensable.

¿Vuestro pequeño mundo? Me gustaría deciros que sigue igual, pero ni vosotros estáis allí ni yo puedo mirarlo con aquella felicidad. Hay flores que siguen creciendo, muchos gatos siguen maullando (aunque muchos piensen que echan de menos vuestro pan, sé que en realidad lo que les pasa es que no han olvidado vuestro olor), y, a veces, me dan ganas de subir esa cuesta gritando vuestros nombres a ver si alguna gallina cacarea indicándome que estáis allí. Aquel balancín, la mesa de madera y el espantapájaros. El marrón de la tierra, el verde del césped y el rojo de los tomates.

Me encantaría tener el valor de regalaros un día este trozo de mi memoria, de la que sois dueños, para que vuestros ojos, aunque de manera algo diferente, volviesen de nuevo esos ratos fugaces que en mi cabeza serán eternos… O eso me gustaría. Solo puedo decir que ojalá no hicieran falta mis palabras para que el uno recuerde y el otro tenga fuerzas de viajar en el tiempo. Quizás sea el momento más inexacto e insignificante que os haya podido recordar, pero espero que si algún día lo leéis, os deje poco algia (en griego dolor) y mucha buena nostalgia.

Os pienso mucho, Sara.

Memorizar es algo horrible para los estudiantes y nostálgico y doloroso para los que recuerdan. Para los que pierden la memoria, esta lo es todo y no es nada.

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