El libre albedrío del género gramatical

En el anterior artículo, “La carne del lenguaje”, citábamos a Herder: “el alma humana piensa con palabras”, y hablábamos de esa ligazón entre el lenguaje y la percepción humana de la realidad, así como de la natural disposición humana al habla. Sin embargo, si hacemos introspección en nuestra lengua hallamos incógnitas difíciles de resolver: no todo está tan claro. El propio idioma se ha adhiere tan fuertemente a nuestra esencia personal que es complicado diseccionar las palabras como cuerpos extraños a la materia misma de la que estamos hechos. Uno de estos conflictos surge de la consideración del género en la lengua. Pero, el género, en principio, no clasifica el mundo real, sino que es una categoría formal cuyo fundamento es constituir relaciones lingüísticas; aunque en ocasiones sí se produce una especie de conexión entre el mundo natural y esta categoría, y es ahí donde confluyen las diversas interpretaciones y nacen los enfrentamientos de ideas.

¿QUÉ ES EL GÉNERO?

En primer lugar, hay que tener presente que el género forma parte de la innere Sprachform, es decir, la manera interna o inherente que tiene una lengua de digerir la realidad circundante. Las lenguas analizan el mundo de modo diverso e incluso evolucionan en la forma en la que funcionan sus propias mentalidades. A propósito de nuestro idioma español, el género es “una propiedad gramatical de los sustantivos y de algunos pronombres que incide en la concordancia” (con algunas excepciones, como el águila, en el que de todas formas no hay discordancia de género sino una variante del artículo femenino para sustantivos que comienzan por /a/ tónica, vestigio del latín illa aquila), según la Nueva Gramática de la Lengua Española de la Real Academia Española, y sí tiene refracción morfológica.

El género es un morfema extenso (grosso modo, es un accidente gramatical, pero en el nombre sí es una propiedad intrínseca) que se desarrolla a lo largo del sintagma armonizando la condición genérica del nombre (y algunos pronombres) con los determinantes, los cuantificadores y los adjetivos o participios. A pesar de ello, es en algunos demostrativos (esto, eso, aquello) y cuantificadores (tanto, cuanto, mucho, poco), así como en el artículo lo y en los pronombres personales ello y lo, donde podemos rastrear algunas huellas del género neutro de origen indoeuropeo, inexistente en los nombres. Aun así, no es comparable ni puede situarse en el mismo nivel con la oposición entre masculino y femenino, pues este neutro ha quedado relegado a la designación de ciertas nociones abstractas. También lo observamos en lo en contextos anafóricos, como en lo que se refiere a un contenido de valor proposicional (por ejemplo, “lo anterior lo explicó la madre de Ana”), y en lo en la copulativa enfática (como, “con lo que golpeó la ventana fue con una pelota de goma”).

Partiendo de estas premisas y antes de dilucidar la presencia del género en varias clases de nombres, es imposible sortear dos preguntas que emergen desde el comienzo de este planteamiento y persisten puntillosas a lo largo de la exposición: ¿qué significa verdaderamente el género?, y ¿cuál es con exactitud su refracción morfológica?

De acuerdo con las acepciones que ofrece la RAE para género, observamos que siempre está ligado a los conceptos de clasificación y taxonomía; y si rastreamos su origen latino, añadimos los matices de estirpe, linaje y tronco u origen común. Pero determinar en qué se basa esta clasificación o taxonomía de los nombres en género masculino y femenino es el mayor interrogante. Para ello, si colocásemos en fila india las palabras integrantes de estos dos inmensos grupos y las enfrentásemos cara a cara, podríamos en un primer momento creer en la visión ilusoria de que muchas de ellas se miran en un espejo que muestra a cada lado la imagen opuesta del otro. Sin embargo, masculino y femenino no son términos opuestos, sino que el femenino designa un grupo concreto de nombres (marca sobre los demás a una serie de sustantivos) y el masculino no tiene marca y engloba el conjunto de nombres en su uso genérico (el cual no es siempre el plural: “los hombres” no entraña género femenino, mientras que “el hombre” dependiendo del contexto sí puede implicar femenino). Esta consideración del masculino como género no marcado contradice un poco la afirmación de que los nombres variables alternen la terminación –o/-a para referirse a uno u otro género, como en niño y niña, pues, si el masculino es no marcado debería considerarse la única marca la –a, añadida a la raíz niño-. Es decir, solo en el uso no genérico sí se podría sentir la -o (de niño) como una señal del masculino y referencia al sexo del varón (frente a niña).

De hecho son masculinos también, según la NGLE, los infinitivos sustantivados y todas las unidades léxicas que se sustantivan por razones metalingüísticas.

Pero la duda persiste, ¿qué contiene el género? Aunque la definición de la Academia sentencia firmemente “es una propiedad gramatical”, la agitación interior del hablante curioso es inevitable pues, si no es más que una propiedad gramatical, no deberían aparecer en entradas distintas del diccionario las parejas de nombres heterónimos como dos sustantivos con ciertas diferencias entre ellos que sobrevuelan el carácter sexual, por ejemplo. Pero, si sí aceptamos que yegua sea el femenino de caballo como lo es niña de niño, tenemos que analizar con más cuidado la línea que separa el campo de elección de un hablante para escoger la palabra en género femenino en lugar de en masculino y viceversa, dado que es irremediable atribuir cualidades léxicas y semánticas y no solo gramaticales a cada género.

EL SUPUESTO ANTAGONISMO DE LA DUALIDAD GENÉRICA

Sin embargo, ¿sobre qué principio se sostiene qué palabra es el femenino o el masculino de otra dada? En el caso de que sea puramente morfológico, es decir, que observemos una raíz idéntica que solo cambia un morfema final, el cual además atribuimos comúnmente a ser indicador del género, nos sentiremos perdidos en manzana y manzano, por ejemplo, ya que podríamos suponer que son la misma palabra en sus dos variantes genéricas. No obstante, si la explicación de la Academia ejemplifica su definición con heterónimos, se entiende que está sobrepasando la pura forma, la tosca morfología de la palabra, y se está refiriendo a unos rasgos del mismo referente, de la realidad, que tienen que ver con el concepto y el significado que el hablante capta de los objetos, y no exclusivamente con una concordancia desvinculada del contexto y totalmente azarosa y arbitraria.

Entonces, la clave está en qué grado de solidez le conferimos a la significación del género para relegarlo a una propiedad gramatical, es decir, a una mera categoría formal cuyo fundamento es la cohesión oracional, y a qué tipo de significaciones les permitimos que ocupen esa delgada franja que las conserva en el ámbito de la variación morfológica y no en el de nuevas realidades léxico-semánticas.

Por ello vamos a desmenuzar con detalle la presencia del género en la flexión nominal del español. Para llevar a cabo esta tarea es sustancial hacer en primer lugar una amplia distinción entre nombres que significan cosa, inanimados e incapaces de funcionar como agentes de una acción verbal, y nombres que significan seres vivos, animados y agentes en potencia de la actividad de un verbo.

Por un lado, en los nombres que significan cosa, el género es inherente y no tiene refracción morfológica (“el libro, la mesa”). Además, la asignación del género es arbitraria pese a haber ciertas reglas formales que de todos modos no abarcan la totalidad de los casos concretos. Ciertos lingüistas señalan algunas parejas de nombres que alternan la terminación –o/-a en aparente oposición (“puerto y puerta”, “madera y madero”…), pero queda demostrado que no existe tal oposición por tener las palabras orígenes distintos (puerto viene de portus, y puerta de porta) o por la confusión con –o/-a del morfema derivativo (“madero proviene de madera”, implica unidad frente a sentido colectivo); o incluso, por actuales cambios de género en los medios de comunicación debido habitualmente a la elisión de nombres (“una (carrera) maratón -género masculino que por el uso en este sintagma está desarrollando una conciencia de femenino en los hablantes-”). Las terminaciones de estos nombres no siempre ponen de manifiesto el género que les corresponde.

Por otro lado, con muchos sustantivos que designan seres animados el género sirve para diferenciar el sexo del referente. Estos nombres presentan varias posibilidades. Por una parte, muchos son variables y alternan la terminación –o y –a. Estos pueden presentar un incremento morfológico (abad y abadesa), a veces considerado un sufijo o no, por tener la palabra en femenino procedencia latina (abbatissa), pero que aun así en la mayoría de los casos luego ha aumentado su productividad recurriendo en otros nombres sin procedencia latina (marquesa). Por otra, existen algunos que son heterónimos y usan un término diferente para cada género (hombre y mujer). Además de estos, nos podemos encontrar con nombres comunes en cuanto al género, que son en realidad invariables y solo descubrimos su género por el determinante y los adjetivos que los acompañan (el/ la periodista). De esta forma, como no manifiestan su género, solo podemos guiarnos por el sexo del referente que se aprecia en el artículo. Así que cabe la duda de si es el artículo el que señalando la realidad impone el género como manifestación sexual a este tipo de nombres, o si hay algo invisible en el nombre e intrínseco a su realización en el contexto que imponga un género que se extiende al artículo y a los complementos. Por último, nos encontramos con los epicenos, que son siempre o masculinos o femeninos (y los únicos nombres de seres vivos en los que no hay por tanto una referencia al sexo del ser al que designa, porque se refiere indistintamente a los dos, de manera que esto solo se sabe si se le añade “macho” o “hembra”; pero el resto de adyacentes han de concordar con el género inherente al nombre).

Los nombres propios tienen sus posibilidades particulares. Pueden ser variables (“Antonio” y “Antonia”); pueden designar a hombres o mujeres, lo que sería algo parecido a los heterónimos en los comunes: un término diferente para cada género (“Jorge” y “Lucía”); o pueden ser comunes en cuanto al género (“Chus”, aun así, cambiaría el artículo ante nombres propios de uso coloquial y vulgar en según qué zonas, y concordaría con el género correspondiente).

¿QUÉ VESTIMENTAS MORFOLÓGICAS USA EL GÉNERO?

La Academia establece en su NGLE que los morfemas de género son únicamente “los segmentos a los que corresponde la información morfológica relativa al sexo”. De manera que se quedan fuera los nombres que designan objetos con el siguiente dictamen: “las terminaciones de los sustantivos de género inherente no son, pues, depositarias de información genérica” (pág. 26 de la NGLE), solo porque no aluden al carácter sexual del referente. Pero, sin embargo, sí pueden aludir a otros significados emparejándose, como, árbol-fruto, materia-pieza, colectivo-individuo… pero esto, aunque sí distinga clases o géneros de cosas, se excluye del género gramatical. Es decir, que aunque en un primer momento se niegue, sí hay una identificación del género con el sexo clara en nuestra gramática normativa, una cierta obsesión. Esto no concuerda con la declaración primera de que el género es una propiedad gramatical, porque, de hecho, hay una búsqueda quisquillosa de la diferenciación sexual. Pues, las terminaciones –o y –a en los sustantivos inanimados, que marcan diferencias léxicas no ligadas al sexo, se consideran morfemas derivativos. En algunos casos, procede de otra palabra en latín que deriva de la primera, de donde extraemos un argumento para considerarlas palabras distintas y no variantes genéricas (como mazana de Mattiana y manzano de manzana). Pero si afirmamos esto, tampoco abadesa que también viene de otra palabra latina diferente de abad, aunque formada a partir de esta, como manzano sobre manzana, puede considerarse variante genérica de abad. Da la sensación de que en el cambio de sexo vemos una diferencia significativa menor que en el cambio de árbol-fruto, de tamaño o de forma de las cosas (bolso, bolsa), y por eso solo dejamos que sea género lo primero. Pero de hecho hay lenguas africanas en las que no se hace distinción de sexos y sí del tamaño de lo que se nombra.

De manera que dejamos que la referencia sexual sea una cualidad del género gramatical porque la sentimos con una carga semántica menor a otros cambios como el tamaño grande y pequeño, o la materia colectiva y la pieza individual, lo concreto. Verdaderamente, el único caso en el que se cumple el paradigma fielmente de oposición entre masculino y femenino es en el género de los nombres que significan seres vivos y que son variables, del tipo niño y niña. Aquí sí observamos una alternancia equitativa. Sin embargo, en los heterónimos no siempre la diferencia en la pareja está únicamente en la referencia sexual. A menudo, el propio hecho de verbalizarse en términos diferentes muestra que existen otras cualidades que asociamos al vocablo masculino y femenino (toro y vaca, caballo y yegua). Por eso, en muchos casos, el plural masculino de estos nombres no acoge al femenino. ¿Podemos decir entonces que son palabras variables, o palabras distintas con género intrínseco cada una? Cada caso tiene su idiosincrasia propia y no todas las parejas de heterónimos tienen el mismo grado de proximidad semántica, así como cada hablante puede desarrollar una conciencia lingüística particular en relación con las cualidades atribuidas a los conceptos designados por cada miembro de la pareja. La relevancia del asunto está en plantear la duda, en tambalear suavemente los sólidos pilares sobre los que asumimos ideas aparentemente inamovibles, como esta de la variabilidad o diferenciación de los heterónimos.

Tampoco con los nombres comunes en cuanto al género podríamos ilustrar la alternancia genérica de manera clara. El comportamiento de estos nombres recuerda en gran medida a los adjetivos. De hecho, una parte de este grupo lo conforman adjetivos sustantivados. Solo se distingue el sexo de las entidades a las que se refieren a través de la concordancia. Su modus operandi es similar a los pronombres personales de primera y segunda persona del singular, y todos los átonos excepto la y lo y sus plurales, así como los interrogativos y exclamativos quién(es) y cuál(es), los relativos quien(es) y los indefinidos alguien y nadie. En estos, es en el adjetivo con el que concuerda donde reside la carga significativa de las cualidades atribuidas al ser de la realidad que nombramos, a lo que se le une la cualidad genérica. Sin embargo, en los nombres comunes en cuanto al género el comportamiento es el siguiente: el nombre atribuye una serie de cualidades con las que vamos a identificar el referente, pero la característica del género sexual va en el artículo o determinante al que se refiere, que señala y apunta a la realidad nombrada. Por eso son como adjetivos sustantivados y verdaderamente es dudoso atribuirle un género al nombre cuando no hay refracción morfológica y sirve para ambos géneros: es hablar de materias invisibles e inciertas que parecen volatilizarse delante de nosotros sin apenas ser capaces de retenerlas entre los dedos.

De hecho, una de las teorías de Harris, según expone Ambadiang en su libro La morfología flexiva, es que los nombres, adjetivos y adverbios españoles son isomórficos mofológicamente, por lo que se podrían considerar sustantivos, y lo argumenta con que los segmentos vocálicos o las secuencias del tipo –os finales de los adverbios son los mismos morfemas que se observan en los nombres.

Antes de pasar a la siguiente clase de sustantivos, son muy curiosos los sustantivos comunes en cuanto al género procedentes de usos figurados. Son sustantivos epicenos con designación animal que han creado un estereotipo, un conjunto de cualidades atribuibles a personas como si de un calificativo se tratase. Su uso es atributivo y no afecta a los rasgos de género porque admiten un artículo indeterminado enfático o ponderativo: “el profesor/ la profesora es un lince”. Son usos metafóricos que reflejan las asociaciones mentales de los hablantes.

Respecto a los nombres epicenos no hay ni variación ni adecuación al sexo. El género es intrínseco (“la víctima”, “la sardina”…) y el hecho de añadirle macho o hembra, es meramente anecdótico porque ni influye en la concordancia ni tiene que ver con el género sino exclusivamente con el sexo, y este solo se refiere al género cuando hay refracción morfológica de algún tipo o variación en la concordancia.

Gran parte de estos sustantivos son nombres de animales, pero también los hay de planta. Todos pueden ser modificados por macho y hembra, pero, de nuevo, la correlación genérica está determinada por el género del sustantivo núcleo del sintagma nominal. De igual forma ocurre con los epicenos de persona que, no obstante, suelen reflejar el sexo con masculino/femenino, varón/mujer.

Además, los epicenos constituyen un grupo de sustantivos con una identidad frágil. Muchos de sus integrantes se usan cada vez con más frecuencia como comunes en cuanto al género: el/la bebé, el/la miembro, el/la rehén…

De esta manera, solo salvamos las parejas de nombres que designan seres vivos variables del tipo niño-niña como verdadera manifestación del género en la flexión nominal en español. Pues, de entre los nombres que designan cosas, las únicas parejas posibles son consideradas palabras distintas causadas por morfemas derivativos (naranja y naranjo).

Además de todas estas clases de nombres que hemos ido analizando, podemos desgajar otra más con un comportamiento peculiar. Se trata de los sustantivos ambiguos en cuanto al género. Pueden usarse indistintamente como masculino o femeninos para designar la misma entidad, la cual, por lo común, es inanimada (el/la mar), excepto ánade. Son un número reducido de nombres. La diferencia se halla en el uso geográfico o de registro y refuerza la idea de que el género es para los hispanohablantes una propiedad gramatical inherente a cada sustantivo.

A veces, el cambio de género se produce en plural: mar es siempre masculino en plural, y arte, siempre femenino. No hay que confundirlos con los polisémicos: el/la margen, el/la final, etc.

En lo respectivo a la segmentación de las palabras en cuanto al género, como explica Théophile Ambadiang, hay que precisar que el concepto de marca de clase o de palabra no resuelve el problema relativo al lugar del género en los sustantivos. Los diferentes autores no se ponen de acuerdo en si es un rasgo inherente del nombre o del radical.

DESAFÍOS TEÓRICOS: EL PULSO ENTRE EL GÉNERO Y EL SEXO

Uno de los corolarios inmediatos de todo este proceso es cuán antropocéntrico es el lenguaje. Las características referentes al ser humano están en un nivel de importancia diferente a otras que tienen que ver con objetos sin una explicación que sacie de forma completa nuestras dudas. No obstante, la consideración del género en nuestra lengua no es más que un reflejo de los procedimientos mentales del ser humano. La persona tiende a instituir modelos y arquetipos artificiales que idealizan la realidad, estilizándola y eliminando las variantes que se salen de los moldes para pulir formas que convoquen una aspiración a la perfección, que sean suficientemente hermosas como para inspirar una devoción que haga confundirlas con la realidad misma. Además, el hombre se siente muy cómodo en las dualidades, en la simetría, en los contrastes de dos, en las comparaciones de parejas… por eso procura dividir el mundo en lo masculino y lo femenino. No obstante, aunque estos dos conceptos nacen lógicamente de un primitivo lazo con el hombre y la mujer, con el sexo biológico de la hembra y el varón, hoy constituyen nociones mucho más amplias, que abarcan conceptos que sobrepasan la actuación de una persona en concreto. “Lo masculino” y “lo femenino” no significan lo propio del hombre y de la mujer respectivamente, sino que son dos prototipos artificiales y surgidos lentamente a través de las culturas, dos abstracciones de modos de conducta, cualidades e incluso paisajes vitales del mundo en el que estamos insertos.

Por esta razón, es pertinente la propuesta de asumir y aceptar estos modelos de aspiración que tiene el hombre y abrir los paquetes conceptuales de género masculino y femenino para dar cabida más que a la mujer y al hombre (que no tienen por qué pertenecer obligatoriamente a ninguna de estas dos nociones), a todas estas características que asociamos culturalmente a cada género con libertad, sin constricciones ni prejuicios. Así, no sería descabellado ligar al género femenino, por ejemplo, la materia frente a la pieza concreta (en madera frente a madero, o leña frente a leño) o el tamaño (huerto-huerta, jarro-jarra, río-ría). Al fin y al cabo son diferencias apenas significativas y que mantienen la denotación de la palabra incluso más que toro-vaca, o caballo-yegua. Y el género no está asociado a la diferencia sexual de manera rígida sino solo circunstancialmente. El hombre es un animal de costumbres, dice Charles Dickens, pero basta con ensanchar la amplitud de miras para ser capaces de acoger nuevas maneras de comprender la realidad e identificarse con ellas.

 

 

María Teresa Burguillo Escobar

Onubense, estudiante de Filología Hispánica y apasionada de la poesía, la lengua y el arte. Departamento de Lingüística. Definirme es evocarme en la plasticidad de las tintas. Y de entre los que han hablado del recuerdo, he aquí a uno amado de la luna: “¡Lluvia constante/ -esqueleto florido de la frente-/ de rosas, de luceros, de ojos, de alas,/ con un pedazo de arcoiris/ infinito!” (JRJ)

2 Replies to “El libre albedrío del género gramatical

  1. Conozco a María Teresa Burguillo y bebo y paladeo lo que escribe, aunque me pierdo en los altos conceptos verbales en los que ella se desenvuelve con soltura.
    Admiro y he admirado su tesón ante lo difícil cuando ello es deseado y admirado.

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