La pretensión de originalidad

El otro día salí a caminar con un amigo. Entre todas las agradables conversaciones que mantuvimos, hubo una que quiero recuperar ahora: en ella hablamos asuntos literarios como el estilo, la originalidad o la búsqueda que mantiene el escritor consigo mismo.

Mi amigo, preocupado, me transmitió cierta impresión que le inquietaba. En la noche anterior había intentado escribir un poema nuevo, o más bien, intentado esbozar la idea de un poema nuevo. Mi amigo, tras una hora de sesuda búsqueda –según él me dijo– claudicó y se fue a la cama. No había encontrado ni captado lo que quería para ese futuro poema. También me dijo que ésta no era la única vez que le pasaba, que esta misma situación frustrante le había sucedido más veces en un espacio de tiempo relativamente corto. Continuamos con el afable paseo y cortando su frustración y tristeza con una pregunta, le dije “¿Qué pretendes conseguir además de escribir poemas?”. Hubo un silencio, y tras unos segundos me dijo que, además de escribir poemas deseaba alcanzar, “supongo” –me dijo– un estilo propio y original. Aquí, entonces, es donde estriba el problema, donde comienza toda la falta de inspiración.

Actualmente, como hace mi amigo, muchos aprendices de escritor queremos, además de escribir un par de buenos versos, hallar un estilo propio a través de la originalidad. A nadie se le ocurre a estas alturas escribir un soneto barroco, una lira renacentista o una cuaderna vía como las del Arcipreste. A nadie se le ocurre, o en su defecto, a casi nadie, ya que éstas formas y estilos “no son originales, y además, están ya muy desgastadas y usadas”. En un mundo en el que aburre optar por lo clásico, por lo antiguo y por lo desgastado, ser original y único es lo más conveniente. Todos, absolutamente todos los que escribimos, hemos intentado ser innovadores y hallar un estilo reconocible. Nadie se ha librado de ello. Pero… ¿y si estuviéramos equivocados? ¿Y si nuestra labor fuera la de no buscar un estilo? ¿Y si crear metáforas personales, poemas únicos, estilos reconocibles y formas métricas novedosas, no fuera lo más inteligente…? Quizá no deberíamos ocupar nuestra mente en una búsqueda que jamás se halla de una forma consciente, una búsqueda que no es búsqueda, sino un elaborado cóctel de todo lo que has leído y aprendido a lo largo de los años… Quizá, un escritor, para hallar un estilo propio, no deba preguntarse “¿Esto puede escribirlo alguien más a parte de mí?” sino “¿He logrado expresar lo que quería decir?”. Ya lo dijo Borges, que en la juventud, se comete el pecado de querer ser único y original. Y lo cierto es que el lenguaje está compuesto de palabras mutiladas por su uso a lo largo de los siglos a pesar de los neologismos. El mismo Borges, también dijo “yo quise ser innovador, por eso fui ultraísta, pero con los años me he dado cuenta de que la originalidad es un espejismo, que nadie puede ser completamente original, por ello, me he resignado a escribir lo que me apetece como me apetece y cuando me apetece”.

Así pues yo pienso ¿quién es el original y único? ¿La persona que opta por hacer lo que hacen todos en la actualidad, o la persona que opta por escribir un romance medieval en pleno 2018? ¿Quién es el más original? Claramente, el segundo, porque está siendo él mismo. Como vemos, nos hemos metido en una paradoja un poco absurda. En estos tiempos, en los que ser innovador y hallar una voz personal es casi una obligación, el más rompedor es el que se sienta a las tres de la mañana, con hastío y desdén, a escribir un soneto barroco pensando en el bueno de Quevedo.

Diego Godián

Alumno de Filología Hispánica. "Me verás partir con dos versos bajo el alma, me verás morir sobre un poema que no es mío".

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