315

Cuando se siente fuerte, y se vive, y se piensa, los objetos que nos rodean y que nos ven vivir son invadidos por un animismo peculiar que los dota de una alma concreta a cada uno. Establecemos relaciones inexorables, espirituales, abstractas e invisibles con ellos. De ahí nace la manía de conservar el sitio de las cosas y no moverlas. Por eso duele arrancarlas de su lugar, desde el que nos han estado contemplando todo el tiempo, y empujarlas en cajas deshaciendo una habitación; hasta que todos estos objetos emocionales del espacio pasan a ser una pintura del recuerdo cerebral. Desbaratado el escenario, nunca más van a ocupar los puntos de referencia emocionales que dirigieron esa porción de nuestra vida que dejamos atrás. Pero en alguna doblez de la memoria todo se mantiene intacto: inmóvil la habitación, callados los objetos, esperando a ser evocados para derramar recuerdos y recuerdos.

María Teresa Burguillo Escobar

Onubense, estudiante de Filología Hispánica y apasionada de la poesía, la lengua y el arte. Departamento de Lingüística. Definirme es evocarme en la plasticidad de las tintas. Y de entre los que han hablado del recuerdo, he aquí a uno amado de la luna: “¡Lluvia constante/ -esqueleto florido de la frente-/ de rosas, de luceros, de ojos, de alas,/ con un pedazo de arcoiris/ infinito!” (JRJ)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *