Un reflejo de la Noche de Max Estrella

Con su ya famoso “Incentenario”,  el Círculo de Bellas Artes junto a la Irreal Academia del Esperpento han querido hacer homenaje a uno de los escritores más irreverentes y únicos de nuestra literatura, aquel que puso patas arriba el teatro burgués o, por lo menos, causó furor con su barba kilométrica: demos la bienvenida a don Ramón María del Valle-Inclán.

Y qué mejor manera de celebrar su “no-cumpleaños” que con la Noche de Max Estrella, una peregrinación casi litúrgica que ha logrado ya veinte ediciones con éxito, solo hace falta ver el número de personas que asistía a la llamada de los poetas. Los había incluso engalanados, con sombreros y capas oscuras, exhibiendo los recortes de la barba y unas lentes circulares a modo  de Valle. Y como todos los años, el dramaturgo Ignacio Amestoy, creador de la iniciativa, nos guiaba, campana en mano, por los distintos lugares de la obra. Pónganse cómodos y disfruten. Así empezó nuestra noche de esperpento…

Madrid, 25 de marzo de 2017, seis de la tarde

Entre los numerosos y masificados locales que van concurriendo a lo largo de la Calle Mayor iniciamos nuestra búsqueda: número 84, restaurante Casa Ciriaco, donde hace más de un centenario nuestro querido Valle-Inclán decidió iniciar el intenso recorrido por el Madrid de los años 20 del poeta Max Estrella junto a su compañero Don Latino de Hispalis.

Una multitud aguarda ansiosa al inicio del recorrido y al recibimiento de un refrigerio antes de iniciar su viaje, al igual que nuestro protagonista acude al siguiente destino en busca de su dinero con el objetivo de saciar su sensación de incertidumbre y desagradecimiento: “La cueva de ZARATUSTRA en el Pretil de los Consejos. Rimeros de libros hacen escombro y cubren las paredes. Empapelan los cuatro vidrios de una puerta cuatro cromos espeluznantes de un novelón por entregas. En la cueva hacen tertulia el gato, el loro, el can y el librero.”

Tras esta escueta espera y las dos primeras paradas, se reanuda la marcha; la tarde empieza a oscurecerse, las nubes avecinan su llegada e intenciones; igual que en la noche en la que se desarrolla Luces De Bohemia, nuestra ciudad se cubre de un ambiente más sombrío y tenebroso, paralelo a los acontecimientos que se le avecinan a Max Estrella…La lluvia viene y va, encontramos algún escombro, intentando suscitar en nuestras mentes una excusa que nos ayude a transportarnos junto a Max y Latino, todo ha cambiado tanto…

Los tañidos de la campana nos indicándonde se encuentra el grupo; continuamos el camino por unas callejuelas, alejados de la multitud y, esparcidos por otro lugar, encontramos finalmente el siguiente destino: “Un café que prolongan empañados espejos. Mesas de mármol. Divanes rojos. El mostrador enel fondo, y detrás un vejete rubiales, destacado el busto sobre la diversa botillería. El Café tiene piano y violín. Las sombras y la música flotan enel vaho de humo, y en el lívido temblor de losarcos voltaicos…”

Actualmente conocido como la “Chocolatería San Ginés”, al cual acuden Max y Latino en la escena IX, por lo que se nos introduce un breve cambio en el mapa del verdadero recorrido de la obra. El olor a churros y la multitud, así como el característico letrero “Chocolatería San Ginés” de luces de neón rojas y el mural en el que aparece plasmado nuestro genio, nos permiten identificar perfectamente nuestra próxima parada. Aquí, elevada sobre los espectadores, nos deleita Elena Cánovas con la representación de una escena de la obra. Y, así como la escena finaliza con los protagonistas y Rubén Darío recitando poesía y bebiendo de sus copas, la representación termina con un bullicio aplauso, al ritmo de las gotas, de los pasos de Max y Latino saliendo del Café…

Resonando la campana reiniciamos nuestros pasos intentando abrirnos entre la multitud sin estorbar a los comensales de la chocolatería (pero no lo conseguimos). La gente avanza a prisa con un objetivo fijo: el café de La Montaña, para nosotros la actual tienda Apple. Llegamos pronto y a lo lejos se empezó escuchar el tintineo de la marcha, cómo este se dispersaba entre la inmensa plaza de la Puerta del Sol. Nuestro guía comienza el coloquio, explicando dónde y en qué momento nos situamos: el sitio en el que tuvo lugar la disputa entre Valle-Inclán y Manuel Bueno, resultando de ella la pérdida de un brazo nuestro dramaturgo por la infección de una herida, producto del golpe que Bueno le propinó por una simple defensa del honor. A raíz de este incidente y el lugar en el que se ha transformado el antiguo café, punto de encuentro donde sucedían numerosas tertulias entre literatos y personajes importantes, converge una charla interesante, con dos intervenciones. En primer lugar, el guía cede la palabra a Lucía Méndez –periodista en el diario “El Mundo”–, que nos deleita con un discurso sorprendente, donde se establecen una serie de metáforas y paralelismos entre el hecho de que un sitio dedicado a la charla y el cultivo de la lectura y la opinión se haya convertido en una tienda de una de las mayores empresas tecnológicas del mundo.

Sí, una verdadera y esperpéntica ironía, al fin y al cabo; esas magníficas tertulias, esa pasión y necesidad de defender una idea -hasta perder, incluso, el brazo- se están perdiendo a favor de una sociedad ensimismada y cegada por las tecnologías.

En segundo lugar, tenemos la intervención de Chisco Rojo, “un hombre de la cultura pero muy metido en los temas de internet”según apunta el propio guía; un joven periodista con un discurso muy vivo, apasionado y actual, donde reflexiona acerca de las relaciones paralelas entre la sociedad del Madrid de principios del siglo XX y nuestro tecnológico mundo actual, apuntando con interés la relevancia de las redes sociales dentro de esta dura sátira.

 

Esos cráneos “previlegiados” se han rendido al servicio y el flujo de las redes sociales que, francamente, acrecientan nuestra ignorancia. Sin embargo, tal como apunta Chisco Rojo en su discurso tomando la palabra de Rubén Darío en Luces de Bohemia: “Sin esta ignorancia, la vida sería un enorme sobrecogimiento.”

Sin alejarnos apenas unos palmos, se reinicia la marcha en dirección a la Casa de Correos: “El calabozo. Sótano mal alumbrado por una candileja. En la sombra se mueve el bulto de un hombre. Blusa, tapabocas y alpargatas. Pasea hablando solo. Repentinamente se abre la puerta…”

La prisión, lugar fundamental, apagado y triste, donde tiene lugar la mítica escena entre Max Estrella –encerrado tras un altercado con las autoridades en una revuelta anarquista– y el preso catalán.Probablemente la escena más sobrecogedora de toda la obra, en la que sobrevuelan una sensación de empatía y rabia de la que es difícil despertar, a pesar de situarnos en la localización concreta.

Avanzamos a prisa con el propósito de llegar antes que nadie a la calle de Álvarez Gato, popularmente conocida como “El callejón del gato”. Las gotas comienzan a acelerar su caída, es la hora de la cena, nuestros estómagos redoblan con la esperanza de hallar algún consuelo en su sufrimiento y ser complacidos. Una vez más, se acerca el sonido de la campana…El espacio es muy estrecho y la multitud demasiado amplia. El guía nos complace con una descripción de la escena transcurrida en este mismo lugar, haciendo alusión a la clara importancia de los espejos cóncavos y contándonos un breve pasatiempo acerca de su historia: los verdaderos se encuentran dentro de una tapería del callejón, reconstruidos como fruto de la amabilidad de los dueños de este local cuando los seguidores de un equipo de fútbol no tuvieron otra forma más convincente de llenar sus banales vidas que destrozándolos; fuera hay otros enmarcados sobre los que se puede ver deformado el reflejo de nuestra imagen.

Se aproxima el final de nuestro recorrido, apoteósico, espléndido, sin faltar al Esperpento, con una increíble representación de la escena final entre Max y Latino a cargo de Irina Kouberskaya y Chelo Vivares. Comienza, como no, con la mítica definición de Valle-Inclán sobre el Esperpento, el culmen de su obra teatral que dice así: “Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el esperpento. El sentido trágico de la vida española solo puede darse con estética sistemáticamente deformada…”

La fuerte crítica a la sociedad sobre la que sobrevuela este último coloquio entre los protagonistas está cargada de un ambiente tétrico y delirante que, representado en la realidad, permite sumergirse en un ambiente de pesimismo y éxtasis, de estupefacción, avecinándose el atronador final. Y, así, entre gente interesada e interesante, con un último aplauso y la eufonía de la campana alejándose, termina nuestro breve pero significante recorrido.

Algo tengo que confesar: no voy a echar de menos ese pedante retintineo de la campana que nos acompañó durante toda la tarde.

Por Noelia García y Jorge del Ojo

Representación de la escena final de Luces de Bohemia a cargo de Irina Kouberskaya y Chelo Vivares.

Jorge del Ojo

Nacido entre los altos muros de Ávila, llegó a Madrid para estudiar Filología Hispánica en Universidad Complutense. Entre sus gustos, el más destacable es su pasión por el Teatro, tanto siendo espectador como siendo actor. Unido al enorme proyecto de En plan culto, se encarga del departamento de Cine y Teatro junto con Noelia García.

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