Gota en el desierto

―Posconceptualismo lo llamo. Un nombre que creo que resume a la perfección todo mi ideario artístico, concentrado por fin en una sola obra. Yo he decidido ya no dar un paso transgresor de los límites para alzar un nuevo horizonte de vanguardia, sino traspasar el extrarradio del límite. Es decir, pasar, no el muro, sino lo que se halla tras el muro.

»Quizá esté hablando de cosas demasiado abstractas o explicándome con un lenguaje demasiado elevado ―dijo en su interciso intentando parecer irónico cuando en realidad él sabía que era así. Por supuesto, nadie se dio cuenta. A lo mejor uno o dos fruncieron el ceño un poco dudosos, pero no mucho más. Estaban demasiado absortos oyéndole como para pararse a escucharle, a darse cuenta de esas cosas. En fin, demasiado he dicho en una acotación. Sigamos―. Pero es que no conozco otra manera de expresarme ―risas cómplices entre el público―. Lo que yo he intentado… Bueno, lo que yo he conseguido plasmar en mi obra es cómo se llega a tal extremo de la conceptualización de una materia, una idea, un… bueno, no encuentro la palabra adecuada ahora ―toma leguaje elevado, en fin―, pero seguro que me entendéis. Y lo entenderéis más aún cuando ahonde más en mi explicación. Quizá por eso no me salga la palabra, sutil metáfora de la mente ―vuelta a las risas. Je―. Siguiendo con lo que iba diciendo, he conseguido conceptualizar mi obra de tal modo que se ha quedado vacío, se ha… ―y como iluminado por la ciencia infusa, dijo―: desconceptualizado significativamente el objeto ―se susurra una ovación. «Oh, qué inteligente». Imagínense… inteligente dicen―. He querido dar tanto significado que lo he anulado, quedando solamente el significante. Me recuerda en parte, de manera metafórica ―cuánto le gusta la palabreja para haber transgredido el significante… En fin, perdonen, ya no interrumpo más―, a la obra de Oteiza; en sus esculturas huecas el vacío era parte de la obra, ocupando un lugar que complementaba la parte material de ese momento. Yo he ido más allá ―dijo en una jactancia reprimida―, perdónenme mi falta de humildad, al vaciar incluso el vacío.

»Mi obra plasma que el vacío también tiene contenido, por lo que éste también puede ser vaciado. He hecho, al fin y al cabo, una oquedad en lo huero. Gracias por oírme ―terminó diciendo levantando las palmas de las manos en gestos de gratitud, mas sólo lo hizo para dar inicio a sus aplausos.

Y hasta vítores hubo al finalizar su intervención antes de enseñar su nueva obra, cubierta hasta ese momento con una tela sensacionalista.

―Y ahora, damas y caballeros ―intervino el director del museo―, vamos al momento que todos ustedes estaban esperando; descubrir la nueva maravilla de este gran artista que está rompiendo todas! las fronteras del arte ―dijo el improvisado showman.

Saliendo del corrillo de personalidades, se dirigió directamente a donde se encontraba la insulsa obra buenamente tapada.

―Y sin más demora, ¡aquí lo tienen! ―anunció mientras destapaba el artistoide teatralmente―: ¡Gota en el desierto!

Y, entre lluviosos aplausos, grandes ovaciones a un artista henchido, una estrepitosa emoción y altos comentarios de adulación, lo vi, aquello que ahora llaman Arte. En medio de la sala, rodeado por la admiración de la gente, se encontraba un pedestal con una vitrina de cristal encima. Dentro: una gota de agua seca.

J. Séguel

J. Séguel

Nacido quién sabe dónde en 1997, supo desde muy pequeño que su vida estaría ligada a las letras, artes y humanidades. A veces, llevado por las ínfulas de escritor y poeta, toma el nombre de J. Séguel, escribiendo sus creaciones en su cuaderno literario www.versosgordos.wordpress.com Ahora estudia Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid, caminando entre las academias y sus ideas. Ahí fue donde se encontró con otros cronopios, como diría aquel autor argentino, dando lugar a este maravilloso proyecto llamado En plan culto.

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