La tarde junto al Sena

Imagina el color del sol en un atardecer de primavera, cálido, suave, brillante. Imagina la presencia continua de aquel al que le importas, el cariño que desprende al aire.Imagina la risa suave y constante de aquellos rizos color azabache volando junto al viento. Ahora imagina un peso enorme sobre el pecho de las ondulaciones en el tiempo y las palabras salidas de su boca “Tengo que contarles algo”. Entonces el silencio lo envuelve todo. Se siente el ruido de la calle, el aire cambiar y ya no hay vuelta atrás.

En el banco de piedra se sienta el atardecer de primavera, el cariño que todo lo rodea y la bohemia de los rizos negros. Mientras que el peso de su pecho obliga al tiempo, parado hace ya largos meses, a sentarse sobre el templado suelo del paseo junto al Sena. Lucha contra el miedo y lo cuenta todo. No les mira a los ojos, no es capaz. No puede. No quiere ver la decepción ni la lástima reflejada en sus miradas.

El silencio vuelve a tomar control. Pero al segundo de terminarlo todo, de responder a preguntas incrédulas, el peso oprimente de aquel pecho dolorido disminuye. La tragedia casi se convierte en un mar de lágrimas cuándo a todo se le agrega la pérdida. Pero una mirada al cielo oscurecido, a los ojos del sol al atardecer, al cariño y al bohemio le devuelve la calma. Ya puede respirar mejor. El peso disminuye, porque todavía no puede desaparecer, pero algún día lo hará.

 

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