Los ojos violetas

              “La Eternidad…. Es la mar mezclada con el sol.”

ARTHUR RIMBAUD

 

En Atenas puedes comprar de todo excepto felicidad. En cada calle hay un mendigo pidiendo limosna, los negros son la viva imagen de los sueños rotos, las sonrisas se alquilan en cada puesto ambulante de soublaki y la gente habla con un idioma tosco y enigmático. Esto es lo único que vi durante horas, mientras caminaba por las aceras del barrio de Plaka y por las calles contiguas a la plaza Sintagma, pero algo me hizo ignorar el mundo.

A lo lejos lo vi, me llamó mucho la atención. Me sentí atraído hacia un papel ignorado que descansaba sobre la calle. Fue como una llamada de alerta o como un alarido de compasión. Lo cierto es que estaba obligado a adoptar aquel papel. Me acerqué despacio, esquivando a las personas que se cruzaban en mi camino y en mitad de la calle lo recogí. Estaba doblado, y cuando lo desplegué vi que contenía un pequeño texto escrito en griego. Al no saber leer griego tuve que acudir a un vendedor ambulante para que me tradujese la misteriosa nota. En un inglés muy básico y errático, el vendedor me tradujo el texto:

—Sir, this paper says: “Athen’s gray eyes are full of misery”.

Di las gracias y sentí un alud de curiosidad por saber quién había escrito tal cosa. Le pregunté si sabía quién lo podría haber escrito, y me dijo que no tenía ni idea. Resignado a desconocer el autor, miré con nostalgia al horizonte y vi cómo bullía la multitud: niños, mujeres, hombres, jóvenes, gitanos, ancianas, mendigos…

♣♣♣

Al día siguiente volví al lugar en el que había recogido el papel para intentar averiguar algo. Sabía que era prácticamente imposible encontrar el autor, pero mi esperanza era inagotable. Ya dado por vencido, cuando estaba volviendo al hotel, vi que en el toldo de una humilde tienda de amatistas había escrito lo siguiente:

“Athen’s gray eyes are full of misery, and the sea cries one last time facing us…”.

No pude evitarlo, y entré a la tienda. Tras el mostrador había un muchacho de unos quince años que parecía cansado y se estaba rascando la cabeza todo el tiempo. Le pregunté en inglés básico por la inscripción del toldo, y sin responderme se metió en el almacén de la tienda y salió de él tras unos minutos, ayudando a caminar a una anciana con un pañuelo en la cabeza, y con un rostro deformado por las arrugas.

Cuando llegaron ante mí, el muchacho me dijo:

—Mi abuela dice que la inscripción del toldo es parte de un poema de Katsou.

—Y quién es Katsou –dije, asombrado por la respuesta en castellano.

Tras unos segundos de diálogo, el muchacho y la anciana me miraron.

—Mi abuela dice que si quieres saber algo más, debes ir a la ladera de la Acrópolis esta noche.

Dije que por la noche estaría allí y salí de la tienda. Me dirigí al hotel, y en medio de la plaza Sintagma me tropecé con un mendigo que portaba un clavo y un pedazo de vasija. Yo iba tan sumergido en mis pensamientos que ni tan siquiera lo vi. Me disculpé y seguí adelante.

♣♣♣

Llegó la noche y me dirigí hacia la ladera de la Acrópolis. Tardé una media hora en llegar porque iba caminando. No llevaba reloj, pero supongo que serían las once de la noche cuando me senté en una roca a esperar a que alguien viniese. Pasó muchísimo tiempo, pero al final vi a un grupo de tres personas acercarse. No dijeron ni una palabra, simplemente ignoraron mi presencia y ascendieron la ladera, naturalmente, yo los seguí.

Se pararon de repente y encendieron una vela. Me percaté de que era la anciana de la tienda la que la sostenía. La vieja mujer no me quitaba los ojos de encima, no paraba de desgranar mi rostro con su mirada, como si buscase algo en mí. Por fin apartó sus intimidantes ojos y mi sorpresa fue mayúscula cuando me percaté de que uno de los integrantes de ese extraño grupo era el mendigo con el que me había tropezado aquella misma tarde. La anciana se acercó a él y empezaron a hablar en un idioma que no era griego, parecía algo mucho más recargado y rústico. El mendigo, que también era anciano, tampoco paraba de mirarme. Había algo muy extraño en su mirada, lo noté.

Eran altas horas de la noche, y las facciones de los rostros no se apreciaban bien, pero yo sabía que su mirada contenía algo extraño. Cuando terminaron de hablar, el mendigo anciano comenzó a ascender por la ladera, dirigiéndose hacia la cima de la Acrópolis. Llevaba con él unos cuantos pedazos de vasijas rotas, y unos clavos.

La anciana, el otro hombre y yo comenzamos a descender por la ladera. Cuando por fin llegamos a terreno liso, el otro hombre empezó a hablarme en inglés básico. Rápidamente me di cuenta de que era el vendedor que me había traducido desde el griego la frase del papel. Adjunto literalmente lo que me dijo:

—Yo no quería que tú, extranjero, supieses esto. Pero Arekía ve con buenos ojos tu temperamento, y Katsou ha aceptado la presencia. Como ellos son los más ancianos, yo debo aceptar su voluntad. Katsou ha dicho que tu alma es limpia de males, y que no sucederá nada si aquí te traemos nosotros. Katsou quiere que sepas quién es. Katsou transforma el dolor en algo de valor, la miseria de Atenas la transforma en algo precioso. La única forma de atrapar este dolor de Atenas es escribiendo versos y frases en papeles y vasijas. Nadie sabe cómo Katsou transforma en belleza algo tan triste como la miseria de Atenas. Nosotros somos sus elegidos y ahora también tú. Él dice que la miseria debe acabar, y para ello las personas buenas debemos empezar el cambio. Es nuestro turno, Arekía.

Yo estaba atónito, no podía articular palabra. Arekía y el vendedor, que resultó llamarse Menis, sacaron unas vasijas de detrás de una gran roca y con cánticos desconocidos, empezaron a derramar agua sobre el suelo. Sus cantos eran hipnóticos, tenían el poder de trasportarte a un lugar inexistente donde todo fluía en equilibrio. Yo les escuchaba y les miraba asombrado, por un segundo me sentí como si retrocediese 2.400 años al pasado y estuviese viviendo en la antigua polis. Los cánticos cesaron en unos diez minutos, y se acercaron a mí. Menis me dijo:

—Esto es todo, ahora, hay que esperar a que llegue Katsou.

—Pero… ¿cómo transforma el dolor en algo bello?

—Nadie sabe cómo, es el gran secreto de Katsou…

De repente el enigmático mendigo, apareció. Ya había descendido de la Acrópolis. Lo que vi me hizo plantearme si estaba realmente soñando o si estaba aluciando. Katsou había ascendido a la Acrópolis con pedazos de vasijas rotas, en los que había frases escritas, y ahora, en sus ancianas y arrugadas manos, portaba dos bolsas llenas de amatistas violetas.

Cuando Arekía se acercó a él le iluminó por un momento el rostro y por fin vi sus ojos completamente iluminados. Katsou tenía los ojos violetas, del color de las amatistas. Me miraba fijamente con esos ojos extraños y bellísimos, y por un instante sentí que estaba ante Homero, ante un fantasma o un espíritu del arcaico poeta griego. Una sensación de intimidación y admiración me invadió cuando se acercó a mí lentamente y puso una de las amatistas en mi mano y dijo en perfecto español:

—Aquí está la tristeza de Atenas, la vieja gloria de la ciudad, la mirada de Apolo, el tridente de Zeus y la sabiduría de Atenea. Úsala para el beneficio de estas tierras.

Katsou repartió las amatistas y él tan sólo cogió las vasijas que Arekía y Menis habían usado en el ritual, las estampó contra el suelo y se guardó los pedazos.

No podía moverme. Arekía y Menis se fueron por una calle y Katsou se sentó en el suelo. Yo me fui al hotel, sin poder asimilar lo que acababa de ocurrir.

♣♣♣

Llegué al hotel a las dos de la mañana y comencé a pensar en Katsou. No podía desprender de mi memoria su lento y sigiloso caminar, su voz ronca y profunda, su poblada barba blanca, su enorme estatura, sus arrugas marcadas, su pelo larguísimo y blanco… Y sobre todo, sus enigmáticos ojos violetas que eran capaces de desnudarte por dentro si apuntaban hacia ti…

Por un momento pensé que Katsou era un ser mágico. Y recordé un mito que me contó un anciano la vez anterior que estuve en Atenas. El mito dice que Poseidón se enamoró perdidamente de Selene, porque su bello rostro pálido se veía reflejado cada noche en las cristalinas aguas del ponto. La blancura  y soledad de Selene deslumbraron a Poseidón, y éste lanzó una ola interminable hacia el cielo. La ola penetró por los cráteres de Selene, y de esta unión nacieron tres hijos que, según este desconocido mito, siguen viviendo en la Tierra. Estos hijos de Poseidón y Selene no tienen nombre, y se dice que poseen la sabiduría de los mares y los cielos.

Me quedé muy confundido al recordar este mito, las historias sobre dioses griegos eran invenciones ancestrales, no podían ser verdad, pero Katsou realmente parecía provenir de otro mundo, me mostré incrédulo ante esta fantasía y concluí que el secreto de Katsou tenía que ser descubierto. Me planteé ir a observar a Katsou, a escondidas, a la cima de la Acrópolis. El día pasó muy lentamente, pero eso hice. A las doce de la siguiente noche yo estaba en la cima. Por fortuna los guardias no me vieron porque subí por una zona poco frecuente. Allí me quedé esperando, tras una roca de los propileos. Esta vez sí que me traje reloj. El secreto de Katsou iba a ser desvelado.

Pasaron dos horas, y nadie subía. Esperé muchísimo tiempo, hasta el amanecer, y nadie subió. A las ocho de la mañana, ya amanecido, me fui al hotel debido a mi cansancio. Katsou se debía haber percatado de mi presencia. Dormí hasta las dos de la tarde, y a esa hora salí a pasear por Plaka, pensando ya en cómo pillar a Katsou en la próxima noche. Cuando pasé por la tienda de amatistas de Arekía, vi que estaba cerrada, y que habían quitado el toldo. Esa noche acudí otra vez a la Acrópolis en vano, porque nadie se acercó.

Tiempo después, un inglés me dijo que hace unos días habían encontrado a un mendigo muerto, con unas vasijas rotas y unos clavos, en mitad de la plaza Sintagma. Ese hecho me llenó de tristeza y cogí los billetes de vuelta a España. Katsou se había llevado el secreto a la tumba. Me metí las manos en los bolsillos y noté que el papel todavía estaba ahí. Lo saqué, y leí por última vez aquel verso: “the gray eyes of Athens are full of misery”. Tiré el papel al suelo, ya nada salvaría a Atenas.

Me alejé rápido y miré atrás. Una mujer acababa de coger el papel y lo estaba leyendo. Ella no iba a correr mi misma aventura porque Katsou ya no estaba con nosotros.

♣♣♣

En un ataque de nostalgia, ya montado en el avión, cogí la amatista que él me dio y me di cuenta de que había una inscripción en su base. La inscripción estaba en inglés y decía:

“I am just resting. I will return to Athens by sea

 

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