De izquierda a derecha (II)

Efectivamente. El sistema que disfrutamos —unos más que otros— hoy en día se construyó con base en el fin de los fascismos y los distintos autoritarismos que tuvieron lugar en la primera mitad del siglo XX en Europa. Cierto es que aún sobreviven muchos de ellos, pero no en Occidente. Tampoco deja de ser cierto que ahora existen otro tipo de dictaduras en el mundo, como puedan ser las dictaduras económicas, pero creo que es obvio que no tienen las mismas formas ni los mismos fondos que los de los fascismos del siglo XX.

Margaret Thatcher. Fuente: BBC

Con el fin de estos sistemas, como digo, nació el actual sistema, el cual estaba conformado por una derecha capitalista, sí, pero dentro de la democracia —en tanto en cuanto entendamos democracia como este sistema en el que vivimos, con lo cual no estoy de acuerdo— y una izquierda que bien hacía, al menos en su fase inicial, en denominarse socialdemócrata. Bien hacía, digo, porque lo era, no como ahora.

¿Pero qué sucedió con esa izquierda? Que, en parte, por la ingente capacidad política, la inteligencia y, sobre todo, el discurso (que se generalizó) de una política inglesa llamada Margaret Thatcher, entre otros factores y actores —no se puede dejar nada fuera—, esta derecha democrática fue, cada vez con más fuerza, moviéndose más hacia la derecha, sin salirse de la democracia, insisto. Y, así, fue atrayendo hacia la derecha a la izquierda socialdemócrata. Estos partidos socialdemócratas, arrastrados, obviamente, por esa derecha y debido a que los partidos se jugaban en el campo de la derecha, como lo que pretendían era ganar elecciones y la idea socialdemócrata es radicalmente débil per se, fue convirtiéndose en derecha. De hecho, ya hoy, es muy difícil diferenciar entre unos y otros. Es muy difícil, por ejemplo, en España, diferenciar las políticas del PP de las del PSOE. Pero no es algo que se dé sólo en España; ocurre en el resto de Europa.

Y, claro, el eje político se movió tanto a la derecha que el capitalismo tenía que explotar por algún lado. Obviamente, soy consciente de que ésta no es la única crisis del capitalismo y, tal vez, ni siquiera sea la última, pero sé que cada cual es un síntoma más de que el fin del capitalismo está más cerca. Bueno, ¿y qué ocurre ahora, pues? Pues que la gente se ha dado cuenta de que los culpables de la crisis que vivimos hoy son esos partidos tradicionales: ese partido derechas y ese partido socialdemócrata que, con el tiempo, ha terminado por convertirse en neoliberal, igualmente. De cualquier modo, habría que señalar que no son los partidos los únicos culpables de lo que vivimos ahora, pero la gente culpa en relación a aquello sobre lo que puede decidir directamente: el pueblo puede elegir poner un partido u otro como el más votado, pero no puede —no con la misma facilidad, sencillez y afabilidad— tomar decisiones sobre tal o cual empresa, tal o cual banco…

Pues, como digo, la gente los ha culpado. Y la gente sabe, porque no es idiota, que los mismos tipos que nos han traído a esta situación no pueden sacarnos de ella. Y, entonces, buscan opciones fuera de lo tradicional, fuera del establecimiento. Y, en los países donde no ha florecido una izquierda fuerte, aparecen partidos de ultraderecha. Pero esta ultraderecha no es fascista, no. Denominarla de tal es un error: y ése ha sido y es uno de los mayores errores de la izquierda. No es fascista porque el modo de actuar, las formas, etc. de esta derecha nada tiene que ver con la derecha fascista. Aunque, eso es cierto, el fondo, en algunos casos, recuerda, aunque tampoco es igual, al fascismo del siglo XX.

Por ejemplo, esta derecha se ha dado cuenta —y juega con eso— de lo mismo que se dio cuenta el fascismo. Se ha dado cuenta de que, en épocas de crisis, los nativos de un país quieren —porque lo necesitan— realizar el trabajo que antes realizaban los extranjeros por cuatro duros, cuando nadie quería hacer ese trabajo por ese sueldo tan bajo. Ahora sí queremos, claro. Y sobran inmigrantes. Ésa es la lectura que esta nueva ultraderecha —igual que hizo el viejo y ajado fascismo—hace de la situación actual. Y la gente se lo compra, claro. Porque hay un momento populista que la ultraderecha aprovecha muy bien. Por eso el rechazo a los refugiados, por eso el rechazo a los musulmanes… y un largo etcétera. Y por eso, porque se lo merece (estratégicamente hablando), ha ganado Trump. Y habrá de ganar Le Pen en Francia.

Javier Báez

Javier Báez es un joven músico, poeta y escritor. Trabaja como sonetista para el periódico madrileño 'Distrito Villaverde' y, actualmente, es graduando en Español: Lengua y Literatura por la Universidad Complutense de Madrid. @JavierPBaez

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *