De cómo la censura no es sólo cuestión poder

Ay, la libertad de expresión. Lo bonito que suena. Decía el genial don José Luis Sampedro que la libertad de expresión no tenía ningún valor sin libertad de pensamiento. Y qué razón tenía. Y la libertad de pensamiento se puede ver asediada por dos motivos principales, a saber: ora la alienación que ejerce el poder sobre el individuo, ora la propia ignorancia del individuo en sí. Y, cuando se juntan, puede ser catastrófico.

Asimismo, es menester diferenciar entre dos tipos de reacciones que pueden tener lugar en aras de le cercenar la libertad de expresión, que, aunque bien diferentes, están relacionadas entre sí. Estas reacciones no son sino la represión —aplicable sólo en manos del poder— y la censura, siendo esta última territorio común entre el poder el individuo. Gustaría de añadir que con la palabra poder no me refiero sólo al poder en términos políticos, porque el poder es poder dependiendo del ámbito. Me explico: el poder puede ser el periódico para el que trabajas, la discográfica con la que has firmado un contrato, etc. Creo que se entiende.

En fin, pero mi propósito era hablar sobre música, no sobre la libertad de expresión en términos generales. Valga, por tanto, lo anterior como introito a lo que aquí sucede.

El poder siempre es poder, no seáis ingenuos, nos decía siempre don José María Díez-Borque en nuestras clases de Literatura Española del Siglo XVII. Y así es. En el siglo XVII, todavía existía la Inquisición, y tanto la censura como la represión eran el pan nuestro de cada día. Bien, hasta ahí, todos de acuerdo. ¿Qué les parece si les digo que la Inquisición —metafóricamente hablando— todavía existe? No les descubro nada, creo. Pueden encontrar por ahí todos los ejemplos que quieran. Ni sé ni quiero saber los nombres, pero hay más de un rapero —y más de dos y más de tres— que ha sido procesado legalmente por el hecho de hacer canciones, siendo absolutamente irrelevante el contenido de éstas, pues canciones son. En vez de procesarlos por hacer rap (díganles a los que se ofendan que estoy ironizando)… Y esto, amigos, más que censura es represión, porque el contenido ha sido publicado y las medidas del poder son represivas (del tipo multa, cárcel, etc.), no censoras.

Javier Krahe y Joaquín Sabina, cantando ‘Cuervo ingenuo’.
Fuente: portalmajes.com

Ejemplos de censura también hay en la música, y no hace falta irse tan atrás. Se me ocurre el ejemplo de Javier Krahe, que escribió la canción Cuervo ingenuo en tiempos de Felipe González, simplemente señalando su hipocresía política (“Tú decir que, si te votan, / tú sacarnos de la OTAN”) y su ignominia. Pues Krahe consiguió ser vetado por el Gobierno.

Pero la censura no es sólo practicada por el poder, como digo, también por lo que podríamos llamar clases populares (no quiera la Providencia que el pueblo sea eso). Este verano, un ayuntamiento que, si no me equivoco, era el de Pamplona —es irrelevante la geolocalización; importa el hecho—, prohibió la reproducción y/o interpretación de ciertas canciones de reggaetón por iniciativa de no sé cuál asociación, con motivo del contenido machista de éstas. Eso, ponderados lectores, sea en nombre de la lucha que sea, es censura. Y no seré yo quien defienda el reggaetón. Censura es, también, que Loquillo tuviese que dejar de interpretar la canción La mataré de Sabino Méndez, y más cuando el mismo autor ha señalado que la intención de la canción era contraria al machismo. Yo creo que esta sociedad ha perdido el sentido de la ironía, nos hemos vuelto todos autistas. Censura es, para terminar de ejemplificar, señalar que Joaquín Sabina es machista por escribir “Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres” en su canción Contigo, ignorando toda la historia de la literatura —esta frase proviene de la tradición del amor cortés provenzal—, aparte de perder toda capacidad de interpretación de metáforas y dobles sentidos. Creo que se entiende que si le digo a alguien que me muero por sus huesos ni me voy a morir a propósito ni quiero sus huesos para nada.

Y, ojo, no digo que, tal vez, todos estos personajes anteriormente señalados sean machistas, incendiarios peligrosos o lo que se quiera, en cada caso. Ni lo niego. Ahí no me meto, porque no es mi terreno, para empezar. Y, para seguir, porque creo que es algo siempre interpretable y, por tanto, subjetivo. Lo que digo es que coartar la libertad de alguien a expresarse es una expresión ­—valgan la redundancia y el políptoton— o bien de maldad o bien de estupidez. Y, me temo, va ganando la segunda.

Javier Báez

Javier Báez es un joven músico, poeta y escritor. Trabaja como sonetista para el periódico madrileño 'Distrito Villaverde' y, actualmente, es graduando en Español: Lengua y Literatura por la Universidad Complutense de Madrid. @JavierPBaez

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