La carne del lenguaje

Las lenguas son más que el envoltorio del pensamiento para ser asimilado por los otros, más que la saliva que nos permite paladear la realidad. Son el propio sentido del gusto, el mismo alimento que masticamos y tragamos. Dice Herder que el alma humana piensa con palabras. De hecho, ¿qué utilidad tiene separar una fantasmagórica verdad que la mente del hombre no puede pensar, para dejar siempre las palabras como un reflejo pardusco de esa supuesta realidad? Alejemos ese continuo engaño de erigir modelos de aspiración para aprehender la vida, que no conducen sino a la frustración perpetua.

No obstante, esta facultad de percepción o sentido de degustación de nuestro entorno que es el lenguaje, refleja en el habla una naturalidad ilusoria. No se trata de una función biológica u orgánica, como podríamos decir del caminar o el respirar; pero sí de una predestinación humana al habla. Su naturaleza no instintiva es lo que precisamente lo viste de universalidad. Esta disposición nace entonces del contexto social: “el hombre es un nudo de relaciones”, dice Saint-Exupéry. Y así afirma Humboldt que el hombre solo se entiende a sí mismo en cuanto que comprueba en los demás la inteligibilidad de sus palabras.

Por lo tanto: ¿condiciona el lenguaje a la realidad?, ¿la realidad al lenguaje?,o ¿realidad y lenguaje conviven y se nutren en una simbiosis indivisible? El lenguaje es un espejo de la mente. Es más, Akmajian defiende que es un producto de la inteligencia humana creado de nuevo en cada individuo mediante operaciones más allá de la conciencia.

No obstante, una de las claves está en dilucidar si es realmente un producto o, en el fondo, una actividad imparable, una energía. De hecho, podríamos sentirlo casi como una expansión de la energía emocional que nos causa el mundo y, por ello, parte de la emoción misma.

De este modo, sea el lenguaje una realidad paralela a la que trata de expresar, como “la imajen del chorro, al chorro, en el espejo del agua” (Juan Ramón Jiménez, Piedra y cielo), o sea una realidad superpuesta, es la única realidad que somos capaces de abrazar y sentir caliente y masticable. El lenguaje no es únicamente una triste forma, sino una masa que nos alimenta, nos constituye y se integra en la pasta de la que estamos hechos.

Sin embargo, podemos seguir escarbando y descubrir que las lenguas son además, un arte. Pues todo gran arte crea la ilusión de una libertad absoluta. Y esto es lo que hace con la literatura el lenguaje, que es su materia prima como lo es el mármol para la escultura. La literatura forjada con la forma y la sustancia de una lengua tiene el color y la contextura de su matriz, como dice Sapir. Y así, la intuición del artista se pone de acuerdo con el genio formal de su propia lengua.

María Teresa Burguillo Escobar

Onubense, estudiante de Filología Hispánica y apasionada de la poesía, la lengua y el arte. Departamento de Lingüística. Definirme es evocarme en la plasticidad de las tintas. Y de entre los que han hablado del recuerdo, he aquí a uno amado de la luna: “¡Lluvia constante/ -esqueleto florido de la frente-/ de rosas, de luceros, de ojos, de alas,/ con un pedazo de arcoiris/ infinito!” (JRJ)

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