Cuando se siente fuerte, y se vive, y se piensa, los objetos que nos rodean y que nos ven vivir son invadidos por un animismo peculiar que los dota de una alma concreta a cada uno. Establecemos relaciones inexorables, espirituales, abstractas e invisibles con ellos. De ahí nace la manía de conservar el sitio de las cosas y no moverlas. Por eso duele arrancarlas de su lugar, desde el que nos han estado contemplando todo el tiempo, y empujarlas en cajas deshaciendo una habitación; hasta que todos estos objetos emocionales del espacio pasan a ser una pintura del recuerdo cerebral. Desbaratado el escenario, nunca más van a ocupar los puntos de referencia emocionales que dirigieron esa porción de nuestra vida que dejamos atrás. Pero en alguna doblez de la memoria todo se mantiene intacto: inmóvil la habitación, callados los objetos, esperando a ser evocados para derramar recuerdos y recuerdos.

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