Entrevista a don José María Díez-Borque

 

Don José María Díez-Borque (Soria, 1947) es Director del Departamento de Filología Española, además de Catedrático de Literatura Española, en la Universidad Complutense de Madrid. Con sesenta y nueve años a sus espaldas, cuarenta y cinco de ellos como docente, infinidad de investigaciones y alrededor de ochenta y cinco libros escritos (y una nieta), no sólo tiene a bien sino que accede a recibirnos en su despacho para hacerle esta entrevista. Cuando llegamos a su despacho, lo encontramos sentado en su silla de Director, como es natural, dirigiendo. Aquí estamos, sus jóvenes filólogos. Nos recibe entre quejas acerca de, como diría él, las “meras contingencias cotidianas”. Menos mal que queda la literatura, don José María. Siéntense. ¿Usted va a hacer fotos? Está bien. Haga lo que tenga que hacer. Se acomoda en su asiento. Vamos allá, jóvenes filólogos.

¿Cómo fue su infancia y su juventud?

Mi infancia, en un pueblo de Soria. Por lo tanto, con todas las características que tiene vivir en un pueblo, como coger nidos, ir al río, jugar a los patacones… ésa fue mi infancia. Mi juventud… bueno, pues mi bachiller, en Soria. Guardo un excelente recuerdo de mi bachiller, que terminé en el instituto de Soria en el que fue profesor Antonio Machado. Y luego la carrera universitaria, en Zaragoza. Y el doctorado, en Madrid.

¿Cuándo y qué o quién le hizo darse cuenta de que su camino era el de la literatura?

Esto es curioso. Primero, mi profesor de Literatura en bachiller fue decisivo. Era un hombre modesto pero excelente. Y, luego, algo muy personal: mi abuela, que era una mujer de pueblo, era también una lectora impenitente. Se lo leyó todo. Todo Galdós, todo Baroja… Y, luego, en mi casa, había una gran biblioteca. Pues eso ya me predispuso, de forma que no tuve duda ninguna cuando decidí elegir carrera.

Para usted, ¿qué es el arte? ¿Y la literatura?

Jope… A esto se han dedicado cientos de libros. ¿Cómo os voy a decir ahora qué es la literatura?

Pero su opinión…

No, no. Sólo quiero decir: lo que se eleva por encima de la contingencia cotidiana, modesta y vulgar. Hala, ahí os queda eso. Sí, sí, claro. La contingencia cotidiana es follar, comer… entonces, lo que eleva al hombre por encima de esa contingencia cotidiana es el arte. Lo mismo sirve para la literatura. ¡Lo mismo!

¿Cuánto hay de subversión en el arte y en la literatura?

Bueno, puede haber subversión o no. Quiero decir: hay un arte integrado que apoya el statu quo, hay un arte subversivo… Entonces, es absolutamente relativo. Hay subversión y no hay subversión.

Sabemos, gracias a sus investigaciones, que el teatro, en el siglo XVII, era relativamente barato y, por tanto, popular. Hoy en día, quizá la forma cultural más cercana al pueblo, más popular, sea la canción de autor, que tuvo su auge, sobre todo, en la época de la Transición, en España. ¿Cuál es la relación entre la literatura y la canción?

Hoy la forma que consume el noventa por ciento de las personas es la televisión. Entonces, pensad lo que significa que toda España —pueblos, ciudades, hogares…— esté viendo la televisión. Y eso es lo que les lleva un poco más allá de la mera contingencia cotidiana. Claro, en eso, hay algún producto bueno, interesante; pero hay mucha morralla, que es pura cultura de masas.

Respecto a la canción, sí quiero decir algo. La canción de autor actual la conozco poco. Yo la que conozco mejor es la de mi época. Entonces, Labordeta, Guerrero, Paco Ibáñez, Serrat, Sabina… eran grandes cantautores. Sus canciones tenían un gran contenido y un gran mensaje, pero, en este momento —bueno, Sabina, más—, todo eso está bastante fuera de lugar. Y la canción moderna no la conozco.

A propósito, ¿cómo valora el Nobel de Literatura otorgado a Bob Dylan?

En esto tengo las ideas muy claras. Yo admiro a Bob Dylan, como no puede ser de otra forma. Me parece excelente como… cantautor, si queréis. Pero, desde luego, no es un Premio Nobel de Literatura. Se han confundido las cosas. Cuando hay tantísimos escritores que no han tenido el Premio Nobel, no entiendo cómo se lo dan a Bob Dylan, sinceramente. Pero es que la Academia Sueca nos tiene acostumbrados a hacer cosas muy raras. Es decir, a autores de primerísima fila no los considera y, de repente, a autores de segunda o tercera fila, sin mayor interés, les da el Nobel. Bob Dylan es excelente, pero yo, sinceramente, no lo veo para un Premio Nobel de Literatura.

¿Pero cree que la canción que hacen Bob Dylan o Sabina o cualquiera de los nombrados antes no es literatura?

Sí, es literatura, pero no al nivel de un Premio Nobel de Literatura. Tengo las ideas muy claras. Hombre, Sabina a mí me entusiasma. Humanamente y la cosas que hace y dice (ríe). Labordeta, que fue amigo mío, etc. Pero, claro, hay que mantener unos límites, porque, si a un autor, como cantautor —vamos a llamarlo así—, como Bob Dylan le dan el Premio Nobel de Literatura… (resopla)

¿Qué opina sobre aquel reciente artículo polémico de Javier Marías titulado “Ese idiota de Shakespeare?

Javier Marías es un escritor muy lúcido. Leí y releí ese artículo y estoy bastante de acuerdo con él. Primero, porque parece que desprecian a los grandes autores —a Lope, a Shakespeare y a Calderón— y que, ahí, lo que cuenta es la versión, lo que cuenta es algo mediato entre el texto y el público y, a veces, hacen auténticos disparates, como es convertir al rey Alfonso VIII en Franco. Eso no tiene sentido. Yo, que he hecho varias versiones de teatro clásico, tengo las ideas muy claras. La versión es necesaria porque el público normal —el teatro no se hace para los especialistas— no va con un diccionario al teatro. Hay palabras en desuso que no entiende, hay situaciones en desuso, la propia estructura de la obra… hay cosas que no son necesarias hoy. No estoy en contra de la versión porque la juzgo necesaria, pero nos puede ocurrir lo que dijo muy gráficamente Bertolt Brecht, que, al limpiar el cuadro, nos llevemos también la pintura. Es decir, hay que limpiar, hay que restaurar… pero el peligro es que nos llevemos también la pintura. Pero las versiones tienen un límite. Y el primer y, yo diría, fundamental límite es la inteligencia del que hace la versión, ¿verdad? Y, si no te gusta Lope, si no te gusta Shakespeare… pues déjalo. En todo caso, se podría decir “inspirada en…”. Ahí podría decir lo que le dé la gana. Pero si se pretende dar como de Lope algo absolutamente mediatizado, donde la intervención del autor de la versión es tremenda, es deformante… eso es lo que decía Marías. En ese sentido, estoy muy de acuerdo con Javier Marías.

Yo también estoy de acuerdo, pero, ¿no cree una exageración dejar de ir al teatro por esto?

Bueno, eso es una salida de tono de Marías. Javier Marías es Javier Marías. Hay que ir al teatro. Y también hay que ir para disentir y, luego, poder decir esto que os estoy diciendo. Yo, a lo largo de mi vida, he visto cientos de obras de teatro. He visto versiones magníficas, donde han actuado con inteligencia, con mesura, con sentido de lo que están haciendo. Y he visto versiones absolutamente disparatadas.

¿Qué opinión le merece este movimiento actual de literatura juvenil (autores como Marwan, Carlos Salem, etc.)?

No los conozco, como no conozco tampoco la mayor parte de las lecturas de mis hijos, porque, sí, ellos leen también a Kafka, pero, luego, hay una serie de autores que desconozco y no están en mi imaginario. Esto es así.

En este caso, creo que tiene suerte en no conocerlos.

¿Por qué?

Es que yo tengo una cruzada personal con esta serie de autores.

¡Pero es que no los conozco! Hay alguno que empezó como escritor joven, combativo y que, después, se ha hecho vulgar… Pero es que, jóvenes filólogos, es inabarcable… todos los blogs, etc. es inabarcable.

La relación entre la literatura y las nuevas formas de comunicación y publicación, como los blogs de Internet, ¿conllevan más ventajas o más desventajas?

Mirad, querámoslo o no, el futuro es ése. Los blogs de Internet no los sigo mucho, sinceramente. Pero, en esto, hay de todo, como en botica. Es decir, hay auténticas sorpresas valiosas, etc. y otros que son absolutamente deleznables.

El grave problema de Internet, y es otra campaña que llevo desde hace muchos años… En mi época —aunque también ésta es mi época—, cuando querías publicar un estudio, lo tenías que mandar, lo leían dos investigadores, lo leían como anónimo, y, al final, emitían un juicio. Y, si era bueno, se publicaba. Y, si no era bueno, no se publicaba. Si querías publicar en una editorial, había un consejo editorial que lo sometía a un análisis profundo. En esto, ha habido fallos tremendos, como ocurrió con Cien años de soledad, que rechazaron. Y joder, con perdón, con Cien años de soledad. Pero lo que quiero decir es que han cambiado las cosas. Antes había un control, había una búsqueda de excelencia. Hoy, y eso es un problema gravísimo, cualquiera puede publicar cualquier cosa en internet y, entonces, nos encontramos con todo lo que os estoy diciendo: hay cosas meritorias, valiosas, etc., ¡pero hay también a quien le da por decir lo que le da la gana, escribir lo que le da la gana y colgar lo que le da la gana! Ése es el grave peligro de las nuevas tecnologías y el grave peligro de Internet. Pero, bueno, es el futuro.

Esto me lleva a otra consideración: internet, libro, etc. Yo escribo mucho sobre esto. Hace muchos años que el gran pensador canadiense McLuhan diagnosticó, primero, la desaparición del libro y, luego, la no desaparición del libro. Yo, como soy profundo amante del libro —esto no se sustituye por internet: el olor, el tacto, el libro en sí mismo…—, confío firmemente en que el libro no desaparezca. Pero está herido de muerte.

¿Qué le pasa a España con la cultura?

Queridos jóvenes filólogos, a España y a todo el mundo. Ya os he contestado. No es un problema estrictamente de España. En una sociedad mercantilizada, en la que priman valores como el mercado, la rentabilidad económica, etc, etc., la cultura está asediada. Pero, claro, no se puede hablar de cultura en general. Hace muchos años que se estableció una diferenciación entre alta cultura, cultura media y cultura de masas. Y eso sigue siendo vigente. Hay una alta cultura, a veces, ciertamente elitista —los grandes autores, los grandes pintores…—, hay una cultura media y una cultura de masas, que, lamentablemente, en general, es deleznable.

¿Cree que el teatro de hoy, a nivel nacional, es tan esplendoroso como el del Siglo de Oro? En caso de respuesta negativa, ¿qué cree que le hace falta para mejorar?

Evidentemente, para mí —pero puede ser una deformación—, no es tan esplendoroso como el del Siglo de Oro, porque, aunque hubiera mucha morralla, coño, están Lope, Calderón, están esas obras memorables. O sea, fue un momento verdaderamente esplendoroso.

Para mejorar —esto me llevaría horas contestarlo—, sería necesario, primero, que el poder se convenciera de que el teatro es importante, de que difundir la gran cultura española es importante. Eso es el primer paso fundamental y quien tiene la gran llave es el poder. Claro, yo aquí veo la grave diferencia entre los teatros nacionales —la Compañía Nacional de Teatro Clásico, el Centro Dramático Nacional…— que tienen mucho dinero —bueno, mucho dinero relativo, si comparamos con Francia o Inglaterra— y las compañías más modestas, que no tienen el apoyo estatal, que no tienen subvenciones y que, por lo tanto, tienen muy difícil desarrollar una actividad teatral normal. Entre esto, hay muchos niveles. Hay muchas compañías que han conseguido estar presentes. Hay que apoyar a los creadores jóvenes, que tampoco creo que se les apoye con premios como el Premio de Teatro Lope de Vega. Y, sobre todo, el mecenazgo —vamos a decirlo así— nunca es gratuito. Te doy para que me des. Habría que hacer un análisis exhaustivo de qué obras, qué autores, apoyados desde el establishment…, por qué, para qué, etc. Los creadores jóvenes siempre tienen las puertas cerradas.

¿Qué le queda por hacer?

En lo humano, ver crecer a mi nieta. Espero más nietos; no sé cuándo. Y en lo profesional, mirad, hijos, soy viejo. Estoy en el ciclo de senectute. Pero, mientras la cabeza funcione y no me falte el ánimo, seguiré la brecha. Seguiré investigando, porque me apasiona, porque, para mí, no es ningún trabajo, aunque hay días en los que me canso más que otros.

¿Pero no va a retirarse usted de la docencia?

No, no. Voy a ser profesor emérito, así que… Además, sigo al pie del cañón. Aunque, lo que sí dejo es de ser director. Afortunadamente.

Díganos dos palabras que le vengan a la mente al citar a cada personaje:

Federico García Lorca.

Dos son pocas. Voy a decir más palabras: poeta, pintor, músico. Un auténtico hombre del Renacimiento. Exquisito.

Arturo Pérez-Reverte.

Es amigo. Inteligente novelista de éxito.

Miguel de Cervantes.

Grande entre los grandes.

William Shakespeare.

Grande entre los grandes. Lo admiro profundamente.

Imagine que es un dictador en un país cualquiera. ¿Qué libro obligaría a leer a todo su pueblo?

Voy a ser poco original: El Quijote. Pero añado: El nombre de la rosa. Es un libro impresionante. Lo que escribió después Eco, que fue amigo mío, ya no me ha interesado tanto. Pero es un cálculo milimétrico del éxito y de los distintos niveles de significación. Si no, no hubiera tenido ese éxito. Puede ser leído como una novela de intriga, pero, coño, lo que hay debajo son los debates filosóficos, los escritores medievales…

¿Y qué libro vetaría?

Nada. Jamás prohibiría nada de nada. Allá cada cual. Aunque tampoco podría obligar a nada.

Respecto a estos pares de nombres, elija uno con quién iría de cena y charlaría tranquilamente y otro a quién tuviera como becario poniéndole cafés:

Miguel de Cervantes y Lope de Vega.

Lope, sin duda. Creo que me lo pasaría bomba. Era un hombre especial, exuberante. En su vida, en sus amores, en sus publicaciones…

Ningún becario. Me produce una enorme lástima la situación de los becarios. Es mano de obra barata, es una explotación barata. La función del becario debería ser la formación. Todo esto se ha desvirtuado y se ha convertido en mano de obra barata.

Luis de Góngora y Francisco de Quevedo.

Góngora, nunca. Quevedo, nunca.

¿Algo más?, nos pregunta. ¿Ha salido bien?, ¿era esto lo que querían? Perfecto, ahora los veo en clase. Voy a quedarme dirigiendo. Llamen a mi secretaria, si hacen el favor. Lo dejamos dirigiendo.

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