Cine fantástico I: una realidad inventada

La fantasía constituye un amplio género dentro de la historia del cine. La creación de mundos nuevos y paralelos conforma una gran parte de la producción cinematográfica, sobre todo en las últimas décadas. Los progresivos avances tecnológicos y presupuestarios con los que han ido contando las productoras de cine han concedido la capacidad de formular universos sensorialmente extraordinarios para el espectador. La imposibilidad de encontrarnos en nuestra realidad, tanto presente como futura, con lo que vemos en las películas de fantasía es lo que diferencia fundamentalmente a este género de la ciencia ficción.

Sin embargo, muchas de estos filmes tienen la capacidad de transportarnos a otras realidades distintas sin generar una sensación de extrañamiento en el espectador, pues los tópicos o ideas sobre los que se cimienta la historia son absolutamente verosímiles y conforman, en muchas ocasiones, una crítica social para nada desperdiciable. Esto es lo que permite, en algunos casos, poder ver más exteriormente una película en la juventud, como mero objeto de entretenimiento, y  en la madurez, pudiendo reconocer los tintes ideológicos y críticos que a menudo incluye la película. Sagas como Harry Potter o Las crónicas de Narnia (adaptaciones de novelas) crean un importante material juvenil sobre el que es posible volver a recrearse en el futuro a modo de reminiscencia y revalorización de la profundidad de las historias, tanto en el caso de la película como en del libro.

A pesar de ser blanco de constantes prejuicios por parte de aquellos a los que les horroriza ver en la gran pantalla tanto criaturas y seres como paisajes extraordinarios, es cierto que la amplia crítica y reflexión sobre valores mundanos que ofrecen algunas películas del  género fantástico podría explicar su éxito. Un gran ejemplo de esto es Juego de tronos (basada en la novela de George R. R. Martin) que se ha convertido en una de las series más vistas de la historia; pues a pesar de estar ambientada en un mundo ficticio donde habitan criaturas sobrenaturales, la actitud y la forma de actuar de los personajes han dado lugar a todo un abanico de relaciones y sucesos que fundamentan una amplia crítica para nada irreal. También encontramos en las sagas de El señor de los anillos y El Hobbit – basadas en novelas de Tolkien- un increíble reflejo de cómo el egoísmo y la codicia humana pueden conducir al final de la existencia de todo un universo. Directores como Tim Burton son capaces de crear mundos imaginarios por medio de una estética muy tenebrista que permite identificar el género sobre el que nos estamos moviendo. Si bien esto no impide que el sentimiento de melancolía nos invada numerosas veces, olvidándonos por completo de la naturaleza de personajes como Eduardo Manostijeras o de la inverosímil pero sobrecogedora historia de Willy Wonka en Charlie y la fábrica de chocolate. Los mundos de Burton ofrecen una apuesta interesante de personajes que superficialmente pueden rozar el goticismo, pero con historias que tocan lo más profundamente humano.

Un  buen ejemplo de cine de fantasía lo encontramos en los Estudios Gihbli, que ofrece tanto películas que se insertan dentro de este género (El viaje de Chihiro, El castillo ambulante) como otras de carácter más realista, pero siempre con elementos que muestran matices fantásticos y maravillosos, como es el caso de La tumba de las Luciérnagas. Una de las creaciones cinematográficas más conocidas de este estudio de anime japonés es La princesa Mononoke (todo un éxito de taquilla en Japón y EEUU en 1997), que nos dispondremos a analizar en el siguiente artículo como una película donde los elementos fantásticos esconden una importante crítica, principalmente ecologista, hacia el ser humano.

 

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